Unidad desde el miedo o un referente de izquierda transformadora y republicana

La única manera de frenar el avance de la ultraderecha no es un centrismo temeroso ni una unidad vacía, sino una izquierda clara, valiente y coherente que proponga

15 de enero de 2026 a las 10:08h
 Belarra y Montero, abrazadas en el Congreso ante la mirada de Yolanda Díaz.
Belarra y Montero, abrazadas en el Congreso ante la mirada de Yolanda Díaz. DANI GAGO

El pensador boliviano Álvaro García Linera describe nuestra época como un tiempo liminal: un interregno histórico en el que lo viejo se resiste a morir mientras lo nuevo aún no ha nacido, retomando la célebre formulación de Gramsci sobre las crisis orgánicas. Vivimos un momento de incertidumbre profunda, marcado por el agotamiento del modelo de desarrollismo capitalista, la normalización del régimen de guerra, la degradación acelerada de la democracia liberal y la práctica desaparición del derecho internacional como marco efectivo de regulación. El sistema de ideas que sostuvo el orden anterior se resquebraja y con él se pierden los referentes políticos que durante décadas parecían incuestionables.

En este tiempo liminal no hay espacio para los centrismos ni para la gestión inercial del sistema. Las sociedades se polarizan no tanto por extremismo, sino porque el vacío de sentido empuja a tomar partido por opciones que no han sido cómplices de la gestión política. Todo se desplaza hacia la izquierda o hacia la derecha según quién logre disputar el sentido común de las mayorías. Y, hoy, la ventana de Overton se está moviendo peligrosamente hacia la derecha en amplias zonas de Europa y América, siguiendo la estela de los dispositivos culturales impulsados por el trumpismo y sus múltiples réplicas. Se refuerzan ideas simples, emocionales, identitarias y autoritarias que canalizan el malestar social hacia salidas reaccionarias.

Este es el terreno fértil sobre el que crecen las ultraderechas. No lo hacen por ofrecer mejores soluciones materiales, sino porque sí ofrecen un relato claro, emocional y movilizador, aunque sea falso y excluyente. Frente a esto, la izquierda podría constituirse en un referente alternativo si abandona el moderantismo paralizante y se vuelve audaz, no solo en el discurso, sino en la acción política verificable, propositiva y creativa, como insiste García Linera. Sin embargo, allí donde gobierna —como ocurre en el Estado español—, la izquierda institucional parece haber optado por una estrategia acomodaticia que, lejos de frenar a la derecha, la alimenta; y con una clara consecuencia: la pérdida del poder político.

Entre la progresía española, el debate actual gira en torno a una llamada insistente a la “unidad” frente a la amenaza de la ultraderecha. Pero se trata, en demasiados casos, de una unidad abstracta, vacía de proyecto, que no somete a crítica la gestión política actual ni sus límites estructurales. Una unidad que se construye desde el miedo y no desde la esperanza; desde la aritmética electoral y no desde la disputa cultural. Esta llamada a la unidad es peligrosa porque confunde sumar siglas con construir hegemonía.

La unidad solo tiene sentido si está al servicio de un proyecto de transformación claro y movilizador; que tome la iniciativa en la disputa cultural y genere la adhesión a los valores republicanos y feministas, a modelos decrecentistas y de bienestar sostenible; que sea una izquierda rupturista con el régimen del 78, que defienda la plurinacionalidad y la república como forma de Estado. Pero cuando se plantea únicamente como un principio moral —“hay que unirse para frenar a la ultraderecha”— se convierte en una ilusión que desarma políticamente a la propia izquierda. Peor aún: puede funcionar como un mecanismo de disciplinamiento interno, utilizado por las élites políticas para neutralizar a los sectores críticos que cuestionan la gestión y plantean alternativas rupturistas.

El PSOE quiere la unidad de fuerzas políticas en torno a su proyecto, prolongando la actual coalición de gobierno. En las fuerzas a su izquierda está establecida la tensión entre dos estrategias: la estrategia frentista o de coalición progresista, que prioriza postularse en las elecciones con programas minimalistas, moderados y compatibles con los límites marcados por el régimen del 78, y que no duda en presentarse como apoyo (muleta) de un gobierno “progresista” como el actual. Y por otro, la estrategia de construcción de una izquierda rupturista que prioriza la claridad ideológica, la movilización social y la disputa cultural, asumiendo un menor alcance electoral inmediato a cambio de ofrecer un referente nítido de transformación.

La coalición Sumar, socia del PSOE en el gobierno, nacida como fuerza supuestamente para dar continuidad engrandeciendo el espacio transformador que construyó Unidas Podemos, ha terminado convertida en apoyo de un proyecto que administra el sistema sin cuestionar las medidas del socio mayoritario o apoyándolas con mayor o menor entusiasmo. Al integrarse en una lógica de gestión subordinada, pierde su capacidad de representar una alternativa real. No es un fenómeno aislado: en Chile, recientemente, una candidata de izquierdas que había sido ministra en el gobierno moderado de Boric —y que había defraudado las expectativas de cambio— perdió las elecciones precisamente por no poder presentarse como una alternativa a la gestión que ella misma había contribuido a sostener.

Uno de los efectos más graves de la estrategia de frente de apoyo es la pérdida de perfil distintivo. Para “no romper la coalición”, la izquierda subordinada se autocensura, evita confrontar públicamente a su socio de gobierno en cuestiones clave y diluye las fronteras políticas ante el electorado. Para quienes sufren la precariedad, la crisis de la vivienda o el deterioro de los servicios públicos, resulta cada vez más difícil distinguir entre un socioliberalismo dominante y las fuerzas coaligadas en el Gobierno.

La tibieza del Gobierno ante el genocidio palestino y la adopción de posiciones militaristas en la guerra ruso-ucraniana han alejado al movimiento por la paz de la gestión gubernamental. Pero con todo, el problema que más está erosionando la confianza de la población en esta gestión, es la crisis de la vivienda. Las medidas adoptadas son consideradas insuficientes por amplios sectores sociales y por los movimientos por el derecho a la vivienda; y Sumar, desde dentro del Gobierno, no puede —o no quiere— liderar una movilización clara contra esas políticas. Su discurso queda atrapado en un ambiguo “pero” institucional que no moviliza a nadie. Al no construir un relato alternativo al “pragmatismo responsable” del PSOE, se cede el espacio de la indignación a la ultraderecha o a la abstención.

El malestar social no pide solo una gestión un poco mejor; exige un cambio de paradigma que rompa con los consensos establecidos. Si la coalición de gobierno progresista pacta de facto con las fuerzas del statu quo —incluidos intereses económicos, mediáticos y judiciales— transmite un mensaje devastador: el cambio profundo es imposible. Esto genera desencanto, cinismo y desafección, especialmente entre las generaciones jóvenes y los sectores más golpeados por las crisis múltiples.

Sumar no logra ser referente del descontento porque no construye un “ellos” claro.  Al gobernar con quien administra el sistema, diluye la frontera política. No puede señalar a las élites y a los consensos establecidos desde la transición como responsables del malestar sin señalar, al mismo tiempo, los límites de su propio gobierno. Su relato es defensivo: es el malmenorismo que ofrece “menos daño” —evitar a la ultraderecha—, pero no un futuro deseable. El descontento no se moviliza por el miedo, sino por proyectos afirmativos. Pero al aceptar los límites del “realismo” (económico, europeo, EEUU-OTAN) entre los partidos del Gobierno, implícitamente valida que no hay alternativa posible, que es justo el discurso que la ultaderecha explota para ofrecer su falsa alternativa identitaria y autoritaria.

Esta dinámica genera un círculo vicioso. Un gobierno progresista llega al poder con promesas de cambio, pero por miedo a los mercados, a Bruselas, al hegemón norteamericano o al “centro”, aplica políticas tímidas que no alteran el statu quo. La frustración se extiende entre su base social, aumenta la abstención y el discurso político se vacía de contenido transformador. Ese vacío es ocupado por la derecha radical, que ofrece una narrativa simple y emocional, basada en chivos expiatorios: inmigrantes, feminismo, ecologismo, plurinacionalidad. El debate público se desplaza del eje económico al eje identitario, un terreno donde la ultraderecha se mueve con ventaja.

Mientras la derecha habla de “patria”, “libertad” o “seguridad”, la izquierda socioliberal y los partidos de la coalición responden con tecnicismos, estadísticas y apelaciones a la responsabilidad fiscal. Abandona la batalla cultural y legitima implícitamente el marco del adversario. Ante el discurso xenófobo, responde con datos en el mejor de los casos; ante el negacionismo climático, con informes; ante el machismo, con gestos simbólicos desprovistos de transformación material. Cede las emociones, el miedo y la empatía a la derecha, que no duda en explotar en las terminales mediáticas. Y en el relato que cede en los grandes medios, frecuentemente colabora cierta izquierda añadiendo un cierto barniz de neutralidad a los difusores de esa cultura.

Para García Linera, la política es siempre un espejo de las fuerzas sociales. Cuando una fuerza progresista llega al poder, pero no moviliza a su base social para empujar transformaciones, proyecta debilidad y vacilación. El mensaje implícito es demoledor: “no confíen en nosotros para cambiar las cosas de verdad”. El resultado es la abstención, la desilusión o la búsqueda de falsas alternativas autoritarias. Además del citado caso de Chile, Argentina y Bolivia han sido ejemplos del suicidio político de la izquierda. No ha sucedido lo mismo en México. López Obrador no defraudó las expectativas y Sheinbaum arrasó en las siguientes elecciones presidenciales. 

La única manera de frenar el avance de la ultraderecha no es un centrismo temeroso ni una unidad vacía, sino una izquierda clara, valiente y coherente que proponga y conquiste avances materiales incontestables; que recupere la batalla cultural con un relato de esperanza, comunidad y soberanía popular; y que entienda que el poder no reside solo en las instituciones, sino en la movilización social organizada.

Una izquierda, las fuerzas políticas que la integren, republicana, plurinacional, feminista y ecosocialista no puede construirse desde el miedo ni desde la mera gestión del sistema. O se convierte en referente de transformación en este tiempo liminal, o la izquierda será arrastrada por la historia. La unidad por el miedo, sin proyecto, no es un dique frente a la ultraderecha: es la alfombra roja que la conduce al poder.

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