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Nunca debería derivar la situación en un enfrentamiento directo entre vecinos y bares, ya que tendría que haber un juez que velase porque eso no sucediera.

Este pasado fin de semana hemos presenciado el último episodio de lo que la opinión pública presenta como la escalada de tensión que se está produciendo en la plaza Vargas entre residentes y negocios. En realidad no debería haber sido tal, ya que, según se desprende del informe policial, hubo un problema de una persona pasada de copas que increpó y supuestamente amenazó o agredió a un agente de la Policía Local, lo que provocó que la placita se llenase de coches patrulla en un abrir y cerrar de ojos. Un detenido, una noche en el cuartelillo y punto y final. Imagino que es una situación que la Policía vive más cotidianamente de lo que pensamos. Pero el caso es que el tema no quedó ahí, ya que se produjeron improperios y amenazas del propietario de uno de los negocios hacia una vecina que estaba cenando en la cercana calle Consistorio y que se acercó alarmada al ver tanto coche de policía a toda velocidad dirigirse a la plaza desde el Arenal y tomando por calle Latorre. O sea, que una situación que no ha provocado ningún residente ni negocio en esta ocasión, sino el comportamiento de una persona, deriva en el reproche y en el enfrentamiento directo, lo que puede dar una idea de lo cada vez más quemada que está la situación allí. Lógicamente esas amenazas han sido denunciadas y seguirán su proceso judicial.

Imaginemos que estamos en Sevilla y que se juega un partido Sevilla-Betis y todo lo que ello conlleva: gente y jugadores de una misma ciudad enfrentados y cada uno defendiendo los intereses de su parte. Imaginemos que el partido se juega sin árbitro. ¿Qué sucedería? Pues seguramente que los jugadores acabarían matándose entre ellos sobre el campo, que el resultado sería lo de menos y que la tensión habría aumentado de cara al próximo partido. Y todo porque no había árbitro, que es el encargado de mantener el equilibrio, de hacer cumplir las reglas y de reconducir las situaciones de riesgo para que al final todo quede en nada y esas situaciones no pasen a mayores.

Pues bien, en la plaza Vargas se juega un partido de estas características con demasiada frecuencia. Nunca debería derivar la situación en un enfrentamiento directo entre vecinos y bares, ya que tendría que haber un juez que velase porque eso no sucediera. Y ese árbitro se llama, o debería llamarse, delegación de Urbanismo del Excelentísimo Ayuntamiento de Jerez, que es la responsable en última instancia de garantizar el cumplimiento de las normativas, de las reglas del juego. Las normativas urbanísticas no se hacen cumplir a golpe de intervenciones policiales, sino con resoluciones de tipo urbanístico emanadas desde la propia delegación. Y en eso estoy de acuerdo con lo que declaró el propietario de El Duplicado: "todos estamos por el cumplimiento de la normativa", así que la inmensa mayoría de los negocios de la plaza en ese sentido ni tienen nada que temer y ciertamente tienen razón al exponer que la presencia policial les perjudica.

¿Están pagando, pues, justos por pecadores? Rotundamente y sin ningún género de dudas, sí. Por cierto, presencia policial que en muy pocas ocasiones responde a la llamada de un residente. La Policía ni va ni actúa cuando no pasa absolutamente nada ni se la llama si no es perentorio hacerlo. Por supuesto que los residentes de la plaza Vargas lo seguirán haciendo cada vez que lo vean como la única opción que les quede, pues es un derecho ciudadano que nada ni nadie puede ni podrá coartar. Parece como si desde la delegación se estuviera utilizando la técnica Rajoy, esa que consiste en dejar que las cosas se pudran y se resuelvan por sí solas, pero se equivoca. La tensión y los enfrentamientos directos cada vez son más frecuentes: se rayan portones, se tiran líquidos o piedras a las ventanas de los residentes y se amenaza. Este partido necesita un árbitro que tome decisiones y lo necesita ya.

Hay mucho sufrimiento acumulado en unos residentes que han vivido allí lo peor de lo peor durante mucho tiempo en estos últimos veinte años o más y que ahora, como es lógico, desconfían de lo que pueda suceder. En los bares supongo que existirá la opinión de echarle la culpa al vecino de todo lo que les pasa. El acercamiento de posturas y el diálogo directo entre las partes hoy por hoy parece imposible. Por ello sería conveniente rebajar un poco la tensión y propiciar un clima de convivencia real que desemboque en una situación en la que quizá no se hablen entre ellos, pero que permita que se pueda vivir y convivir. En el cumplimiento de la normativa está la clave, ¡árbitro!

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