Nihonio, moscovio, téneso y oganesón. No son estos reyes godos, ni países balcánicos, ni siquiera insultos de nuevo cuño o exabruptos bramados por el capitán Haddock —aunque de seguir vivo Hergé, quizás lo acabaran siendo—. Estas palabrejas corresponden a los cuatro nuevos elementos que se han incorporado este año a la decimonónica tabla periódica. Me pregunto cómo se sentirán sus colegas de fila, los elementos que habitan las casillas contiguas. Nunca fue fácil ser el último en llegar, es bien sabido que los grupos hechos funcionan en ciertos aspectos como un solo ser: una maquinaria engrasada y calibrada gracias al encaje de cada pieza. Cada componente conoce al resto, prevé sus reacciones, se complementa con los demás y se afianza en lo colectivo. Cuando hay nuevos miembros en la comunidad, los veteranos pueden adoptar una actitud defensiva. “¡A las barricadas!”, “¡Protejamos de los intrusos la integridad de la tabla!”, se oye estos días entre las coloridas columnas.

Lo nuevo es a veces amenaza y existe incluso un síndrome para denominar esta actitud. La ‘neofobia’, el miedo incontrolable e injustificado hacia experiencias desconocidas, se traduce en la falta de voluntad para probar cosas nuevas o romper con la rutina. A nivel consciente no suele estar justificado pero no es algo exclusivo de los humanos. Casi todos los animales desarrollan este tipo de conductas ya que genéticamente están diseñados para vivir en el mismo hábitat que sus ancestros. Para ellos, es una cuestión de adaptación evolutiva. Valga la paradoja, para nosotros la evolución en sociedad la garantiza precisamente el abrazo a lo nuevo. Los neofóbicos parecen hoy condenados a la muerte pública, al ostracismo, a la peor de las miserias en la época multipantalla: la invisibilidad.

Lo advenedizo no es bien recibido, ya lo advirtieron el Litio, el sodio o el calcio cuando vieron aterrizar a sus flamantes colegas desde Rusia, Estados Unidos y Japón. La frialdad de los laboratorios de química donde fueron nombrados y empaquetados para un viaje tan largo contrasta con la calidez de la rabia palpitante en el corazoncito etéreo de los elementos de siempre. Los clásicos nunca mueren, que dirán ellos. La juventud es insolente, atractiva, arrasa con lo establecido. Los nihonio, moscovio, téneso y oganesón son las nuevas celebrities. Los medios de comunicación hablan de ellos, los científicos de postín indagan sobre sus propiedades, los químicos testean sus combinaciones imposibles, les buscan el atuendo más apropiado para colorear su casilla. Todo el arsenal de focos y alfombras rojas se despliega hoy para ellos, para los famosos de última hornada, para los nuevos reyes del mambo atómico. En el vecindario de Mendeléyev, hay resquemor. Una terapia de grupo podría ser la solución; claro que el flerovio siempre fue de pocas palabras y que cuesta mucho que el plomo se abra. No sabemos aún cómo se adaptarán los recién llegados, si serán invitados a las lujosas fiestas del oro y la plata, si los incluirán en las cenas de empresa, si el oxígeno los abandonará a su suerte, si participarán en el amigo invisible que organiza cada año el Hidrógeno, si los incluirán en el grupo de whatsapp de la oficina… Será cuestión de seguirles la pista y rezar para que las novatadas no degeneren en terrorismo químico. Así sea. Por la cuenta que nos trae.

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