A José Luis Sanz, alcalde de Sevilla, le vendría bien escuchar más a sus conciudadanos y menos a ciertos poderes y lobbies fácticos que presionan. La ciudad comienza a ofrecer, en algunos de sus espacios, un fenómeno que conviene no pasar por alto: la progresiva conversión de ciertos lugares en lo que Marc Augé denominó hace ya más de treinta años “no lugares”. No hablamos de una simple transformación urbanística, ni de un relevo estético más o menos discutible; estamos ante un cambio de naturaleza más hondo, que afecta a la estructura misma de la vida urbana.
Porque una ciudad, en sentido pleno, no es solo un punto en el espacio, sino un cruce de experiencias, de memorias sedimentadas, de relaciones que se entretejen a lo largo del tiempo. Allí donde esto desaparece, lo que queda puede conservar la forma, pero ha perdido la sustancia.
Conviene advertir que este proceso no es obra de los individuos, sino de una lógica más amplia de la sobremodernidad que tiende a homogeneizar los espacios, a hacerlos funcionales, intercambiables, ajenos a toda biografía. El resultado es un tipo de escenario que no arraiga en quien lo habita ni se deja habitar verdaderamente. Y en Sevilla cada vez abundan más, y aquí el sentido de la medida y el equilibrio debe prevalecer.
Ya G. K. Chesterton, con su habitual penetración, señalaba que “el viajero ve lo que ve; el turista ve lo que ha venido a ver”. Aquí la advertencia cobra un sentido preciso: al vaciar de contenido los espacios, la ciudad no se proyecta hacia el futuro, sino que se desposee de sí misma.
Por tanto, no es una cuestión de gusto ni de estilo, sino la continuidad de la vida en común. Cuando los lugares dejan de serlo, también la comunidad se debilita, porque pierde el ámbito donde reconocerse y persistir. Y así, bajo la apariencia de modernización, se consuma un proceso más inquietante: el de una ciudad que, sin dejar de ser físicamente la misma, empieza a volverse extraña para quienes la habitan.



