Hay algo profundamente obsceno —políticamente obsceno— en la escena que se ha representado en la Fundación Cajasol. Bajo el título La duquesa política, se rinde homenaje a Cayetana Fitz- James Stuart, convertida ahora en figura digna de reflexión pública. Pero el problema no es tanto el homenaje a una aristócrata juerguista como lo que revela: quién lo impulsa, quién lo legitima y, sobre todo, qué dice de la Andalucía que seguimos siendo.
Conviene no perder de vista lo esencial: la duquesa de Alba no fue una figura política en el sentido transformador del término. No articuló proyectos, no disputó poder democrático, no dejó un legado de intervención pública que alterara la vida de la mayoría. Su verdadera posición fue otra: habitar el poder sin necesidad de conquistarlo, influir sin exponerse, representar una estructura social que no necesita justificarse porque siempre ha estado ahí, la aristocracia de sofá. Y, sin embargo, hoy se la eleva a categoría política en un acto institucional.
Lo verdaderamente revelador no es la operación simbólica, sino la fotografía que la acompaña. En ese mismo escenario comparecen Felipe González y Juan Manuel Moreno Bonilla. Dos trayectorias distintas, dos estilos aparentemente opuestos, pero una misma lógica de fondo: la del poder que se adapta, muta y se reconfigura sin perder nunca el control de los márgenes.
González hace tiempo que dejó atrás cualquier ambigüedad. Lo que en su día se presentó como pragmatismo se muestra hoy como convicción ideológica, por si alguien no vio la careta: la asunción de los marcos del neoliberalismo, la erosión del mundo laboral organizado, las políticas liberales y económicas feroces, el debilitamiento de Andalucía como identidad y sujeto político, y una forma de gobernar con sombras profundas que siguen pesando sobre la memoria democrática. No hay evolución: hay la misma realidad de siempre, una claridad que llega cuando ya no hay coste político que pagar. El modelo duquesa es plenamente ilustrativo. Ese González que hoy es santo de la derecha y miserable opositor al gobierno de su propio partido no chochea como creen algunos; es el mismo de siempre.
Moreno Bonilla, en cambio, ejerce ese mismo poder de forma distinta. No desde la confrontación, sino desde la gestión de las percepciones. Su política es la política de la apariencia constante: la cercanía medida, la normalidad cuidadosamente construida, la sensación de que todo funciona sin sobresaltos, mientras dinamita los servicios públicos. Quiere aparentar que no gobierna contra nadie, ni siquiera a favor de algo reconocible; gobierna dentro de un clima emocional donde el conflicto desaparece y, con él, también lo hacen las preguntas incómodas. Pareciera un personaje de IA, podría ser sustituido en tantas comparecencias de televenta.
Ese es, precisamente, el problema: que todo parece razonable. Porque mientras la política se convierte en una superficie lisa, sin aristas, los debates fundamentales desaparecen. Andalucía deja de preguntarse por su modelo económico, por su posición estructural en el conjunto del Estado, por la precariedad que define amplias capas de su mercado laboral o por la falta de autonomía real en sus decisiones estratégicas. En su lugar, surgen actos como este: homenajes vacíos, celebraciones simbólicas, escenarios donde el pasado se reinterpreta para evitar discutir el presente.
En ese contexto, la Fundación Cajasol no es un actor menor. No se trata solo de una institución cultural, sino de un espacio donde el poder se representa a sí mismo sin apenas fricción. Una entidad con recursos e influencia que opera en una zona difusa, donde el control democrático es limitado y la legitimidad parece darse por supuesta. Un lugar idóneo, en definitiva, para escenificar consensos implícitos.
Y eso es lo que realmente se celebra: un consenso no explícito, pero profundamente arraigado. El consenso de que los límites de lo posible en Andalucía no deben moverse demasiado. El consenso de que el poder puede cambiar de lenguaje, de estética o incluso de generación, pero no de estructura. Por eso la imagen tiene algo de ceremonia íntima, casi ritual. No es solo un acto cultural: es un reconocimiento mutuo entre quienes han definido y siguen definiendo el marco dentro del cual se toman las decisiones, una continuidad tranquila donde pasado y presente se reconocen en lugar de chocar.
Mientras tanto, fuera de ese salón, la realidad es mucho menos amable. Jóvenes que se marchan, empleo precario, dependencia económica y la sensación persistente de que el futuro siempre se decide en otro lugar. Una tierra con potencial, atrapada en un modelo que rara vez se cuestiona en profundidad.
Y, sin embargo, dentro se celebra. Se celebra una figura que simboliza la permanencia. Se celebra una forma de poder que no necesita explicarse. Se celebra, en última instancia, la estabilidad de un sistema que ha aprendido a sobrevivir sin transformarse.
En un momento global marcado por el endurecimiento de las dinámicas económicas y por la creciente fragilidad de las democracias, lo que hoy vemos no es un gesto inocente. Es una reafirmación. La reafirmación de que nada esencial debe cambiar, de que todo puede seguir funcionando dentro de los mismos márgenes, de que la política puede reducirse a una combinación de símbolos, relatos y equilibrios cuidadosamente administrados. Y quizá ahí resida la mayor obscenidad de todas: en la normalidad con la que se acepta.



