Vista de Huéscar, en Granada.
Vista de Huéscar, en Granada.

Todos los días amanecemos con noticias donde podemos sentir las amenazas que emergen en distintos países y lugares, y que, afectan a numerosas personas en todo el mundo. En muchos casos las creemos ajenas, aunque empaticemos con ellas; pero en otras ocasiones sentimos que sí tienen que ver de alguna manera con nuestras propias vidas (aunque no sepamos bien de qué manera y en qué grado).  

Vemos como la guerra en Ucrania repercute directamente en la subida de los precios del gas, la luz, los carburantes, los cereales y al mismo tiempo participamos en campañas de recogida de dinero, apoyo humanitario y acogida de refugiados para intentar minimizar este gran drama social. Enfermedades que aparecen en el lado opuesto del mundo generan pandemias mundiales como el covid que llegan tan rápidamente que casi no nos da tiempo de reaccionar. El cambio climático está cada vez más presente y se relaciona con giros bruscos de las temperaturas, pérdida de diversidad, incendios, fuertes inundaciones o sequías, pero nos cuesta pensar en cómo podemos cambiar cuestiones tan globales y nos quedamos mirando el cielo, paralizados, por si hoy toca aquí.

No nos damos cuenta que todo está relacionado. Lo pequeño está inmerso en lo global y lo global afecta a lo particular. El mundo que hemos creado tiene que ver en cómo vemos y actuamos en ese mundo. Sólo necesitamos relacionar qué parte de mi vida cotidiana está conectada con esa parte de vida global que parece que ocurre en otros sitios. Seguir el hilo casi invisible que lo conecta y descubrir que estamos más vinculados de lo que creemos.  

Yo he vivido la mayoría de mi vida en ciudades mayores de 50.000 habitantes, al igual que el 50% de la población española lo está haciendo actualmente. Es más, el 15% de la población española hoy en día está residiendo en sólo 5 ciudades de todo el territorio español: Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Zaragoza.

Desde hace cuatro años estoy teniendo la oportunidad de vivir en el lado opuesto de estos datos demográficos y ello me ha dado otra mirada. Cambié mi residencia a un municipio menor de 10.000 habitantes, a Huéscar (Granada), ubicado en el denominado Altiplano de Granada. Este territorio es considerado por la Unión Europea como “zona severamente remota”, es decir, los municipios de este territorio están situados a una distancia promedio de 128 km de su principal núcleo poblacional, Granada capital. Este territorio está constituido por 14 municipios con un total de población que no llega a los 60.000 habitantes entre todos y dispersos en dos comarcas (Huéscar y Baza) con tan sólo 20 habitantes por km2. Todos sus indicadores y datos la sitúan en la mal llamada “España vaciada”, pero, sin embargo, la vida en este territorio está llena de recursos y de vida. Esta zona aporta grandes cantidades de aceite, almendra y pistacho principalmente ecológico y  produce cordero segureño con certificación de calidad; conserva grandes vegas con un gran valor patrimonial en acequias centenarias que permite que siga fluyendo el agua por un territorio casi desértico; cuenta con construcciones en cueva que son ejemplo de bioconstrucción ante el cambio climático; cuenta con parajes naturales de gran belleza y que conservan una enorme biodiversidad natural (Sierra de Baza, Castril y la Sagra, son sus principales referencias); y conserva numeroso patrimonio cultural e histórico que invito a que se visite. Además, desde el 10 de julio de 2020, la UNESCO incluyó este territorio, junto a Guadix y los Montes de Granada, en la Red de Geoparques Europeos, por ser uno de los mejores registros geológicos continentales de los últimos 5 millones de años existentes.  

A pesar de todos estos recursos y la gran riqueza que alberga, nos estamos enfrentando a una muerte silenciosa que significa un ejemplo más a lo que está ocurriendo en cualquier entorno rural de España y Europa. Cada día aumenta la emigración de la población joven a las ciudades, especialmente mujeres, no nos enfrentamos a baja natalidad existente, está desapareciendo el tejido productivo y económico de estos territorios, y sigue en aumento el envejecimiento de la población sin preocuparnos las tasas de desequilibrio poblacional y las condiciones en las que se encuentran. Estas tendencias van a peor según las Organización de la Naciones Unidas. En España ya tenemos 3.403 municipios con riesgo de despoblación severo, que supone el 42% del total de todos los municipios españoles. Si nada cambia para este año sólo una de cada diez personas vivirá fuera de ciudades y el 78% de la población que vive en zonas urbanas o en áreas urbanas funcionales, dependerá sólo y exclusivamente de lo que se genere en otros entornos, quizás más alejados que los actuales, con problemáticas mucho más complicadas de resolver. ¿Está pensando la población que vive en las ciudades de donde les llega la mayoría de los recursos que les abastecen? Os invito a tirar de ese hilo casi invisible que antes os comentaba y descubrir hasta qué punto estamos unidos. 

El mundo nos está lanzando claras advertencias de lo que está ocurriendo con estas dependencias. No tenemos una visión a medio o largo plazo que incluya la calidad de vida para la mayoría de la población y en cuyos valores se considere la opción de cooperar por el bien común ya que ello sostiene a todo el mundo. Aún estamos a tiempo de hacer planificaciones coordinadas entre los entornos rurales y urbanos donde las administraciones a todos los niveles (locales, provinciales, autonómicas y estatales) que apoyen estructuras económicas más justas y tengan en cuenta esas interacciones. Ya no sólo por solidaridad, sino por inteligencia colectiva. Los datos actuales nos están diciendo con luces de neón que el camino elegido globalmente no es el más acertado económica, social y medioambientalmente para un desarrollo sostenible en el tiempo para nosotros ni para las generaciones futuras.

Para ello son necesarios espacios de encuentro donde podamos resolver tres preguntas que, investigadoras como Yayo Herreno, están planteando desde hace tiempo: ¿cuáles son las necesidades que hay que satisfacer para todos y todas?; ¿cuáles son los bienes que hace falta producir?; y ¿cuáles son los trabajos socialmente necesarios? Si ponemos el foco de la prioridad en las tareas que realmente consideramos colectivamente que son las que más necesitamos actualmente y les damos su verdadero valor, igual, encontramos nuevos caminos.

A mí hace tiempo me vienen resonando unas palabras de un profesor de la Universidad de Salamanca que me influyó mucho en mi carrera, Nicolás Martín Sosa, y que decía en uno de sus libros: “… la situación se presenta como una excepcional oportunidad de elección, como una oportunidad de crear nuevas formas de vida, de comunicación y de intercambio, cuyo diseño pueda tener en el horizonte tanto la justicia como la felicidad, …”. Palabras tan bonitas como oportunidad, elección, nuevas formas de vida, comunicación, intercambio, horizonte, justicia y felicidad, aparecen en un solo pensamiento. Y esas palabras con el tiempo se han unido con otras mucho más cercanas y cotidianas que vienen desde la sangre. Mi madre siempre ha dicho que “el futuro está en poder tener un trozo de tierra y cuidarla”. Futuro, tierra y cuidado.

Esta gran crisis global está dejando morir a los entornos rurales (entre otras cuestiones, claro), pero nos está indicando claramente hacia dónde va el mundo. A la vida no le estamos dedicando el tiempo que necesita para pensar y decidir colectivamente donde se encuentra verdaderamente la felicidad que andamos buscando, tanto para nosotros en la actualidad como para las generaciones venideras en el futuro próximo. No hace falta que todo el que lea este artículo decida vivir ruralmente, pero sí que se plantee cómo desde donde está puede contribuir a que siga la vida en estos entornos rurales con los cuales está ligado. Debemos dedicar más recursos al medio rural que está silenciosamente desapareciendo y del que dependemos más de lo que nos imaginamos antes de que sea irreversible. También hace falta reconocer el papel tan fundamental que están realizando todas aquellas personas que siguen viviendo en lo rural diariamente porque ellas son el verdadero sostén del mundo globalizado en el que vivimos. El mayor de mis respetos al tiempo que dedican a seguir existiendo porque ahí está la semilla de vida que aún hace posible un mundo diferente.

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