Los pueblos se van llenando de casas deshabitadas.
Los pueblos se van llenando de casas deshabitadas.

Al girar la llave y empujar la puerta, con cierto miedo a que te oponga resistencia, inevitablemente una contiene la respiración, esperando percibir algún ruido que certifique que la casa no está deshabitada.

Investigadores de la Northeastern University de Boston han realizado un estudio, rastreando las señales que dejaban los teléfonos móviles de unas cien mil personas durante seis meses, que confirma que el ser humano se limita a ir y a volver de un reducido número de lugares. Como somos seres de costumbres, y a las pruebas me remito, suelto un pequeño equipaje junto a la puerta, aseguro la cadena, alineo la alfombra y me dispongo a avanzar en la penumbra. 

Ya no hay una figura al final de la casa que con sonrisa satisfecha espeta un: "¡Hombre! ¿Ya estás aquí?". Obviedad que no merecía más respuesta que un abrazo y un beso en la mejilla.

Levanto las persianas y abro las ventanas. La luz alcanza el sillón huérfano de su presencia. Tal vez ponga la televisión con el volumen muy bajo, solo por percibir un susurro. Tras correr el cerrojo de la puerta del patio, sentiré el aroma del jazmín y la lavanda. Hay muchas hojas en el suelo, alguna planta se ha marchitado, el limonero tiene nuevas metidas, las aceitunas acusan la escasez de lluvia, un racimo de rosas marchitas convive con la desnudez del almendro dormido.

Vuelvo a entrar y la casa me devuelve un sinfín de aromas, de sonidos, de pasos que, acompañados por el bastón, marcan un compás de tres por cuatro.

Un tintineo de cadenas me traslada a la realidad. Las pesas del reloj de pared, desmayadas sobre las baldosas rojizas, me invitan a poner en hora la mañana. Me resisto, porque yo lo que querría es un reloj que pare el tiempo, que ponga su pantalla en negro, para no ver lo rápido, o lo lento, que discurre.

Y, por no perder la costumbre, al atardecer, volveré a sentarme en su sillón, el reloj sobre la mesa cuidadosamente abandonado sobre la correa doblada, un vaso de cristal y un móvil sin sonido. Al fondo la ventana que me devuelve su, mi imagen y la oscuridad.

Con la misma calma que he devuelto las persianas, las cortinas, los postigos de las ventanas, a su estado original, cerraré la puerta y, no sin antes acariciar el llamador con forma de mano preparada para golpear la puerta y comprobar que está cerrada, como siempre, comenzaré a bajar por la calle donde la mayoría de las casas están habitadas por los recuerdos, sombras espectrales del paso del tiempo que ha vaciado el pueblo. Sonrío cuando pienso que en la mía se atesoran en cada rincón los recuerdos y, por eso, no puede habitar el olvido.

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