Cuando conservar se queda corto

Hace demasiado que conservar se quedó demasiado corto, es un básico, como la sal en la cocina, aunque si queremos lograr algo más, hay que descarbonizar, frenar el uso intensivo del agua, revertir el despoblamiento rural, fortalecer la gobernanza alimentaria, exiliar el consumismo superfluo, eliminar el colonialismo de estado, evitar que la temperatura media del planeta siga subiendo

"El Reglamento Europeo de Restauración de la Naturaleza (20241991) es uno de los elementos clave que trae luz y esperanza"
25 de abril de 2026 a las 07:00h

Traemos, en primer lugar, una cita que permita situar el debate: “Lo que estamos haciendo ahora en el mundo, degradando las superficies terrestres, contaminando las aguas y añadiendo gases de efecto invernadero a la atmósfera a un ritmo sin precedentes, es algo nuevo en la experiencia de la Tierra. Son la humanidad y sus actividades las que están cambiando el medio ambiente de nuestro planeta de forma dañina y peligrosa”. Estas palabras son parte de una exposición ante la Asamblea General de Naciones Unidas en 1989. Las pronunció Margaret Thatcher, reconocida líder británica conservadora y neoliberal.

Las ideologías conservadoras se reivindican conservacionistas. De hecho, reprochan a las ideologías progresistas el haberse apropiado del discurso y las políticas ambientales. Pensadores conservadores vienen reprochando desde hace años a sus políticos no haberse tomado suficientemente en serio la crisis climática.

Estas posiciones, en realidad, tienen un fondo eminentemente económico. El sector conservador reivindica su perfil conservacionista y defiende como propia la transición ecológica apelando a que la innovación tecnológica dentro de un régimen de libre mercado va a permitir desarrollar sectores que harán compatible el crecimiento económico con el sostenimiento del medio amiente. Así, existe en esta idea un centralismo claro de la innovación tecnológica como palanca necesaria para la descarbonización y la transición, eminentemente energética.

Y están en ello. Gracias a la creciente sensibilidad social, las campañas de divulgación de la última década y el despliegue tecnológico, estamos cayendo en la trampa de que las fuentes de energía renovable no han venido a sustituir las procedentes del petróleo sino a incorporarse al mix energético. En otras palabras, ya no es necesario apagar la luz al salir pues procede de una fuente de energía verde e infinita. Se obvia intencionadamente el mensaje de que la energía más barata es la que no se utiliza.

Aún sosteniendo el libre mercado y el crecimiento económico como paradigma, el sector conservador europeo, gracias al contrapeso de fuerzas políticas verdes emergentes, han asumido como propios algunos objetivos que van más allá. A su llegada al puesto, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, conservadora, impulsó el Pacto Verde Europeo, y proclamó: “Así hacemos las cosas en Europa: somos ambiciosos y no dejamos a nadie atrás”.

Lamentablemente, en los últimos años, debido a la invasión de Ucrania por parte de Rusia, las políticas trumpistas, la guerra en Oriente Medio, la inestabilidad en muchos países, están haciendo que las políticas verdes hayan dejado de estar entre los máximos objetivos de la Unión Europea. Aun así, han calado conceptos que nos permiten vislumbrar con optimismo un cambio de paradigma en el que, por fin, consigamos desterrar el crecimiento económico, como si de recursos infinitos dispusiéramos (no podemos olvidar que los conflictos internacionales son por la pugna por los recursos naturales), y se visualice la necesidad de mantener un territorio sano como fuente de salud propia. Porque no será la Tierra la que se extinga, ella ya ha pasado por esto otras veces. En realidad, seremos nosotros los grandes castigados.

El Reglamento Europeo de Restauración de la Naturaleza (2024/1991) es uno de los elementos clave que trae luz y esperanza. Nos hace creer que se camina en la dirección adecuada. Su objetivo es restaurar al menos el 20% de las zonas terrestres y marinas de la UE de aquí a 2030, y todos los ecosistemas que lo necesiten antes de 2050. Establece objetivos específicos para distintos tipos de ecosistemas (agrarios, forestales, urbanos, ríos, mares) y requiere a los Estados miembros la adopción de un Plan Nacional de Restauración. Supone un cambio de paradigma, al establecer obligaciones legales para su cumplimiento, incluyendo hitos, indicadores y mecanismos de seguimiento.

Para trasladarlo a la práctica es necesario el empuje social. Y a eso se han puesto casi un centenar de organizaciones en España integradas en la Alianza por la Restauración. Trabajando con la hipótesis de que restaurar no consiste en decorar lo construido ni plantar árboles como marketing. Sustentan su propuesta en que restaurar es reparar, devolver a la vida, reconstruir ecosistemas y relaciones. Es permitir que los ríos vuelvan a correr con aguas limpias, que los humedales respiren, que los bosques antiguos se reconecten con sus especies. Consideran que restaurar es cuidar, es proteger, es dejar que la vida se autoorganice y se regenere, respetando sus tiempo y sabiduría. Están convencidos de que restaurar es de justicia, que se deben proteger territorios y ecosistemas sin imponer modelos de consumo ni expulsar a quienes los habitan. Y que restaurar tiene un valor muy importante en el hábitat urbano, permitiendo que, en parques, plazas y barrios, la naturaleza se haga visible y habitable, que los árboles y los pájaros vuelvan a ser vecinos.

Muchas de estar organizaciones hablan desde la experiencia pues vienen desarrollando proyectos de restauración desde hace años. Por eso tienen la certeza de que la restauración de la naturaleza es una respuesta estructural a la crisis ecológica y climática. Por eso la restauración debe considerarse una política transversal, de estado.

Partimos desde un nivel pobrísimo. Según el Ministerio de Transición Ecológica, solo el 9% de los hábitats del estado se encuentran en buen estado, y se ha fijado para agosto de 2026 la puesta en marcha del Plan Nacional de Restauración, actualmente en fase de elaboración. Por eso se hace más importante que nunca poner el foco ahora en él. Para evitar que se limite a proyectos aislados o a parchear medidas compensatorias. No se trata de maquillar la degradación sino de recuperar funciones y procesos ecológicos, actuando sobre las causas profundas de la crisis ecológica. Considerando que la salud del entorno es la salud de las personas. El reto no es técnico, sino social y político. El medio rural y natural no necesita de subsidios sino revitalización. Solo un medio rural vivo y dinámico nos garantiza el mantenimiento del medio urbano.

Tenemos un mosaico de buenas oportunidades por las que empezar: las planificaciones hidrológicas en revisión, permiten la recuperación de numerosos cauces y el ciclo natural del agua; canteras y minas que cesaron su actividad; estaciones de esquí que ya no tienen nieve; paseos marítimos y urbanizaciones de los que la mar reclama su sitio; mamotretos de hormigón ubicados en espacios naturales protegidos; la restauración de Antela, La Nava y La Janda, humedales interiores que el franquismo desecó, son tareas que hay que abordar de inmediato.

Hace demasiado que conservar se quedó demasiado corto, es un básico, como la sal en la cocina, aunque si queremos lograr algo más, hay que descarbonizar, frenar el uso intensivo del agua, revertir el despoblamiento rural, fortalecer la gobernanza alimentaria, exiliar el consumismo superfluo, eliminar el colonialismo de estado, evitar que la temperatura media del planeta siga subiendo. Y tenemos que recuperar las dinámicas naturales, restaurar ecosistemas considerándolo como nuestra ineludible responsabilidad intergeneracional, con el absoluto convencimiento de que el funcionamiento idóneo de la naturaleza es la condición imprescindible para nuestro propio bienestar.