Al que les habla nunca le ha gustado llamarse, ni que le llamen, escritor; una etiqueta que hoy se regala en las solapas pero que, para algunos, sigue exigiendo una liturgia de respeto. En primer lugar es una cuestión de honestidad: hasta hoy, mi sustento no proviene de las letras, sino de mi desempeño en el campo de la sanidad. Por eso, cuando el azar me ha llevado a algún evento literario o entrevista para un medio local, trato de anticipar mi carta de presentación: soy autor, no escritor. Lo primero es un acto de creación rebelde; lo segundo, una dignidad que me queda demasiado grande frente a los gigantes a los que admiro.
Quizá por eso, hubo un tiempo en el que ser escritor era algo similar a un recinto sagrado que uno no se atrevía a profanar sin haberse descalzado con anterioridad. Hoy, el término ha quedado relegado a un abalorio de moda, a la altura y manoseo de cualquiera.
La última celebridad en sumarse a esta moda instrusiva ha sido Alejandra Rubio, nietísima de la Campos, para los muchos que no lo sepan.
Resulta desolador como el noble oficio de la escritura, ese ejercicio arquitectónico de encajar la palabra exacta, se reduce al capricho de sobremesa de una estrellita televisiva inflada de vanidad.
Vivimos en una era en la que la validez de un autor no se mide por la eficiencia o la riqueza de su prosa, sino por su capacidad de ser una marca rentable que garantice unos índices de ventas.
Esta corriente de escritores de mentira ha propiciado que el término se sobe, se desprestigie y hasta que pierda su aura de dignidad.
Debo confesar que, personalmente, observo esta tendencia con una mezcla de retraimiento y profundo rechazo. Me causa incomodidad física y manifiesta ver con qué alegría se apropian de un rango que a otros nos quema en las manos. Puede que esté equivocado, lo reconozco, pero la causa no es otra que el respeto sumarísimo —casi religioso— que me inducen los escritores de verdad. Aquellos con los que he crecido y me he formado. Hablo de hombres y mujeres que se han ganado la deferencia de ir un paso por delante.
Para suerte de todos, al final de este camino de vanidades, lo que quedará es la ceniza de un papel que arderá rápido, porque no tiene madera, solo hojarasca.
Escribir, en su sentido más puro, seguirá siendo un acto de resistencia frente a la banalidad. Y para aquellos que amamos las alturas de la verdadera literatura, siempre nos quedará el consuelo de que el peso de la gloria solo lo soportan los que han sabido caminar descalzos por el fuego de la creación.
Gracias por la lectura y feliz lunes.



