Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana… hubo una época en la que un simple espectador podía permitirse el lujazo de sentarse frente al televisor como un acto de rendición. La excusa no era otra que soltar el lastre del día ―el jefe machacón, las facturas por pagar o, (introduzca aquí cualquier problema que le atormente)― y se entregaba al necesario ejercicio de no pensar. Era el imperio del “entretenimiento blanco”. Esa suerte de refugio donde lo único que había en juego era si el héroe de turno salvaría al mundo o si la pareja de marras terminaría besándose bajo la lluvia, bajo un toldo o, directamente, no había beso.
Llevo cierto tiempo madurando esta idea. Digamos que el empujoncito final se lo debo a Netflix. Más bien a una reciente serie de Netflix, para ser más precisos.
Háganse a la idea; cuando un buen reparto y un guion trabajado se ponen de acuerdo, la estafa termina siendo descorazonadora. ¿Por qué? Yo se lo explico: te dejas seducir por una trama solo para darte cuenta de que estás, conforme pasan los minutos, ante otro misil ideológico.
No me malinterpreten. Está bien que haya cosas que denunciar (faltaría más), y es loable aprovechar el altavoz global para hacerlo (faltaría más, bis), pero todo tiene una media. Y un límite.
No podemos vivir en un estado de mitin permanente.
Llega un punto en el que dan ganas de levantarse y gritarle al televisor, ¡Paren ya, que solo quiero divertirme, cojones!
El entretenimiento, no de ahora, siempre ha tenido un trasfondo político o social, esto no es nuevo. La gran y escandalosa diferencia es que antes, los guionistas o creadores confiaban en que éramos lo suficientemente inteligentes para saber leer entre líneas; capaces de extraer la moraleja. Ahora, nos toman por idiotas a los que, cada cinco minutos, hay que recordarles qué bando es el bueno y qué bando es el malo. El arte convertido en propaganda agresiva.
Urge reclamar el derecho a la intrascendencia. Que uno pueda ver una película o serie donde haya conflictos que no tengan que ver con las etiquetas y donde alguien pueda soltar una broma que no sea guillotinada por el filtro de los catorce departamentos de ética.
Queremos historias, no sermones. Queremos aburrirnos, ¿por qué no decirlo? Queremos personajes, no portavoces de nada. Y, sobre todo, ansiamos la tranquilidad de saber que, por una hora al día (si no es mucho pedir), podemos ser simplemente espectadores y no fanáticos en plena campaña electoral. El entretenimiento será libre el día que vuelva a permitirse el lujo de ser, simplemente, entretenido. Mientras tanto, seguirá secuestrado bajo el yugo de mentes torticeras.
Gracias por la lectura y feliz lunes.


