Mitin de un partido nacionalista. Foto: @vox_es
Mitin de un partido nacionalista. Foto: @vox_es

Las naciones son ficciones, y todo lo que se construya sobre ellas tiene el triste sino de ser aún más ficticio e irreal, más aire lanzado al aire. Son ficciones poderosas, sin duda. Probablemente son las más poderosas de cuantas se han imaginado en los últimos dos o tres siglos, que no son pocas. Son muchos los millones de cadáveres que arrastran, como siniestra y putrefacta prueba de su éxito; de que su aparente olor a ambrosía y novedad es sólo un perfume barato que tapa el rancio hedor de una vieja sinrazón. Podemos recordar los grandes patriotas de las dos Guerras Mundiales, de la Kampuchea de los jemeres rojos o de la Yugoslavia en desintegración. Es cierto, también hay genocidas y dictadores sanguinarios que no se han movido exclusivamente por afanes de “sangre y suelo”, pero casi todos ellos (pienso en Stalin o en Mao) participaban de un nacionalismo más o menos latente, que era la viva prueba de lo viciado e irrespirable de su educación –o salvajismo– sentimental.  

No hay ningún problema en apreciar el sitio en el que se vive, sobre todo si, como la mayoría de los seres humanos de este planeta, no cabe la posibilidad de elegir otro, al menos en esta vida. A menudo los folcloristas, y aun los folclóricos, se sitúan entre las personas más tolerantes y abiertas de su entorno. El único problema está en cómo se conceptualiza, si de forma conjuntiva o disyuntiva: ¿Soy capaz de apreciar esto apreciar lo otro, o lo primero me impide lo segundo? 

Con una pregunta tan sencilla, tan inocente, se puede descubrir mucho sobre nuestros resortes escondidos; que, por supuesto, no quieren ser desvelados. Que, por supuesto, quieren controlarte a ti en vez de que tú los controles a ellos: que tú saltes cuando ellos aprieten tus botones, no que seas tú quien apriete el botón que los haga saltar por los aires.

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