Me espanta la gente como David Uclés. No pensaba así antes; hasta hace pocos días me parecía, sin más, un escritor que había triunfado con una novela de una calidad moderada y que se estaba posicionando políticamente. Es cierto que no se me hacía una figura del todo agradable, porque detesto los reduccionismos y a los que buscan decir cosas para ganarse el aplauso fácil. Y, claramente, él pertenece a este tipo humano. Pero, como digo, sin más. Quitando eso, me parecía un escritor relativamente aseado y un tipo agradable, bonachón e inofensivo.
Eso pensaba y seguí pensando, pese a que luego descubrí cosas que no me hacían ni pizca de gracia. Y es que empecé a advertir ademanes propios de una de las cosas que más coraje me dan: el treperío. Lo contaban Juan Soto Ivars y Alberto Olmos (no lo va a contar García Montero, claro: a los monaguillos hay que perdonarles sus pecadillos veniales).
Olmos comentaba en uno de sus artículos que el autor de La península de las casas vacías llamó para asistir a un evento al que no lo habían invitado y, para colmo, le pidió al fotógrafo que le tomara alguna que otra instantánea en el photocall. A todo esto accedió el buen hombre, pese a que no tenía ni la más remota idea de quién era ese pastorcillo que parecía salido de algún Belén del chino. Y lo mejor de todo no es eso: luego, en redes, él se hizo el encontradizo, cuando mostró las fotos: “Huy, pero si soy yo”.
De todas formas, tampoco esto me llegó a espantar. Nada nuevo bajo el sol. Así funciona la literatura o, mejor dicho, el mundillo literario.
Lo que comentaba Soto Ivars, en cambio, hizo que me saltaran las alarmas. Ahí ya me di cuenta de que había algo que no me olía bien. Contaba el columnista de ABC en uno de sus vídeos de YouTube que Uclés había escrito para Infolibre un artículo contra Mario Vargas Llosa en el que lo alababa como escritor, pero lo denostaba por su ideología, llegando a afirmar que por este motivo no volvería a comprar sus libros y —no contento con eso— animando a que la gente hiciera lo mismo. Aquí la cosa me olió a chamusquina. Danger, danger, sonaba en mi cabeza.
Pero no quedó ahí la cosa. Soto Ivars comentó que cuando el novelista quedó nominado en el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, corrió como alma que lleva al diablo para que borraran ese artículo. Su ética, de repente, se convertía en un obstáculo para sus ambiciones personales. Que uno es progre, pero no tonto, se diría.
Esto era, entre otras cosas, lo que sabía de él. Pero todo esto lo pasé, de alguna manera, por alto. Primero, porque no me gusta el linchamiento que sufre en redes, con insultos directos y por parte de gentes de cataduras morales aborrecibles. Y segundo, porque no me gusta condenar a nadie. El ser humano, salvo casos muy excepcionales, es un compuesto de blancos y de negros que da como resultado una suerte de masa gris. Un gris más clarito o más oscuro, sí; pero gris.
Pero parece que Uclés no es de los míos. Y por eso me da miedo. Lo demostró hace pocos días cuando, a tan solo una semana del evento, decidió apartarse del ciclo “Letras en Sevilla”, que vienen organizando Jesús Vigorra y Arturo Pérez-Reverte desde hace diez años. Y es cierto que tiene todo el derecho a declinar una oferta, por supuesto; pero el motivo por el que decidió echarse atrás es lo que me rechina, lo que hace que me salten las alarmas.
Y es que se apartó porque a ese congreso habían sido invitados José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros. Y él, claro, no podía mancharse. Él no podía ver su nombre junto a dos perfectas representaciones, tamaño señoro, del Mal. Me pregunto si hubiese declinado la oferta de haber estado Otegi de invitado. Bueno, es un decir: todos sabemos la respuesta.
Pero no quedó ahí la cosa: su decisión provocó una reacción en cadena que terminó con que muchos de los ponentes invitados al evento, que en un principio no parecieron contrariados por el elenco que iba a componer las jornadas sevillanas, rechazaran participar. A partir de aquí, y tras amenazas de grupos no demasiado moderados que prometían reventar el acto, “Letras en Sevilla” se canceló.
Y David Uclés escribió un post en Facebook celebrándolo.
Señalaba que esta cancelación era una victoria, “porque parece que no estamos tan dormidos y nos atrevemos a señalar mensajes que blanquean el fascismo y el franquismo, por mucho poder que tenga el organizador.”.
Se refiere, por supuesto, a mensajes que supone, porque no se ha producido el evento; no tiene ni la más remota idea de lo que van a decir los demás. Esto es propio de las personalidades totalitarias, propio de los Torquemadas que circulan por ahí con camisa y vaqueros o con boina y chamarra: no hace falta que hables; si no vas a decir palabra por palabra lo que yo digo, a la hoguera. O el equivalente posmoderno: cancelado.
Una postura que me aterra porque es totalmente antidemocrática. Porque creer en la democracia es entender que hay gente que no piensa como tú. Y no solo eso: es, además, creer que tienen derecho a expresarlo libremente. No querer asistir por miedo a que, mágicamente, acabes manchado, te desacredita. Pero esto es lo de menos: te desacredita sobre todo que celebres que un evento se cancele porque en él se va a debatir con libertad y van a expresarse ideas con las que no estás de acuerdo. Si te repugna José María Aznar o Espinosa de los Monteros, vas y los confrontas. Tan sencillo. Pero veo a mucha gente apoyando a Uclés y normalizando aquello tan manido de “no dar voz”.
Esta obsesión por callar a quienes no piensan como uno contrasta radicalmente con nuestra Constitución, ese papelucho que hoy resulta, para unos y para otros, algo de lo más radical. Ser constitucionalista es el nuevo punk. En nuestra carta magna, en cambio, la obsesión es otra. Una obsesión léxica, y por ello ética, por los términos: “democracia”, “libertad de expresión” y “pluralismo”. Términos hermanos, términos sinónimos. Porque la clave de la democracia es la palabra, no el silencio. Lo del silencio, David, ya sabes de quién es propio. Y nuestros abuelos lo sabían todavía mejor.
