Estamos en primavera y, por lo tanto, aquí en Andalucía, época de ferias. Aunque el origen de esta festividad tuvo lugar en la Edad Media y en la provincia de Sevilla, hoy en día en casi todas las capitales andaluzas se lleva a cabo esta tradición impulsada por Alfonso X el Sabio, que allá por el año 1254 permitió que se celebraran en la capital andaluza dos ferias anuales. En ellas, de modo muy distinto a como ocurre ahora, se intercambiaban mercancías y se llevaban acuerdos comerciales, así como la venta de productos por parte de los mercaderes.
Fue mucho después cuando un vasco y un catalán (¿curioso, ¿eh?) asentados en Sevilla y que desempeñaban la función de concejales, ponen la propuesta sobre la mesa en el ayuntamiento; en abril de 1847 se recupera una de las dos ferias anuales de la provincia, que en este caso tenía un enfoque comercial centrado en la compra y venta de ganados. El regreso de este evento tuvo tal acogida que comenzó a celebrarse año tras año; se incorporaron casetas familiares, música, atracciones, bailes tradicionales como las sevillanas, dejando de ser un evento puramente comercial a un evento social y que algunos (aunque no estoy totalmente de acuerdo) también califican como cultural.
Es cierto que las costumbres y tradiciones forman parte de la cultura de la sociedad, pero en mi opinión, las ferias, y sobre todo las de las grandes capitales de provincia, por desgracia, y al igual que ocurre con otras muchas tradiciones, se han convertido en un negocio más; un acontecimiento clasista donde los más pudientes disfrutan y la clase media o baja debe ahorrar todo el año si quiere formar parte de ella o disfrutarla. Desde la ropa hasta el poder disfrutar en las atracciones o pasar el día en una caseta requiere un importante desembolso económico: pagar casi 500 euros por poder acceder a una caseta, cinco euros para tener derecho a montarse en una atracción durante dos minutos, más de doscientos euros en un traje de flamenca y de chaqueta para los caballeros, más un largo etc. Hace que las clases menos pudientes y trabajadores en los últimos años se planteen el elegir hacerse una escapada o pequeño viaje en vez de acudir a la feria. Si tienes hijos a tu cargo, lo que puedes llegar a gastar en un día puede llegar a convertirse en insostenible. Esto no ocurre únicamente en las ferias de Sevilla o Jerez; el coste sigue siendo demasiado elevado para una familia trabajadora incluso en pequeñas localidades y pueblos. Irse de camping o a la sierra esos días se está convirtiendo extrañamente en un método de ahorro ante la celebración de estos acontecimientos.
Confieso que, viviendo en una localidad pequeña y sobre todo en los últimos años, me he convertido desde la distancia en una observadora que no deja de pensar que, a menos que a esta tradición se le dé una perspectiva distinta y el apoyo necesario por las instituciones, acabará desapareciendo. Grandes ferias permanecerán porque generan una economía importante, pero en pequeños pueblos terminarán extinguiéndose debido a la falta de interés e inversión; en mi pueblo, cuando yo era pequeña, la feria era visitada por personas de localidades vecinas debido al interés que despertaba y el gran ambiente que se creaba. Ahora, aunque estamos situados en un lugar totalmente accesible desde toda la bahía, la pobre inversión e interés por recuperar esta tradición hace que todo se reduzca a comidas de empresa en la misma y a botellones por parte de los más jóvenes. Los campings cercanos y casas rurales con piscina están llenos de puertorrealeños en la semana de junio en que se celebra.
Cuando era joven, mi aliciente junto con el de mis amigas para visitar la feria era el estar juntas en un entorno diferente, pero exceptuando que por aquel entonces los precios eran más bajos, el recinto ferial de mi pueblo no ha cambiado demasiado. Aunque ahora que lo pienso, tal vez sí; cada vez hay menos casetas, los precios son más caros y también el detonante de la edad debe ser importante, porque, tristemente la gente huye de la feria. Ahora la mayoría va a pasear por ella para verla como si fuera una escultura antigua que ya no tiene cabida en ningún sitio y que exponen una vez al año para justificar que sigue existiendo, aunque nadie la vea. O, peor aún, visitan las ferias de otros municipios cuyo atractivo es mayor que el que se celebra en su pueblo.
No me considero muy amante de las ferias y, si en ocasiones participo en ellas, es por socializar y pasar tiempo con familia y amigos, aunque reconozco que disfrutaría más y mejor en cualquier sitio con ellos. No me gusta que abusen de los consumidores y que por comerte un mini mollete de tortilla te cobren cinco euros y sin bebida. Como se suele decir, “si hay que ir, se va por no ser una malaje”. Respeto a quien le guste disfrutar de esta tradición, pero a la vez me da lástima de que estos se conformen con una verbena cutre a la que los gobernantes llaman “feria”. Aplaudo al que busca en otros municipios lo que no tiene en el suyo y a los que prefieren gastar su dinero en algo que merezca más la pena. Creo que mi pueblo no es una excepción a la hora de no motivar ni incentivar que las costumbres y tradiciones vayan en auge, y aunque hablo de mi experiencia personal. Mi opinión se generaliza para todos los municipios y pueblos que dan una patada a sus costumbres, tradiciones y cultura. Si en los ochenta las tradiciones y costumbres estaban más vivas que nunca, ¿por qué no ahora? Querer es poder e igual algún lector considera que este tema no es tan importante como para escribir una columna sobre él. Todo es significativo; el ser humano es un ser sociable y las costumbres y tradiciones no solo activan la economía, sino que ayudan a preservar la identidad cultural, a mantener viva la historia, fomentan la unidad, transmiten valores y proporcionan la tan necesaria estabilidad emocional. Y como afirmó el más que conocido J.R.R. Tolkien: “No desprecies las tradiciones que nos llegan de antaño; ocurre a menudo que las viejas guardan en la memoria cosas que los sabios de otro tiempo necesitaban saber.”
