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Este diario demostró la autonomía que concede a sus columnistas, así como que el periodismo ejercido con responsabilidad y sin cortapisas aún es posible.

Me va a permitir, querido lector, que cometa un pecado de soberbia. Le ruego que conceda de antemano a quien no cree en tales vicios —ni mucho menos en su capitalidad— potestad de contrición. Permítame hablarle de mi oficio. “Desde el año 2006 el semanario británico The Economist —uno de los referentes periodísticos contemporáneos— viene realizando un ranking del nivel de democracia (Democracy Index) presente en 165 estados miembros de las Naciones Unidas…”. Con estas frases comenzaba, hace ahora un año, una gran aventura. Estas fueron las primeras palabras que esta casa, lavozdelsur.es, tuvo a bien publicarme. Más de una cincuentena de artículos se ha fraguado negro sobre blanco desde entonces. Si aquella era “una prueba de libertad” con la que quien les habla pretendía testar el grado de independencia de este reciente medio de comunicación, la presente es una misiva de gratitud. Dicha tentativa, la de hace un año, fue librada con éxito. Este diario demostró la autonomía que concede a sus columnistas, así como que el periodismo ejercido con responsabilidad y sin cortapisas aún es posible. Tinta sin censuras, tinta del Sur.

En 1976, la película estadounidense Network. Un mundo implacable nos obsequiaba con una escena mítica para todos aquellos que amamos el periodismo libre. El veterano actor Ned Beatty interpretaba al presidente de la compañía propietaria de la cadena de televisión para la que trabajaba el periodista Howard Beale (Peter Finch). El magnate, convertido en pantocrátor moderno, explicaba a su subordinado la temeridad suicida de criticar al verdadero poder: el económico. “¡Usted, señor Beale, se ha entrometido con las fuerzas primarias de la naturaleza… y eso no se lo tolero!”, sentencia mientras lo increpa entre gritos atronadores. Los jóvenes plumillas nos quedamos a cuadros en los tiernos años universitarios ante este bofetón de cosmología corporativa. Con ese temor y con la desesperanza que poco a poco van alimentando los años de oficio, me enfrenté en aquel abril de 2015 a la incertidumbre. El desenlace fue feliz. Había encontrado algo parecido al oasis que ansía el caminante en la sabana.

A partir de ese viernes —ya siempre viernes— fue posible, paradojas de la vida, recorrer el primer domingo de mayo, golpear la cacerola y padecer el espanto, abonarse al club de los niños tardíos o denunciar esa vida que nos vive a nosotros en unas redes poco sociales. Pude criticar al sustantivo furtivo y sus políticos sujetos, rememorar el ayer que se rompe, recordar el embarque adolescente al buque de los sueños, disertar sobre almas y cuerpos, recalar en el país de gratis o comenzar la partida playera con la ficha del seis doble. Deseamos larga vida al arte y nos descubrimos cansadas. Cansadas. Homenajeamos a Ana —que ya nunca dejará de ser Lola—, nos estremeció la muerte de los hombres infames, depositamos el arma en la palabra y cantamos al amor romántico y a su esencia, que reside en el otro yo. Vivimos juntos un febrero largo en el que brilló junto al blanco un verde Omeya, cogimos nuestra papeleta de sitio para asistir a la boda de William Holden y supimos que lo que no podía ser además era imposible. Esas y otras historias hemos compartido ya. Esos y otros sueños de grafía propia.

“Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz…” así lo escribió Luis Cernuda en el poema de amor más bello jamás escrito. Si el periodista pudiera decir lo que ama, su grito sería un clamor: ama lo cierto, ama la vida, ama a los que leen, ama a los que informa. “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”. Eso es este oficio. Sirvan estos magistrales versos del genio sevillano para comprometerme con usted, lector al que amo a través de mis letras, a continuar visitándolo cada viernes. Le prometo seguir llamando a su puerta con la libertad que este rincón me ofrece, sin censuras y repleta, eso sí, de enormes incógnitas mínimas. En ello confío y espero que me acompañen… un año más.

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