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Siempre regreso a París. A sus últimas noches de estraperlo y faro de acero; a las madrugadas en Saint-Michel y sus transfusiones de manzanilla a seis euros con su respectivo beso de carmín caro; a sus bocas de metro que tanto te hacen sentir una rata como un viajero al futuro incierto; a sus tardes de bandoneón argentino y de actores pobres de siete acentos nobles; a la sonrisa enigmática de la joven que todos aman y detestan a la vez. Regreso a los pies de aquella chimenea sin carbón que quemar en el barrio judío; vuelvo a esconderme bajo las patas de aquel cheval noir de una estrella fugaz, con derecho a café americano y croissant, donde uno se hace un diablo; a ese Notre Dame de mil inviernos en aquel dos de diciembre de hace seis furtivos años...

Invariablemente termino regresando a sus días sin días; a los ruidosos callejones de platos y corazones rotos; a sus áticos de Nation donde ir al baño sin cerrar la puerta es una grave falta de pasión; a aquel bullicioso Chateaux d'Eau donde Eva le dijo que la amaba por encima de nosotros y del bien; a la violencia compulsiva de sus camareros franceses y a la tristeza, tintada de Lautrec, de los serviles españoles; a mis paseos por el Sena tras la ansiada primavera con Billie Holiday y su April in Paris... Vuelvo a subir a su funicular de hierro aquellos días donde mi alma dice basta y a devorar cada escalón del Sagrado Corazón durante ese breve instante en el que creo que tengo mi vida entera sobre la palma de la mano.

Regreso a Bataclan y a aquella noche de jazz negro extinto cada vez que dejo de creer en los músicos; vuelvo a llamar a la habitación 202 de aquel hotel en Lumière para que, de una vez por todas, me devuelva la Luz y mis billetes de ida; a su Panteón de los Hombres Ilustres para recordar que la próxima revolución será la de las mujeres. Siempre acabo en París, sumando un París tras otro, en la misma mesa de siempre, con el mismo silencio de siempre y entregado al soporífero vino rojo templado que no calma los ánimos; a sus libros de agua dulce sin libreros y gatos negros sin dientes; a aquella madrugada en la que los huesos de las tumbas del cementerio de Pére Lachaise se mofaban de mí...

Pero siempre termino retornando a París..., una ciudad que, henchida de libertad, acaba perdonándolo todo.

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