Once años de aquel Once

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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Hace una semana se cumplían once años del salvaje atentado terrorista de Al Qaeda en Madrid. Once años hace desde que desayunábamos frente al televisor, asistiendo al mayor atentado de la historia de España, no solo en cuanto a número de víctimas mortales sino en lo referente a la percepción de pánico e indefensión de la población en general. Y desde entonces muchas cosas han cambiado.

Hemos tenido dos nuevos presidentes de gobierno, de dos partidos diferentes, y hemos visto caer a líderes políticos mundiales de todo signo, creencia y condición. Algunos de manera natural (jubilaciones, defunciones, enfermedad) y otros por revueltas populares… o votos en las urnas. Hemos presenciado el relevo en la Casa Real; y hemos sido testigos, nada menos que de tres papados diferentes: los de Juan Pablo II, Benedicto VI y Francisco. Asistimos al nacimiento de nuevas formas de comunicación, sepultando Messenger para encumbrar a WhatsApp, a Twitter, Tuenti o a Facebook (ya del SMS y el correo postal, ni hablamos).

Presenciamos el nacimiento de nuevas naciones (Montenegro, Kosovo y Sudán del Sur), y la desmembración de otras, como está sucediendo en este mismo momento en Ucrania, Siria, o la propia Irak, aunque los noticiarios se hayan propuesto mantenernos al margen de lo que está pasando, quizás “porque nos pilla lejos”… o tal vez sea prioritario no mostrar al mundo en qué lugar nos estamos desangrando y dónde puede comenzar una Tercera Guerra Mundial. Ojos que no ven, corazón que no siente…

Hemos visto, estupefactos, a viejos “enemigos” del Occidente bajo el paraguas yankee (China, Cuba, Irán…) convertirse por arte de birlibirloque en nuevos aliados de indudable confianza. La NASA ha llegado a Marte en un par de misiones especiales, y el hombre empieza a coquetear con la idea de empezar a colonizar el espacio exterior… se ve que no tenemos suficiente con destrozar nuestro planeta.

Pero si echamos la vista atrás 11 años, si recordamos aquellos amasijos de hierro, carne y sangre de Atocha, habiendo sido espoleados por la rabia de ser agredidos en nuestra propia casa, en la intimidad de nuestro salón, muchos se las prometían felices y juraban venganza como si aquel atentado fuera un ejercicio (forzado, eso sí) de catarsis social, que nos dispusiera a empujar a todos del mismo carro y en la misma dirección. Algunos lo plantearon de aquella manera, y juraron que los culpables lo pagarían caro, que no volvería a suceder. Jamás. Que una vez atrapados y condenados los Sadam Hussein y Osama Bin Laden, se acabaría la amenaza terrorista para Occidente.

¿Y saben una cosa? Los atraparon. ¿Y saben algo más? Los ejecutaron.

Y no solamente no han conseguido acabar con esa amenaza sino que la situación es todavía peor. El Estado Islámico extiende sus tentáculos por Oriente Medio, ciudadanos europeos se alistan sin dudar bajo la bandera del radicalismo islamista y los terroristas que antes se ocultaban tras comunicados timoratos, escondidos al abrigo de cuevas afganas, ahora hacen un despliegue digno de películas de Hollywood para ejecutar “infieles” frente a las cámaras sin ningún pudor… sin miedo a ser capturados. Con la arrogancia de quien se siente intocable.

Campan a sus anchas por París tiroteando periodistas, o ponen bombas en los USA al paso de la maratón de Boston, o en el Metro de Londres… han traído su guerra a nuestro jardín, ese que nunca, jamás de los jamases, serían capaces de pisar.

Porque, claro, todo se debía única y exclusivamente a la locura de un par de señores y, muerto el perro, se acabaría la rabia.

Esos iluminados, sesudos analistas políticos de los distintos gabinetes gubernamentales que vaticinaron el fin de la violencia terrorista con la caída de aquellos líderes… ¿bajo qué piedra se esconden ahora?

Lo triste es que aquellas víctimas (las de Atocha, el Pozo del Tío Raimundo y Santa Eugenia), 192 almas inocentes ajenas a las componendas políticas de unos, otros y los de más allá,  no están aquí para poder pedir explicaciones. Es a nosotros, a los vivos, a los que nos corresponde “dar la colleja” a quien la merezca y con los instrumentos democráticos que están a nuestra disposición. Ni más, ni menos.

Lástima que a veces, esos instrumentos estén viciados “de fábrica” y no permitan avanzar más allá de lo que decidan tres o cuatro, que al fin y al cabo, son los que realmente mandan y deciden nuestro destino.

Ya ven… Democracia, dicen.

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