Gustavo Adolfo Bécquer.
Gustavo Adolfo Bécquer.

Siempre éramos treinta y tantos en el aula. Eso hacía que mi apellido no tuviera problemas para rondar el ecuador dentro de la lista de alumnos aunque lo más curioso es que así me veía yo: ni frío ni calor. Un muchacho que podía despuntar en Historias y Gramáticas para terminar rodando, cuesta abajo, en logaritmos y moléculas. Nada fuera de lo común. Sencillamente era como la gran mayoría, otro más en la manada, pero muy diferente de aquellos que la naturaleza los había diseñado para madurar antes. Estos velludos eran ni más ni menos que Los Inalcanzables o en el caso de las chicas.., Las Imposibles. Nadie de Los Medianos podíamos llegar hasta ellas. Todo por la salvación de la especie se leía en los libros verdes. Y el del voleibol o el de la risa Profidén no tenían ni que salir a la pizarra para demostrar sus dotes. Sus presencias bastaban para colocarlos en la cúspide de la cadena alimenticia. Y el resto en vez de sacar la cabeza respondiendo las preguntas del profesor apostábamos por seguir acobardados e inertes en nuestras mesas. La teoría del miedo a despuntar podría llamarse. Teoría aún defendida con uñas y dientes por los que dictan los cocientes previstos y por los propios Inalcanzables. Más dura será tu caída si consigues llegar a lo más alto.

Pero había algo que no nos podían arrebatar y era el día de los enamorados; el día en el que hasta los más humildes teníamos nuestro momento. Ese día -el catorce si cuadraba con el calendario escolar aunque podía tocar el dichoso trece- era el elegido para repartir las cartas de amor que semanas antes se habían escrito entre verbos irregulares y polígonos perfectos. Cartas en la que nos prometíamos amor eterno hasta finales de junio o en el caso de los suspendidos hasta mediados de septiembre.

Durante ese día todo podía ser posible. Porque quién conoce de nuestros amores futuros. Lo que sí sabíamos unos pocos es que también solía ser una jornada bastante cruelHabía estudiantes que de forma crónica no recibían su dosis necesaria de amor: eran los olvidados.

De ser director -pensaba por aquel entonces- no me importaría escribir, con mis propias manos si hiciese falta, cartas a estos olvidos. Tan sencillo como un Rubén.., no sabes quién soy pero te pienso / Sólo espero el momento para decirte lo que siento por ti. Te quiero Laura / Felipe.., eres mi tormenta perfecta.

El director -me venía a la cabeza- únicamente tiene que tener cuidado de no ser demasiado profundo. Los alumnos podrían darse cuenta. Bueno.., siempre puede recurrir a Becquer.

En mi caso, podía sentirme afortunado. Cada año tenía letras y versos para mí. Ni Napoleón con sus cañones derrumbaron las murallas de mi corazón. Sólo tú. Y la carretera Arcos, ese día, me la hacía como el que va del salón al cuarto de baño. Volaba con los versos de mi amante oculto. No me enteraba de la lluvia ni de los bochornos del segundo mes del año. Y si ya me dejaba llevar más de lo que me tenía permitido fantaseaba con la absurda idea de que ella, La Imposible de la primera fila, había sido la autora de esas palabras. Ni Napoleón con sus cañones. Su letra era precisa y clara.

Me costaba imaginarlo pero a veces podía adivinarla en su cuarto leyendo mis líneas; acertando que era yo, el niño de los jerséis rojos pegado a la tercera ventana de la clase, el que se había lanzado a escribirle tanto amor.

Pero tanto amor para siempre nada. Para otro curso de rodeos y miradas furtivas sin el premio de unos besos. Por qué no le dije en la carta que era yo me quejaba alguna que otra vez en los aburrimientos de principios de septiembre. Bueno.., este año será me consolaba. Mientras tanto, y yo sin saberlo, en el claustro de profesores se rifaba quién iba a ser el encargado de escribir las cartas de amor de ese nuevo año que se anunciaba.

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