Ya conocemos sobradamente las dificultades para vivir en el medio rural, que han provocado y siguen haciéndolo, el paulatino despoblamiento de muchos territorios. Y también estamos saturados de la visión bucólica o turística de quienes se acercan a los pueblos para descansar, huyendo de los inconvenientes de la vida en las ciudades, pero que no viven el medio rural.
Los que sí se quedan a vivir, los que periódicamente vuelven a la casa familiar, y los que escogen vivir en el pueblo, bien tras la jubilación, o bien porque encuentran trabajo en el entorno y el acceso a la vivienda es más asequible, tienen a su alcance unas riquezas naturales que no suelen conocer suficientemente y que pueden enriquecer su vida y permitirles disfrutar mucho. Conocer lo que tiene a su alcance en cualquier paseo y cómo cambia con las estaciones, proporciona un gran valor estético, intelectual y satisfacción.
Tenemos paisaje para contemplar, para apreciar la belleza de los bosques, las luces maravillosas filtrándose a través de las copas de los árboles en otoño, cuando sus hojas se van dorando. Las nieblas que cubren los valles al amanecer, como mares que se acercan y se alejan, los atardeceres poderosos, los cielos estrellados. Las tormentas, la nieve, las infinitas formas de los cristales de hielo que se forman sobre las plantas en invierno. Tantas cosas que deleitan nuestro espíritu con tan solo estar allí y mirar.
Además, hay vida animal, más esquiva a nuestros ojos. Podemos escuchar el cantar de los pajarillos y a veces también verlos fugazmente. Y podemos aprender a reconocer su canto e identificarlos de ese modo. No es tarea fácil para la mayoría, pero hoy disponemos de aplicaciones para el móvil que identifican muy bien la procedencia de cada canto. Sentarse en un prado, escuchar y saber quiénes revolotean por los alrededores me resulta una experiencia muy gratificante. Abejaruco, pinzón, mosquitero, carbonero, agateador, paloma torcaz… van siendo identificados en el prado de Zabárrula en unos minutos. Y trato de verlos, de seguir sus movimientos, de intuir los mensajes de sus comunicaciones. No necesito nada más en ese momento de plenitud.
Encontrar a los animalillos de cuatro patas no resulta tan sencillo porque nos evitan y suelen ser silenciosos. Aprender a reconocer las huellas y restos que dejan nos ayudará a saber quién anda por nuestros caminos, pero para verlos hay que armarse de paciencia y conocer bien sus hábitos.
Las plantas no suelen moverse ni esconderse. Están siempre ahí con las vestimentas que cada estación les permite. Podemos seguir su evolución, desde la brotación, la floración, recolectar sus frutos y verlas recogerse para pasar el invierno. Pero son tantas y algunas tan parecidas que nos resulta muy difícil conocerlas.
El conocimiento botánico es complejo y los estudios suelen quedarse en el dominio académico, fuera del alcance de la mayoría de nuestros vecinos. Y las guías publicadas son muy genéricas y poco útiles para ayudar en un paseo cualquiera. Por eso he querido acercar el conocimiento de la flora de mi tierra más cercana, el valle alto del Oja, en La Rioja, a mis paisanos, facilitando una amplia colección de plantas allí identificadas y asociándolas a las ubicaciones donde se han encontrado.
A través del móvil se puede conocer qué plantas se hallan en el entorno inmediato, y el aspecto que tienen. También se puede conocer en qué puntos se ha encontrado determinada especie, buscando por nombre común, o científico para quien lo conozca. Y cuáles son las especies próximas, de la misma familia o género. La aplicación web vallealtooja.es incorpora más de 9.000 registros de 800 especies, la información georreferenciada disponible hasta el momento.
El Ayuntamiento de Ojacastro la ha incorporado a la sección Naturaleza de su web y está al alcance de cualquier usuario interesado. Espero que ayude a mis vecinos a conocer mejor la vegetación que les rodea y a disfrutar más en sus paseos por el campo.


