El octavo pecado capital
El octavo pecado capital

Es bien sabido que desde siglos insospechados son siete los pecados capitales que atañen a la sociedad. De hecho, la película Seven, dirigida por un soberbio David Fincher, ya hacía una sublime alusión a ello. No obstante, los cambios se suceden, víctimas de un tiempo que avanza desenfrenadamente. Cuando hace décadas pensábamos que el populacho estaba tocando fondo, ahora, en el esperado siglo XXI, nos damos cuenta de que la sociedad está más podrida que nunca. Un hedor nauseabundo se apodera de las entrañas de la especie humana, mientras un color corrosivo le caracteriza.

Sin más rodeos, me dirijo sutilmente al quid de la cuestión, remitiéndome a destacar únicamente uno de ellos, pues no será por falta de pecados. Ya, Dmitri Mendeléyev, creador de la tabla periódica de los elementos, estaría en un sinvivir al descubrir que hay más pecados que elementos en su tabla. Y es que la sociedad vive de retos, y para retos el “ver quien llega primero a la cúspide de la hipocresía”. Y este es el octavo pecado capital, o como ustedes deseen llamarlo. 

Entrando en contexto, hace escasos días, se montó una pelotera motivada por las famosas comidas navideñas de empresa, en especial la de un grupo de sanitarios del Hospital Carlos Haya de Málaga, cuya cifra de contagios alcanza ya los setenta. Los superhéroes de la pandemia, que han estado en las trincheras este último año y medio, sudando la gota gorda durante más de 24 horas seguidas de turno, que han sacado toda su artillería para desvivirse por la sociedad, que han cargado las metralletas contra la Covid19, que han estado expuestos a su propio contagio y al de sus familiares… Ahora, por decisión de unos y borreguismo de otros, contagiados por una comida. Hace relativamente poco, pueblos completos salían a las terrazas para aplaudir sus hazañas. Ahora, los lapidan y les clavan comentarios, a modo de puñaladas, por algo que, aquellos que los juzgan –que no son pocos, según algunas alusiones vistas en redes sociales– , hacen constantemente: infringir las normas sanitarias y de seguridad. ¡Hipócritas!

Desde tiempos pretéritos, probablemente estemos viviendo en la era más hipócrita de la historia, y es que cambiamos las figuras negras por las blancas en el ajedrez en una milésima de segundo, nos posicionamos en un equipo o en otro cuando nos viene en gana, en una opinión o en otra si el rebaño tira para un lado u otro. Sin la más nimiedad de sentido común, hablando y actuando como víboras hambrientas de jarana, como moscas alrededor de la mierda. O sino que se lo pregunten a las centenares de personas que han visitado estos días la famosa calle Larios de Málaga. Borregos detrás de unas luces, que ponen en el blanco a este grupo de sanitarios por contagiarse. Como si ellos no buscasen con vehemencia ser víctimas directas de la pandemia.
Definitivamente, se puede argumentar de muchos modos, se puede decir de cualquier forma, pero si hay que denominarlo de una manera, llamémoslo hipocresía. 
 

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