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Si por fortuna el difunto no es demasiado allegado, puedes observar el percal con ínfulas de estudio sociológico.

Como proclama estos días cierta publicidad de cafés solubles, vivimos demasiado obsesionados con cumplir el protocolo. Estresados e irascibles correteamos por una jungla de hormigón y pladur que ni siquiera nos detenemos a contemplar un segundo. Conocemos de forma inmejorable el casquillo fundido en la lámpara roja del semáforo de turno pero poco o nada sabemos del friso medio quebrado de la iglesia del XVII que se encuentra a su espalda. Nuestra mirada no se eleva por encima del semáforo. Y así nos va. La aceleración constante nos coloca frente a una versión tan absurda de nosotros mismos que no somos capaces de responder ni al por qué de nuestra prisa. Como el conejo de Alicia. No es exclusivo de la velocidad vital diaria; también carecen de razón otros muchos de nuestros procederes. Como si fuéramos damas amamantadas por el franquismo que rehúsan la mano del amado por miedo a lo que este pensaría de ellas si la estrecharan tanto como desean, nos comportamos conforme a la norma. Y así nos va.

Lo hacemos en lo íntimo pero con más fuerza en cualquier contexto social. Un tanatorio no es un buen lugar para casi nada, aunque sí para cerciorarse de nuestras tendencias a la emulación sin sentido. Las salas numeradas —donde todo parece estar alarmantemente igual de etiquetado— se hallan repletas de familiares, conocidos, consortes y adláteres de todo corte que deambulan de un lado para otro con las manos a la espalda y el gesto ausente. Las agujas del reloj parecen moverse muy despacio en tales trances, pese a que, valga la paradoja, el panorama nos deja bien a las claras el paso del tiempo. Todo el mundo se encuentra de pronto preocupado por alimentar a otros, por bajar a la cafetería y hacerse con unos cuantos sándwiches de la casa antes de la hora de cierre. Y eso que en estos sitios han pensado en todo. Tan pronto como tu familiar pasa a mejor vida, debes rellenar un formulario color sepia indicando qué harás con sus restos, qué tipo de urna coqueta o señorial prefieres, a qué hora deseas el refrigerio en la sala e incluso cuántos tickets de aparcamiento necesitas para el cortejo variado de plañideros, entre los que te hallarás tú mismo. Da gusto que tanta organización pueda mitigar el dolor y fundirse con la estupefacción, la falta de sueño y las medias noches con jamón.

Si por fortuna el difunto no es demasiado allegado, puedes observar el percal con ínfulas de estudio sociológico. Es posible comprobar cómo, con una cadencia de dos minutos exactos, alguno de los presentes dirige su mirada al cónyuge o al hijo del homenajeado mientras ladea la cabeza y sonríe lastimero. Es el modo estándar de mostrar aflicción. No es que nos preguntemos en qué puede eso reconfortar al doliente, sino que hemos aprendido que es lo correcto copiando sin más a nuestros padres. Las miradas compasivas, los paseos sin rumbo, los sándwiches club, y las horas y horas en sofás de falsa piel se alternan con los entremeses en los que el pariente consorte más dicharachero se arranca con unos cuantos chistes de oficina y alguna que otra anécdota protagonizada por el muerto. Durante todas esas horas, asistimos al desfile de vecinos, conocidos y pseudofamilia lejana que acuden no se sabe muy bien por qué. Simplemente, tienen que hacerlo. O eso les han dicho.

Sería interesante saborear en algún momento la estimulante experiencia de desobedecer. Colocar el prefijo “des” pero no porque lo diga Nestlé —que nos invita a vivir la vida mientras asfixia a los etíopes con deudas millonarias—, sino porque pensemos en aquello que realmente pueda ayudar a los demás, y a uno mismo, a sentirse más confortados. Más allá del ladeo de cabeza y la mirada condescendiente, más allá de la norma, de la prisa y del estándar. ¿Qué ocurre si un día pensamos en lo que el otro necesita realmente? ¿Qué pasa si nos paramos a leer en qué año colocaron el friso? ¿Por qué no tratar de vivir como Nestlé nos ha enseñado?

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