El milagro universitario de mi sobrina

Raúl Solís

Periodista, europeísta, andalucista, de Mérida, con clase y el hijo de La Lola. Independiente, que no imparcial.

El milagro universitario de mi sobrina.
El milagro universitario de mi sobrina.

Llevo toda la mañana llorando. Un mensaje de Whatsaap de mi sobrina tiene la culpa. “Tito, he aprobado la última asignatura que me quedaba por saber. Ya soy economista”, me ha espetado. Ha sido leerlo y romper a llorar de la emoción. Me ha pasado la historia de tres generaciones de mi familia por delante. Mi sobrina es la hija de un hombre que se quedó sin madre con diez años en un pueblo a pocos kilómetros de Mérida. A esa edad, el chiquillo se puso a cuidar ovejas para ayudar en la economía de una familia de cuatro hermanos y un padre que tuvo que sacar adelante a su familia solo y con trabajos precarios en el campo. Nadie que no sea de un pueblo del interior de Extremadura o Andalucía puede entender lo que significa precario en el campo.

El padre de mi sobrina, que actualmente tiene 51 años, abandonó la escuela con once años. No hablo de los tiempos de posguerra, sino de la década de los 80. Su madre, mi hermana, abandonó la escuela en octavo y la pusieron a hacer camas y cuidar a sus hermanos menores, entre los que me encontraba yo. Algún curso de peluquería, estética y de corte y confección fue lo más alto que llegó.

De los cuatro abuelos de mi sobrina, tres de ellos eran o son totalmente analfabetos. No saben leer ni escribir. El único que sabe medio defenderse es mi padre, su abuelo, quien se ha ganado la vida cuidando vacas, cochinos y cultivando hortalizas una huerta que luego vendía en el mercado mi Lola, mi madre, la abuela de mi sobrina. Mi Lola no sabe leer ni escribir porque también se quedó sin padre con nueve años y se tuvo que poner a servir en casa de los señoritos de mi pueblo. Cuando mi madre recibía las cartas del banco, del ayuntamiento para pagar la contribución o de Hacienda me sentaba a su vera para que se las leyera. Las que eran importantes, las marcaba con un bolígrafo rojo; las que no, con bolígrafo azul. Cada año acumulaba bolsas llenas de cartas que no se atrevía a tirar por miedo a que estuviera equivocada. Al final de mes, me daba una bolsa llenas de carta y hacíamos la división. Sin leer ella ya barruntaba cuál era importante y cuál era papeleo.

Crecer sin saber leer y escribir es crecer pensando que cualquiera te puede engañar, que no sirves para nada y que te mereces cobrar poco, que te exploten vilmente y te falten el respeto. Incluso que no eres digno de ser respetado. “Estudia, hijo, para que puedas mirar a los ojos a los señoritos”, me decía mi abuela cuando estudiaba. “Estudia, hija, que no te engañe nadie”, le dice mi madre a mi sobrina, la que esta mañana me ha regalado una de esas noticias que suenan a milagros en las familias en las que ir a la universidad siempre era lo que le pasaba a otra gente con más fortuna y mejores cunas.

La nieta de mi Lola, mi sobrina, ya es economista, a pesar de que su madre trabaja de frutera en una humilde tienda de 20 metros cuadrados, a pesar de que su padre es un humilde obrero, a pesar de que tres de sus abuelos nunca aprendieron a leer y escribir, a pesar de que seis de sus siete titos nunca superaron la educación básica y a pesar de que ninguna mujer de su genealogía familiar había conseguido antes cruzar la puerta de la universidad.

Ya sé que tener título universitario no es garantía de nada y que hay mucho analfabeto funcional con título universitario, pero yo me acuerdo del mantra de mi madre: “Estudia, para que no te engañen”

A los que crecimos con el fracaso escolar en los talones; a los que nunca nos permitimos soñar con ir a la universidad porque eso era algo que sólo le pasaba a las familias acomodadas; a los que nuestros padres y madres no nos podían ayudar a hacer los deberes porque no sabían leer ni escribir; a los que ni siquiera sabíamos qué era darle importancia al estudio porque estudiar siempre fue un artículo de lujo cuando lo urgente era comer y vestir; a los que hemos visto a nuestros hermanos abandonar los estudios en séptimo u octavo de EGB; a los que vivimos con el síndrome del impostor, incluso después de haber logrado cruzar el muro de la universidad porque miles de señales materiales y simbólicas nos recuerdan cada día que ese sitio no es para la gente de nuestro origen, nos parece milagroso que uno de los nuestros rompa el destino de clase y se cuele en la universidad.

Ya sé que tener título universitario no es garantía de nada y que hay mucho analfabeto funcional con título universitario, pero yo me acuerdo del mantra de mi madre: “Estudia, para que no te engañen”. Y el de mi abuela: “Estudia, para que le puedas mirar los ojos a los señoritos”. Me acuerdo de mi historia, de la de mi familia, y sé que a mi sobrina la engañarán menos que a mi madre y menos aún que a mi abuela.

A quienes hemos nacido en cunas humildes, y tenemos una historia familiar dura, llena de esfuerzo y sinsabores, estudiar siempre fue el sueño y el único camino para huir de la pobreza, de la ignorancia, de la explotación y de las condiciones de vida que explican que, cuando estudiaba mi sobrina o yo mismo, mi madre o mi abuela abrieran la puerta de la habitación con sigilo, se asomaran al rincón donde teníamos la mesa de estudio, nos miraran y nos dijeran con solemnidad: “Estudia, hijo, que por lo menos no te engañen”. Han pasado ya unas cuantas horas de la noticia de mi sobrina y sigo llorando. Hay días que los pobres tocamos la utopía con las manos. Mi familia la ha tocado hoy. Por eso los de siempre no quieren pagar impuestos. Ignorantes siempre somos más fáciles de tiranizar.

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