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Y con la tierra hasta el cuello comenzó a temer a los grillos, sabedor de la voracidad que les otorgó la naturaleza; y pensó que aquel primer día de verano sería su último día; y comenzó a llorar para adentro como lloran los peces (...)

Si se hubiera decidido a caminar sobre el trigo recién cortado -en uno de esos impulsos de niño recién plantado en el mundo que tanto le caracterizan- hubiera acabado haciéndose daño en los pies. No ya por las numerosas piedras que había esparcidas por la plantación sino por los miles y miles de puyones dorados que la segadora, a su paso, había levantado creando un ejército de navajas de oro con las hojas de acero abiertas al cielo y las empuñaduras ahogadas en la tierra.

Así que en un acto de coherencia -alejado de toda magia y de él- anduvo por el campo con sus zapatillas de correr prestando atención al sonido que hacían los tallos de trigo al estallar bajo la suelas de sus zapatos. Le pareció estar caminando, al borde de un mar extinto, sobre millones de conchas huecas.

Sin saber porqué tomó rumbo norte hacia una casa encallada en medio de aquel mar amarillo repleto de saltamontes. Podría llevar allí medio siglo.., o al menos eran los años que tenía la higuera que había crecido bajo el marco de su única puerta sin tablones. El hombre pudo apreciar, desde donde estaba, que todavía había restos del naufragio flotando sobre aquel Mar Muerto en verano y medio vivo en Marzo. El techo del cuartichín era de lo poco que seguía agarrado al casco de aquella embarcación de ladrillo y cemento pero estaba tan oxidado y cubierto de hojas que amenazaba con venirse abajo.

No se acercaría más, pensó. Podría ser arrastrado por la corriente si a aquella mole se le ocurriera irse a pique. Es cierto que nada hacía presagiar que ocurriera pero tampoco nadie hubiera podido adivinar lo que sucedió segundos después. En cambio, los gorriones si lo sabían. Por ese motivo abandonaron la cubierta de aquella casa a la deriva que, sin previo aviso, empezó a desenredarse de las raíces de la vieja higuera y de sus propios cimientos.

Tan pronto como lo consiguió empezó a navegar, ayudado por el viento de levante, sobre el llano. Pero no sonaba a velamen golpeado por el aire sino a unos de esos palos de hierro que aúllan cuando el viento se adentra en ellos.

Y convertido el trigo en espuma de mar.., el caminante mutó a náufrago. Y ahogado en terrones secos comenzó a pedir auxilio aunque sabía que era en vano. Nadie lograría escucharlo. Una carretera de un único carril, a un eterno kilómetro de él, era la cala más cercana. Jamás llegaría hasta ella. Nunca había sido un buen nadador y menos en tierra firme.

Y con la tierra hasta el cuello comenzó a temer a los grillos, sabedor de la voracidad que les otorgó la naturaleza; y pensó que aquel primer día de verano sería su último día; y comenzó a llorar para adentro como lloran los peces; y pensó en lo ridículo que sería morir entre los líneos de un sembrado cuando lo que se espera recoger en él son frutos y no las espinas secas de un ahogado.

Moría de pena cuando desde la cubierta de la casa flotante, que había virado hacia él, llegaron los metales de una voz que no paraba de gritar su nombre aunque de nada le serviría. No se veía con fuerzas para hacerse con la palabra. De haber conservado alguna se hubiera agarrado a las patas de un enorme cienpiés que estuvo jugueteando con los dedos de sus manos hasta que el animal se cansó de él.

Justo después sintió acabar. Y antes de hacerlo -por unos pocos segundos- comprendió que la tierra es ley para los muertos y la del aire para los vivos. Así que se impulsó, desde las profundidades, con lo único que tenía en sus adentros y poder sacar sus ojos de las aguas de aquel mar amarillo. Lo suficiente para ver cómo lanzaban una cuerda a pocos metros de él.

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