Una estampa de la Semana Santa de Jerez en el pasado.
Una estampa de la Semana Santa de Jerez en el pasado. MANU GARCÍA

Leo con sumo interés todo lo relacionado con la Semana Santa de este año, y eso pese a que por no ser no soy ni ateo, al entender que el ateísmo tiene demasiados elementos religiosos: el ateísmo y la religión son un poco como el amor y el odio, comparten el mismo filo.

Bajo el nombre genérico de Semana Santa se agrupan múltiples componentes de celebración que van de la religiosidad -por supuesto- a otros como la fiesta, el ocio e incluso directamente la playa para los que pueden permitirse coger unas vacaciones en dichas fechas. Pero este año, igual que ocurrió con el pasado, nos encontramos con que la pandemia viene a trastocarlo todo, desde la celebración de los desfiles procesionales a los desplazamientos meramente turísticos (aunque de ese tema parece que todavía hay comunidades autónomas que no han dicho la última palabra), por lo que todo indica que la cruda realidad del covid va a negar la mayor respecto a las Vacaciones de Semana Santa: ni vacaciones ni santas.

Con este panorama, es digna de elogio la adaptación al medio que están llevando a cabo las hermandades. En Jerez, sin ir más lejos, se ha auspiciado una magna exposición –Cofradías: la huella de tiempo en Jerez- que a buen seguro será un éxito, aunque lógicamente no satisfará en absoluto las expectativas del mundo cofrade, que lo que querría, claro, es simplemente sacar sus pasos a la calle como es costumbre. Pero las inquietudes cofrades no se quedan aquí. Ahí están las veneraciones –en lugar de los imposibles hoy por hoy besamanos y besapiés- o incluso la petición de una noche fantástica (como la calificaría el escritor Stefan Zweig) que viniera a burlar legalmente por unas horas el toque de queda, un remedo de la Madrugada… Son, en definitiva, iniciativas y propuestas que tienen su sentido, aunque en algún caso –el último- sean complicadas de implementar, digamos.

De más difícil calificación parece la propuesta de un grupo de investigadores de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), que abogan por que la Semana Santa de 2021 se retrase tres semanas. Exactas. Lógicamente la idea parte de la hipótesis, en principio bastante razonable, de que tres semanas después la pandemia irá mejor: habrá tres semanas más de vacunados y la curva de incidencia estará, supuestamente, más baja tras tres semanas más de confinamientos, perimetrados, cierres, etc… lo que, en definitiva, haría posible abrir más y mejor todo el país a los desplazamientos y al turismo en general en dichas fechas, desde ahora bautizadas como Semana Santa + 3. Esta propuesta ha obtenido cierto eco en medios nacionales y regionales, pero no tanto, al menos por ahora, entre los cofrades.

Miren, yo ya tenía claro que esto de la pandemia, con sus confinamientos, sus perimetrados, sus cierres y sus etcs no iba a traer nada bueno, que iba a tener consecuencias serias más allá de las orejas de soplillo que se le están poniendo a todo quisqui con las FFP2. Entiendo que aquí ha debido trabajar un equipo multidisciplinar, seguro, que sus conclusiones se incardinan en la decidida apuesta de la universidad española en su conjunto por la I+D+I (investigación + desarrollo + innovación… por si alguien se pierde con la última I) e incluso que parte –la idea- del presupuesto de la Razón como verdad suprema, pero cuenta con un pequeño problema: el Jueves y el Viernes Santo no pueden ser los días 22 y 23 de abril, tal y como se propone desde la UPM… por la sencilla razón de que este año caen el 1 y 2 de abril. Entiendo que a veces desde la universidad y más desde Madrid –Jesús de Medinaceli aparte- la Semana Santa se ve más en clave “a ver si vuelvo morenita” o “puff, una semana aguantando a la familia política”, pero es una festividad que tiene su propia convención: Semana Santa es cuando es, cuando toca según el ciclo lunar. Ahora que, respecto a la propuesta de la UPM, como dicen los periodistas de la tele cuando hablan de cualquier cosa -el teletrabajo, por ejemplo-, siempre se puede decir eso de “ha venido para quedarse”. A partir de ahora, la Semana Santa podría ser siempre la penúltima semana de abril, que es mejor para todos, que lo normal es que haga mejor tiempo (aunque respecto a la lluvia poco más o menos).

Eso sí, creo que la propuesta de UIP debería limarse. No dudo que en la misma haya trabajado un equipo multidisciplinar, como ya he dicho, epítome del gran momento que atraviesa la universidad española, pero creo que se echa en falta un toque humanístico. Sin ir más lejos, esta propuesta obvia conceptos como el de la Pascua Judía y el mes de Nisán -un término hebreo-cofrade que cualquiera conoce en ciudades como Jerez- cuya luna llena es clave para establecer la Semana Santa. Si lo echas para atrás, lo suyo sería buscar algún tipo de concomitancia con el mes de Iyar, que es el que va a continuación en el calendario judío, y si lo dejas en tres semanas, como que nos quedamos cortos. La luna de Iyar… suena bien igual. Ahora, que si mueves la Semana Santa, al menos en Sevilla tienes que mover la Feria de Abril (así que lo de abril, por cierto, se acabó) porque además si desvinculas las fechas de los dos eventos -como hace Jerez con la Feria del Caballo- puede que algún año el traje de gitana vaya por delante de la mantilla. Hay cosas que mejor dejarlas… o que el que quiera o pueda elegir, se coja sus vacaciones de primavera, llamemos a las cosas por su nombre, cuando le parezca.

CODA: Hablando de Semana Santa, la Junta de Andalucía ya le ha dicho al Ayuntamiento de Jerez que de empezar las obras de remodelación del Arroyo después de la Semana Santa de 2022 ni hablar, que va a ser mucho antes, para después del próximo verano. Se ve que la Junta tampoco entiende de razones con la luna de Iyar…

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