Conciertos en acústico.
Conciertos en acústico.

La pasada noche estuve en un conocido garito del centro de Jerez viendo un concierto en semi acústico. Actuaban dos tipos con los que tengo cierta amistad y, bueno, rompiendo alguno de mis escasos preceptos, decidí ir a verlos. Cómo estuvieron es lo de menos, esta no es una crítica musical, la cuestión que se plantea en estas líneas es cómo debe comportarse alguien cuando entra en un bar y se encuentra una de estas actuaciones sin ir ‘ex profeso’ a verla (hablamos de sitos que no programan actuaciones por sistema, claro).

En primer lugar, la cuestión parte del carácter acústico o semiacústico de la cita… si se tratara de un grupo actuando con todos los avíos y un buen volumen este artículo se pararía en este preciso instante, pero no era el caso. Es un hecho que, en acústico (o casi), si te pones en una mesa a tres o cuatro metros del escenario tienes que mantener un mínimo de decoro, aunque la actuación te traiga sin cuidado, y más teniendo en cuenta que el local del que hablamos tiene al menos tres espacios distintos, barra, patio y tabanco (así que muchos ya saben cuál es el local en cuestión), por lo que si tienes la actuación enfrente es porque la has elegido.

Claro, que igual que digo una cosa, puedo defender la contraria, porque ¿y si, pese a todo, lo que me apetece es estar en el patio (que es donde tiene lugar la actuación) y he quedado con varios colegas revoltosos a los que le gusta el reggaeton, el heavy o la música zíngara? ¿Por qué me veo ‘obligado’ a prestar atención o, al menos, hablar bajo o guardar silencio?

Yo soy partidario de que las actuaciones deben avisarse en la puerta (no basta con Facebook). “Hoy, de tal a tal hora, actuación de fulanito y menganito” en un cartel en la entrada de un local no molesta a nadie, al contrario, puede atraer a unos y repeler a otros, pero nadie se va a llamar a engaño. Porque es verdad que, a veces, entrar en un sitio con una actuación ‘a ciegas’ te puede cortar el punto. Aunque sea algo más que digno, puede que tú vayas de otro palo, insisto.

Hace un par de años fui con unos amigos a uno de los pseudo tabancos que han proliferado en la ciudad en los últimos años (aunque parece que ya se ha pasado la fiebre). Eran como las tres y media y, claro, íbamos directamente a comer y llamamos a la camarera. La señora nos dice, de malos modos, que bajásemos el tono, que iba a a empezar una actuación ¡a las tres y media de la tarde en un sitio que sirve comidas! Por supuesto le dijimos que, independientemente de lo que dicta el sentido común a la hora de programar actuaciones, lo mínimo sería poner un cartel en la puerta ‘Hoy, de tres y media a cuatro, actuación de menganito al cante y fulanito al toque’ y que ya cada uno decida qué música prefiere: la de una guitarra o la de sus tripas. Pues ‘pa’ qué andar razonando. Con decir que no he vuelto a ir, el lector se hará una idea.

Otro caso. Hará un mes me vi envuelto en otra parecida, otra actuación en acústico (está claro, me hago mayor) en un bar distinto. Éramos treinta o cuarenta personas, casi todos conocidos, cuando entró un grupo de seis guiris, lógicamente con ganas de cachondeo, del suyo. Claro, a ellos ni les iba ni les venía nada y, por supuesto, no estaban por guardar el ‘decoro acústico’ de este tipo de situaciones. Eso sí, fue divertido cuando todo el mundo se puso a cantar ‘Insurrección’ y a los dos más curiosos les quedó bastante claro que estaban ante un auténtico ‘hit’ del pop español… En definitiva: actuaciones en los bares, por supuesto; respeto, el que marca la educación, tampoco es misa…

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