Adultos y mayores en un curso de informática, en una imagen de archivo.
Adultos y mayores en un curso de informática, en una imagen de archivo.

Hay noticias que por su propio contenido o por su planteamiento es evidente que van encaminadas a causar estupor en el lector. Por ejemplo, eso es lo primero que piensas cuando lees que “usuarios del centro de mayores de las Angustias denuncian que no tienen acceso a internet para poder llevar a cabo un curso de informática”. Claro, hoy por hoy, en el 2019, en Jerez, parece imposible hacer un curso de informática sin internet, pero lo que realmente es imposible es lo contrario, hacer un curso de internet sin soporte informático.

En esta sociedad acomodaticia que nos ha tocado vivir, nos quejamos de todo y por todo, incluso damos por supuesto que los cursos de informática deben ser con internet… Y hala, en lugar de encarar la (supuesta) carencia como un desafío, como una prueba —digamos— bíblica… pues nada, a lo fácil, a rajar del asunto, imprimiendo al problema una gravedad que, a buen seguro, no tiene.

Este humilde cronista, sin ir más lejos, ha tenido a lo largo de su ya dilatada vida distintas vicisitudes similares relacionadas con el mundo de la informática y ha aceptado siempre con resignación lo que le ha ido deparando el destino relacionado con ese mundo. Así, sin estrujarme mucho las meninges, recuerdo haber hecho un curso de programación en Cobol (un lenguaje informático que había en los 80… no sé si sigue existiendo, ni me voy a molestar en comprobarlo en internet, en solidaridad precisamente con los mayores afectados) sin tener ordenadores delante.

Ni uno. No tenía ni la profesora (el ordenador, digo). Era uno de esos cursillos del INEM para tener a la muchachada entretenida y poco más. Lo aprobé (o lo aproveché, utilizando el lenguaje al uso), entre otras cosas porque ya sabía que esto de la informática podía ser más imaginario de lo que podía parecer a simple vista: poco tiempo antes, durante la carrera, también aprobé (ahora sí es correcto) la asignatura de Documentación y Biblioteconomía sin ver un ordenador ni del revés.

Ya ven… sencillamente pienso que así tiene más mérito, de nada sirven las quejas. En realidad no siempre he tenido esa actitud tan pro-activa respecto a la informática (o mejor dicho hacia su ausencia): recuerdo, ya más talludito, haber trabajado en un periódico en el que cada dos por tres había una ‘bomba’, que era el eufemismo con el que el sistema se refería a sí mismo cuando lo petaba por falta de potencia. Eso sí que no. Regalarle una hora de mi tiempo a cualquier empresa nunca ha entrado en mis planes, el resto…

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