La Feria del Caballo de Jerez... no, a ver, otra vez: la Feria del Caballo debería... no, tampoco, otra. La Feria del Caballo de Jerez no ha sabido mantener... por aquí, casi casi. La Feria del Caballo de Jerez ha ido perdiendo buena parte de su esencia y frescura, en aras tanto de la modernidad como de la profesionalización, además de tener que afrontar una normativa y un grado de exigencia que llega a todos los rincones, lo que crea una rigidez ajena al espíritu original de la fiesta.
Pues sí, si quieren pueden ponerle comillas: esa es más o menos la frase con la que este cronista quería comenzar estas líneas. Hace ya años que los que, por motivos de edad, hemos conocido unas cuantas ferias –en mi calidad de jerezano asimilado unas treinta– comparamos y solemos llegar a la conclusión de que, como decía Jorge Manrique (creo recordar, paso de Google), "cualquier tiempo pasado fue mejor". Claro, se acepta: ¿qué era mejor, la feria o nosotros mismos, los que echamos la vista atrás, tanto en la carrocería como en el 'sistema de navegación'? Pues, pues...
Realmente cuando pienso que aquello era mejor, prefiero rebajarlo a un más circunstancial 'estaba mejor', me quedo ahí, en el 'estaba', no sé si era realmente mejor, es probable que no. Todo fluía... y no había que andar rellenando casilleros (en las tripas de la Feria) ni reservando para todo (al vivirla), los dos pilares sobre los que hoy alza esta fiesta. Ah, sí y la alegría.
Todo esto viene a cuento, naturalmente, con la percha de la noticia de que la Agencia Tributaria ha pedido a todos los caseteros hasta la partida de bautismo... que oye, como tiene que ser, pero... hombre, diez días antes de que se inicie la Feria, pues... no sé. Suena a ya mismo, a es lo primero, a lo más importante, cuando a lo mejor lo primero en la cabeza del casetero, ya en el sprint final, es/era a qué hora va a venir el electricista o a ver qué ocurre con esos camareros que iba a contratar y no se deciden.
El otro día hablaba con alguien algo mayor que yo, hostelero jubilado, que me decía que había llevado una caseta en la Feria de Jerez doce o trece años. ¿Y saben? coincidíamos en muchas cosas. Ya saben los fieles que desde estas líneas se suele cuestionar que las casetas-restaurantes sean auténticas casetas tradicionales y J, el señor, me daba la razón –y yo a él– sin necesidad de ir punto por punto en cada una de las reivindicaciones-lamento de uno y otro. Él también echaba de menos lo de escaparse y salir con tres o cuatro amigos, buscar un sitio en la barra donde 'despachar' un par de raciones y un par de medias o cervezas y en un rato ir a otra caseta con el mismo plan y así... en lugar de tener las gónadas tres horas pegado a una silla y, eso sí, que venga a servirte, en vez de ingeniártelas tú mismo. De verdad, ¡devuelvan al menos la barra al pueblo llano! Jajaja. Un lema. Puede que una discoteca no sea una caseta tradicional, pero dejémonos de hipocresías, tampoco lo es un restaurante. Punto. Me niego. ¿Qué es eso de tanta reserva? ¿De dónde venimos, adónde vamos? 'La vida reservada': finalista del Planeta.
Dejemos, por supuesto, a la Agencia Tributaria que trabaje –y a Sanidad, claro, y a Sanidad– pero que recuerde que la Feria siempre ha tenido sus propios caminos, sus vericuetos. Que de cuatro veces que te cruces con alguien que no necesariamente te cae bien, tres le vas a dar abrazos y palmadas de esas que levantan el polvo del terno y eso no es por casualidad. Tampoco lo es echar una mano cuando toca sin estar pensando solo en la 'multa', que qué chulo era también cuando se pagaba al electricista –me da igual fontanero o quien ustedes quieran, he puesto este profesional porque conozco el caso– invitándole un día a cenar con su mujer y sus hijos, joe. Y haciendo clientes. Y amigos, claro. Así treinta años, que la excepción puede ser norma unos días. ¡Cómo que eso no vale, hombre, si eso es la Feria!





