Artículo de opinión escrito por Carlos Piedras, titulado 'El destino no se puede evitar'.
Artículo de opinión escrito por Carlos Piedras, titulado 'El destino no se puede evitar'. MANU GARCÍA

Lo íbamos a hacer. Todos sabíamos que lo íbamos a hacer y, al final, lo hicimos. Como en esas películas del oeste en las que el héroe sabe que quedarse es un disparate, que los malos son muchos y él está solo, pero no puede evitar hacer frente a su destino o, mejor dicho, sabe perfectamente que lo que va a ocurrir es su destino, como la mítica (por desastrosa y sublime a la vez) carga de la Brigada Ligera de la caballería británica en la Guerra de Crimea… así fue, así ha sido. Incluso en el caso de la carga de la Brigada Ligera posiblemente hubo también algo de sherry de por medio, qué cosas.

Sabíamos que la cosa no podía salir bien… o al menos no del todo. Sabíamos que habría bajas. Probablemente pensábamos que no habría tantas como se han producido, pero a estas alturas no podemos decir “es que no sabemos”, “es que no nos han dicho”, porque la verdad es que sí sabemos –lo que nos dejan, eso es verdad– y sí nos han dicho. Pero no se podía parar. Era imposible. Éramos todos –y todas, no se me escabullan las lectoras, acepten un poco de lenguaje inclusivo– Gari Cooper multiplicado por varios miles mientras el reloj seguía avanzando (como en Solo ante el peligro).

Estamos hablando del puente de la Constitución (o de la Inmaculada, a elegir) y estamos hablando de una ciudad como Jerez de la Frontera en época de Zambombas -e incluso de zambombás- en pleno repunte covid. Desde el primer momento todos vimos lo que había… y ¿qué hicimos? ¿nos quedamos en casa, dejamos de ir a las Zambombas, dejamos de ir a comer o a cenar con los amigos prolongando además la sobremesa, hicimos que desistieran de venir las amistades de fuera? Quia, conspicuos lectores, notables lectoras. Salimos a las calles y lo hicimos en plan apocalíptico, como si no hubiera un mañana. Todo con un punto punki futurista. Nunca he visto tantos punkis con ropa ‘clásica’, la verdad. “No future” pintado virtualmente en la espalda de cada fachaleco. ‘Carpe diem’, ‘que nos quiten lo bailao’, ‘tonto el último’, ‘camarón que se duerme…’, hay tantas frases para elegir…

En tiempos de covid miles y miles de personas tomando el centro de una ciudad con el único objetivo de divertirse, objetivo que el análisis de las múltiples experiencias personales hace que en muchos casos además deviniera insatisfactorio: asistir a restaurantes regu con reservas desde tres semanas antes; sufrir bares en los que, nada más sentarte, te anunciaban que no te quitaba nadie tres cuartos de hora de espera para un simple montadito; ver barras en la calle impropias tanto del local en su vida normal como de la propia ciudad; flipar con bares nuevos a los que solo se les puede dedicar el adjetivo ‘pasmoso’, pues pasmo es la única sensación que producen; ‘conocer’ gente con tajadas también impropias –dicho sin ningún tipo de ánimo moralista– tanto por la hora como por la edad del interfecto; constatar la, digamos, democratización de lo que se entiende por Zambomba; asistir a Zambombas con aparente orden en cuanto a mascarillas, hasta que a los diez minutos el personal se daba una vuelta por la barra, que una barra tira mucho. Todo eso, ya digo, debidamente adobado con una multitud en las calles, gentes que, cabe suponer, leen de vez en cuando algo de prensa o ven el telediario o tienen abuelos.

Pero no, no vamos a culpar a nadie (en la descripción, sin darse cuenta, este cronista estaba empezando a tomar distancia con lo ocurrido, cuando se trata de ese periodismo que ahora se da en llamar gonzo, vivido en primera persona, siempre en el lugar de los hechos, aunque los hechos y sus circunstancias sean cuestionables en el análisis). Lo fácil ahora sería culpar al Ayuntamiento, a la alcaldesa, a equis concejal, a Kichi, a la oposición, a la Junta, a la Policía, a Pedro Sánchez, a Franco, a los hosteleros o incluso a Juan (que, por cierto, debería ceñir estrictamente su repertorio, incluso navideño, a ‘barbero loco’) por llevar la mascarilla como si fuera la cinta del pelo de Mark Knopfler.

No, no vamos a culpar a nadie, simplemente porque no podemos hacerlo. No podemos decir que no sabíamos lo que iba a ocurrir, que íbamos a tener tantas bajas. Simplemente hay cosas que vienen así dadas: no se pueden evitar. Le das un poco al sherry y, como esos simpáticos británicos, vas y a la carga: no puedes evitarlo, es tu destino.

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