Casado, Sánchez y Rivera.
Casado, Sánchez y Rivera.

La posibilidad es remota, un caso entre un millón, de que existan tres gemelos idénticos. Pero en España, que siempre ha sido un país de excepciones, muchas de ellas deshonrosas, tenemos un caso mediático: Casado, Rivera y Abascal.

En lo que se refiere a política identitaria, líderes de Partido Popular, Ciudadanos y Vox, manejan argumentarios semejantes, que pronuncian unos pero podrían haber dicho los otros. Y viceversa.

A pecho descubierto, el trío gemeliers de la política española, ha anunciado una convocatoria de manifestación para pedir elecciones, al tiempo que lanzan improperios de todo tipo contra el presidente del gobierno, por la “alta traición” (un delito tipificado en el código penal) de proponer una figura de relator en una mesa de diálogo con todos los partidos catalanes.

Sí, todo parte de algo tan nimio, sin repercusión legal, pero a nadie se le escapa que en un momento de auge de la ultraderecha, Partido Popular y Ciudadanos, quieren aprovechar la coyuntura, forzar elecciones y obtener mayoría para gobernar. Y tienen el elemento agitador más potente que existe, capaz de silenciar cualquier lucha social y hacer que muchas personas de clase obrera se comporten como hooligans de un equipo de fútbol: La bandera.

El espíritu y el vocabulario de Casado recupera ese tono autoritario, cuasi militar, “no lo vamos a permitir”, “vamos a hacer lo que sea”, más propio de la derecha en tiempos pretéritos. Pero Casado debe entender, que si es legal, que lo es, y si tiene mayoría parlamentaria, que la tiene, tendrá que tragarse lo que haga Sánchez, porque España no es suya, es de la mayoría de españoles. Del mismo modo, que en Andalucía muchos se están tragando un gobierno de derechas.

Hay quien dice que a Casado solo le falta marcarse un Guaidó y autoproclamarse presidente de España. Por la actitud de los últimos días, parece que poco le falta. No es casualidad, por un lado a Casado le viene bien para tapar nuevos datos revelados de la corrupción del partido en Madrid, por otro, el voto patriótico español está en disputa. El bloque de derechas es poderoso, pero los tránsfugas tendrán que elegir un partido u otro en las generales. Por eso Casado se pone farruco, y los demás entran al trapo. Vox por su propia naturaleza agresiva, Rivera porque la táctica identitaria siempre le ha ido bien al partido supuestamente liberal (véase el caso catalán).

Se pasa de frenada Casado, porque una cosa es protestar contra Sánchez, algo totalmente legítimo, otra acusar de golpismo y anti-demócrata a quién propone una mesa de debate entre partidos, algo que debería ser obligatorio para cualquier mandatario que se precie como tal, máxime en la situación de conflicto sociopolítico que se encuentra Cataluña. Una nación en barrena, parada institucionalmente desde hace más de un año, cuyo émbolo político le impide labrarse un futuro si no soluciona el tema de los políticos en prisión, el dilema identitario y pone los cimientos para conseguir cierta paz social.

Cataluña y España tienen que hablarse mucho más de lo que lo hacen, algo que hizo Aznar en su tiempo como presidente, pero que Casado olvida a conveniencia.

Y llama antidemocrátas a quienes ejercen el gobierno de la mayoría (definición exacta de democracia), y llama golpistas a quienes establecen canales de diálogo para ir dando solución al problema catalán (y también para obtener la aprobación de los presupuestos). Algo que, si fuera por Casado, se solucionaría aplicando el artículo 155, ilegalizando los partidos independentistas y metiendo en la cárcel a todo disidente. Precisamente, la actitud menos demócrata que existe, porque democracia también es participar en el juego de partidos.

Alentar el guerracivilismo entre la ciudadanía con este exabrupto patriótico, que repiten una y otra vez cada vez que tienen una cámara delante, resulta tan insoportable como peligroso. No hay ninguna alerta de escisión inmediata en España, es solo un fantasma creado por el triunvirato ultraconservador para ir a elecciones. Y ese electoralismo no hace sino menguar nuestra calidad democrática. Hasta el PNV ha asegurado que los tres líderes están creando un “clima nauseabundo”. Los supuestos salvadores de la patria enturbiando la convivencia por las ansias de poder. Los que traicionan la democracia son precisamente ellos, pero en el mundo de las fakes news y la posverdad, la ficción ocupa, demasiadas veces, el lugar de la realidad.

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