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En los tiempos que corren, la disidencia se paga cara. Desde la chica rara que castigaba a los hombres que no amaban a las mujeres, hasta los que apostataban en la España de los sesenta, pasando por el sevillano que no disfruta la Feria; todos lo saben. También lo sufre el melancólico que detesta la Navidad y ha de pasar cada año por estas fechas tan entrañables. O la niña que nunca soñó con ser madre. No se sabe muy bien hasta dónde están dispuestos a llegar ni a tragar pero los disidentes son gente cojonuda. No le temen a salir de su zona de confort y a pasar frío en la calle. No actúan como se espera de ellos y eso es lo que los hace tan indispensables. Quien tiene a uno de estos seres en su vida puede sentirse afortunado, aunque su fortuna no se mida en likes.

La disidencia, como la fe, es más poderosa que la muerte. Va más allá de ella. En la ciudad de Sevilla persiste un rincón que ayuda a comprenderlo. Cuando Talavera de la Vega y Álvarez Millán trazaron la planta triangular que tendría el enclave a finales del XIX, le confirieron un aspecto singular. No es de extrañar teniendo en cuenta la finalidad que iba a tener. Se encuentra en el hispalense camposanto de San Fernando y se lo conoce como el cementerio de los disidentes. Estaba destinado a albergar los restos de protestantes y suicidas, disidentes a todas luces, en un tiempo de estremecedor regocijo católico en el que solo podía despojarnos de la vida el único Dios verdadero. Unos muros separaban a los muertos disidentes de los cabales y unas rejas de los judíos. La Segunda República vino a echar abajo esas piedras que luego el franquismo volvería a levantar. Una vez más se relegaba al ostracismo perpetuo al diferente.

Seguro que en estos días han asaltado su teléfono móvil innumerables vídeos caseros en los que unos inocentes felinos se llevan un susto de órdago al interrumpirles su apacible momento de relax alimentario por la presencia de un pepino. La aparentemente inofensiva hortaliza ha nacido para engañar. De hecho, ni siquiera es una hortaliza, sino una fruta, al menos en términos botánicos. El caso es que los gatos pegan unos respingos tremendos al darse la vuelta y verse en compañía de un simple pepino. Según los expertos —que para todo tiene que haberlos—, es posible que el pavor se deba a la evocación de uno de sus mayores enemigos, las serpientes, por el color verdoso y la forma alargada. Otras teorías sugieren que se trata solo de una reacción atávica ante la detección repentina de un elemento inesperado colocado a traición.

Como tantos otros pobres mortales posmodernos, yo misma debo confesarles que he sucumbido a la catetada del síndrome del youtuber y he puesto en práctica con mi propio gato la estrategia del pepino sanguinario. Lo confieso. Y yo, consciente de que mi mascota tiene, pese a su raza, más de cánido que de felino, me dispuse a colocar tras de él el cucumis sativus recién traído de la frutería y a comprobar su reacción. Pude constatar algo que ya sospechaba con creces: vivía sin saberlo con un disidente en toda regla. Lejos de asustarse o sentirse amenazado, se acercó al pepino y tras olisquearlo discretamente incluso llegó a lamerlo. En ese instante comprendí que debe haber un lugar reservado para aquellos que se empeñan en romper las reglas, en derruir los muros que nos separan del diferente, en no temblar ante lo que muchos tiemblan. Hay un lugar muy especial reservado para los gatos que no temen a los pepinos. Y resulta que ese lugar no es Youtube.

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