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Lejos de iniciar la lucha, la desolación nos inmoviliza y nos transforma en tristes titiriteros del desánimo y de la pasividad.

Las ruinas y las piedras de culturas lejanas se cuelan en mis recorridos festivos… Paseos por la historia donde rezuman sentimientos encontrados sobre lo que fue y lo que ahora se torna invisible. Nuestro pasado, rico en patrimonio y ejemplo de hegemonías perdidas, me induce a la reflexión y hacia una indignación silenciada donde las preguntas no encuentran salida por más que la realidad nos sacuda duramente cada minuto.

Los vestigios en forma de alegorías remotas de la humanidad y de la condición moral de la existencia humana siguen ahí, soportando el rodaje inexorable del reloj sin que nadie se atreva a cuestionar qué hemos hecho tan mal en los siglos venideros para haber desembocado en un presente yermo y preocupantemente decadente.

Las ciudades de nuestro entorno evidencian este triste destino. Ciudades milenarias donde la riqueza o la opulencia artística y cultural duermen el sueño de los justos. Civilizaciones que dejaron a sus gentes estructuras socio-económicas que una vez lo fueron todo, que se transmutaron en envidiables repertorios de ideas y de corrientes de pensamiento, pilares de reflexiones filosóficas y estéticas incluso.

Iniciando los primeros compases del siglo XXI hemos expoliado nuestra herencia colectiva. Tristemente hemos sido incapaces de rescatar este vasto legado, aquel que una vez nos convirtió en urbes prósperas para transmutarnos en sociedades sin modelo, donde el paro, la pobreza y la ausencia de derechos fundamentales campan a sus anchas. Sin embargo lejos de iniciar la lucha, la desolación nos inmoviliza y nos transforma en tristes titiriteros del desánimo y de la pasividad, en auténticas estatuas de mármol de nuestro presente y de nuestro futuro que esperan al gran demiurgo para que nos modele y recomponga.

Quien no aprende nada del pasado está condenado a repetir los mismos errores aseguran muchos; condenados y condenadas a la nada tras una espera infructuosa donde la determinación de los hombres y mujeres de nuestro tiempo se desdibuja de forma imperceptible; al compás de la desmoralización y de la ausencia de liderazgos que marquen un nuevo rumbo.

Una vez descartados los mitos, las deidades, los dogmas de fe y el librepensamiento sólo nos queda que los seres humanos, cual ave fénix, levantemos el vuelo para no golpearnos de morros contra el suelo. Lo malo de todo ello es saber que muchos ya se han arrastrado por la tierra para tomar consciencia y aún así todo parece inmutable.

Volver a ser lo que fuimos es cuestión sólo de voluntad, de toma de consciencia de que tenemos los recursos, el potencial humano y la sapiencia que no alcanzaron quienes ocuparon nuestras ciudades antes que nosotros. Ellos fueron más pobres en conocimientos, en tecnología, en referentes históricos y sin embargo fueron pródigos en las más diversas materias e iniciaron la senda de sociedades florecientes y opulentas en los más distintos ámbitos. Así y mientras no oigamos lo que nos susurran las piedras, nuestro futuro seguirá siendo pasto fácil de la erosión… esa que poco a poco va desgastando nuestras vidas como piedras abruptas que enlentecen nuestro camino.

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