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Como ocurre con el ciclo de vida de los gusanos de seda, solamente nos referimos a los palcos durante su tiempo de vida, pero siempre se leen las mismas opiniones y las mismas justificaciones. 

Debo admitir que me gustó mucho el recorrido de ida a la catedral que realizó la hermandad de la Borriquita el pasado lunes. Sin entrar en su sentido religioso, que imagino que sería el principal, su tránsito por calles como Juana de Dios Lacoste supondría seguramente para muchísimas personas el conocimiento de esta parte de la ciudad y de su centro histórico en particular. Más allá de las visitas a las distintas congregaciones religiosas que se ubican en la zona, muchos habrán tomado conciencia del estado en el que se encuentra esa calle y su entorno, y habrán comprendido la causa por la que el estado del centro histórico es un tema recurrente tanto en prensa como en redes sociales desde hace bastante tiempo.

Y todo esto entronca perfectamente con el hecho de que desde hace una semana ya hay palcos montados en el centro de Jerez, a más de un mes de la Semana Santa. Y porque este año es tempranera, de lo contrario las estructuras se colocarían todavía con mayor antelación. Ya escribí el año pasado que el tema de los palcos es un debate inagotable. Como ocurre con el ciclo de vida de los gusanos de seda, solamente nos referimos a él durante su tiempo de vida, pero siempre se leen las mismas opiniones y las mismas justificaciones. Posiblemente hasta se podrían comparar los argumentos de las mismas personas en las redes sociales a lo largo de los distintos años y el resultado sería que siempre dicen lo mismo: unos, que es un abuso el hecho de la ocupación del espacio público durante tanto tiempo por una actividad por la que después una entidad privada, como la Unión de Hermandades, obtiene unos beneficios, que nadie nunca ha conocido, que después se reparten entre las distintas cofradías; otros, que si lo que la Semana Santa genera en el centro es mucho mayor que cualquier otra actividad durante el año y las labores sociales que llevan a cabo las hermandades gracias al dinero de los palcos. Básicamente en eso consiste una discusión que se retroalimenta a base de cientos de comentarios en Facebook, que es la única red en la que yo me muevo. Ya ni quiero imaginar lo que se dirá en Twitter o en otros lares sobre el tema.

"Hay mucha gente que piensa que el montaje da trabajo, pero en realidad es todo lo contrario, ya que lo realizan trabajadores de Infraestructuras que durante dos meses no están atendiendo las necesidades de la ciudad por montar los palcos"

Si queréis saber mi opinión, y para no romper la tendencia, es la misma que el año pasado: no tiene mucha explicación la dilatación temporal en el montaje de los palcos ni la planificación que se realiza del mismo, es una imagen un poco chocante y contradictoria ver pasar las agrupaciones y la cabalgata de carnaval con los palcos puestos. Hay mucha gente que piensa que el montaje da trabajo, pero en realidad es todo lo contrario, ya que lo realizan trabajadores de Infraestructuras que durante dos meses no están atendiendo las necesidades de la ciudad por montar los palcos. Vamos, que no es como el montaje de las casetas de feria, que da trabajo a una empresa privada. Y a los que justifican que los palcos hay que montarlos ya porque la Semana Santa ya está ahí, que se hagan mirar su sentido de la perspectiva temporal, ya que la Semana Santa va a tardar lo mismo en llegar se monten los palcos 50, 40 o tres semanas antes. Este último plazo sí que se consideraría comprensible, pero no el doble como hasta ahora. Y entiendo que las hermandades, desde el momento en el que el Ayuntamiento se compromete a montar los palcos por sus propios medios, tienen poco que aclarar, ya que no es asunto de su competencia. En cualquier caso, sí es lícito que muchas personas quieran saber los beneficios que se obtienen de la explotación de los palcos, aunque después se destinen a las hermandades. Nunca es negativa la transparencia, sobre todo cuando hay un grupo numeroso de personas que lo solicitan, y desde luego nada debiera temer quien no tiene nada que ocultar.

Otro asunto, este un poco oculto por el anterior pero con unas consecuencias más graves en la imagen del centro histórico durante todo el año, es el de rellenar los desperfectos en los adoquines con asfalto, transformando el pavimento del entorno de las iglesias de los evangelistas en un collage amorfo compuesto de boquetes, adoquinado sin mantener y alquitrán. Desgraciadamente no es una práctica nueva, no se ha desarrollado solamente durante esta legislatura, ni se atisba en el horizonte una intención clara por hacer bien las cosas y arreglar el adoquinado del centro histórico y mantenerlo de una puñetera vez, sobre todo a través de abordar el dichoso plan de peatonalización e impedir el acceso indiscriminado del vehículo privado por muchas de las calles de la zona histórica. En actos como estos son en los que se demuestra la cutrez y la improvisación con la que se parchean los problemas en esta ciudad desde hace décadas, convirtiendo estas prácticas en algo demasiado común, por desgracia.

Y así, a las puertas de una nueva primavera, es como florecen los debates y las discusiones de siempre sobre el tema de siempre. A ver si alguna vez somos capaces de avanzar un poco como sociedad y centrar las conversaciones en promover el civismo y los buenos hábitos durante la Semana Santa y en campañas públicas de sensibilización al respecto, sobre todo en lo que a limpieza y al uso del transporte público se refiere. Quizá para el año que viene haya suerte.

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