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Las monjas han mercadeado con piezas de su propiedad, sí, pero que no sólo pertenecían a ellas.

No sé si recordáis que hace unos meses denunciamos ante la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y ante el Defensor del Pueblo Andaluz la aparición de un retablo en el escaparate de un céntrico anticuario de la ciudad de Sevilla. Fue el historiador del arte José Manuel Moreno Arana el que levantó la liebre al publicar en su muro de Facebook una fotografía que atestiguaba el hallazgo. Inmediatamente, y a tenor de la historia que se nos había contado sobre los últimos años del Convento del Espíritu Santo, que era donde se encontraba ese retablo, creímos necesario que se investigase si ese retablo se encontraba expuesto en un negocio de forma legal o, como nos temíamos, de manera totalmente ilícita. Precisamente debido a ese hecho publiqué en su día un artículo titulado Patrimonio de saldo, en el que hacía referencia a este y a otros casos similares que ha sufrido el patrimonio de nuestra desgraciada ciudad en ese sentido.

Es bueno resaltar que estamos hablando del convento más antiguo de Jerez, con una iglesia de planta y decoración renacentistas de gran valor y que estuvo en funcionamiento hasta hace menos de una década. De hecho, guardo en casa una guía de Semana Santa del año 2007 en la que la segunda página estaba ocupada por una foto de Pedro Pacheco acompañado por dos monjas dominicas, en el que se decía algo así como que la Gerencia (difunta) Municipal de Urbanismo había arreglado los techos del convento. También es oportuno resaltar que el convento no goza de protección alguna al no estar declarado, incomprensiblemente, como Bien de Interés Cultural, lo que permite que todo lo que se encuentre en su interior pueda ser arrancado, vendido, quemado, fumado o lo que se quisiera hacer con los retablos, esculturas, pinturas, relieves, azulejos, mármoles, libros, joyería y ropajes que allí se encontrasen, siempre dependiendo de la voluntad de las monjas dominicas como legítimas propietarias de todo lo que había.

El caso es que sucede que muy de vez en cuando la administración funciona y la fiscalía insta a la Unidad de Patrimonio y Medio Ambiente de la Policía Autonómica  a que inicie una investigación que esclarezca la procedencia del retablo expuesto, que ya no lo estaba cuando se inició, por cierto. El resultado, para nuestra sorpresa porque teníamos otra versión de lo que había sucedido con el expolio del convento, es que el anticuario tenía facturas que acreditaban que la pieza fue vendida directamente por las integrantes de la congregación religiosa. El retablo, en fin, fue adquirido por las sanluqueñas bodegas Argüelles que, tras un proceso de restauración —según nos relató la policía la pieza se encontraba en un estado lamentable—, lo expondrá en sus instalaciones y podrá ser visitado. Un mal menor, ya que al menos todo esto ha servido para conocer el paradero del retablo y para saber que lo vamos a poder seguir viendo en un lugar cercano, aunque para la ciudad para la que fue realizado se haya perdido para siempre.

Pero por encima de todo ha servido para conocer una verdad muy distinta a lo que se estaba contando. A todos, no muchos desgraciadamente, a los que nos ha interesado el estado del convento y el destino de sus piezas, se nos contó que las monjas habían sido engañadas por una empresa inmobiliaria que iba a comprar las instalaciones del convento para hacer un hotel, empresa que, ya con todo cerrado, se habría echado atrás en el último momento no sin antes haber dejado el convento tiritando de bienes muebles y obras de arte; incluso las tumbas habían sido abiertas y así se encuentran en la actualidad, sobresaliendo del suelo, abiertas, vacías, sin mostrar el más mínimo respeto por aquello que un día albergó.

Fue esa versión de los hechos, la que se había promulgado desde el interior mismo del convento, la que nos hizo sospechar de la procedencia de ese retablo que se exponía en Sevilla y la que justificó nuestra denuncia. Pero el caso es que no fue así. Dejando claro que la operación no reviste ilegalidad alguna y que la congregación de monjas dominicas estaba en su derecho de vaciar el convento desde el punto de vista jurídico, la realidad nos muestra que fueron conscientes de todo lo que estaba pasando. No sólo eso, es que además han sido ellas las que han vendido (vuelvo a recalcar, de forma lícita) las piezas que llenaban de contenido las estancias del convento más antiguo de la ciudad.

Sucede que en muchas ocasiones no es lo mismo lo legal que lo ético y estético. ¿Es legal tener una cuenta en un paraíso fiscal? Si se declara en España, sí, pero eso no quiere decir que esté bien desde el punto de vista ético. Opino que lo mismo sucede con el Espíritu Santo y sus antiguas moradoras. Al fin y al cabo todo lo que había allí, aunque de propiedad de la congregación, era fruto de la aportación y de las donaciones de los ciudadanos de Jerez a lo largo de los siglos, donaciones que buscaban una mayor indulgencia y una mayor aproximación a Dios y que finalmente han servido como moneda de cambio de dinero e interés económico, precisamente lo contrario para lo que fueron realizadas.

Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, palabras pronunciadas por Jesús ante el mercadeo al que había sido expuesto el Templo de Jerusalén. Las monjas, olvidando que ser dueños de piezas patrimoniales implica más la conservación, la preservación (ser depositarias de) y trasmisión de ese patrimonio, sobre todo cuando es fruto del pueblo de Jerez a lo largo de siglos y para permanecer en un lugar concreto de Jerez fueron donadas, han mercadeado con piezas de su propiedad, sí, pero que no sólo pertenecían a ellas. Al menos la verdad en este caso ha salido a la luz y es demoledora, aunque el convento nos siga interesando solamente a los mismos pocos de siempre. Y después decimos que el Ayuntamiento es el culpable de todo…

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