Pilar González, en una intervención en el Senado.
Pilar González, en una intervención en el Senado.

— ¿Sabe usted qué va a pasar?
— Ojalá lo supiera y ojalá pudiera remediarlo.
— He tenido que pedir un crédito para pagar el préstamo de la licencia. La otra tarde me fui llorando casa, hice sólo un par de carreras después de echar muchas horas en la calle.

Íbamos camino de la estación de Atocha, de vuelta a casa. El taxista me había recogido en la plaza de Marina, en la puerta del Senado, y probablemente pensó que al trabajar allí (un espacio simbólico de poder) podría decirle algo para paliar la incertidumbre que la gente de Madrid sufre por la culpa de las élites de Madriz. Fue el miércoles pasado.

Soy usuaria del transporte público y conversadora, con lo cual los taxistas son uno de los colectivos con los que pego la hebra fácilmente. El que me recogió en el trayecto de ida se identificó como “de izquierda” y me interpeló sobre lo mal que lo estábamos haciendo los políticos. El que me llevaba de vuelta tenía un discurso conservador y una banderita rojigualda colgada del espejo, no era un facha, y estaba apesadumbrado. Con ambos hablé de la incertidumbre y del abismo. Por su acento con usted se puede hablar, me dijo uno de ellos.

Madrid no está lejos de Andalucía, pero Madriz está a años luz. Porque el poder es concéntrico y Andalucía es periferia. Porque en los espacios de poder la realidad muta en problemas grandes y hace pequeña a la gente y las y los andaluces tan lejos y tan dóciles, son invisibles. En Madriz no se ve más allá de la M30 o la M40, que ya no sé cuántas circunvalaciones se hicieron con los Fondos de Cohesión que venían de Europa en los años abundantes porque Andalucía, Extremadura, Castilla La Mancha y Galicia eran regiones Convergencia, convergencia que nunca llegó a estas tierras, pero el poder neoliberal bien que cohesionó Madriz consigo mismo.

Por eso es necesario que Andalucía cuente en Madriz. Para evitar en el futuro el silencio que acompaña siempre a las derrotas. Para plantear nuestros problemas (desigualdad y pobreza, fundamentalmente) y encontrar soluciones a los mismos (reparto equitativo de la riqueza y reparto justo del poder).

El pueblo andaluz puede hacerlo porque es un sujeto político que se constituyó a sí mismo democráticamente en este período histórico, al mismo tiempo que la propia Constitución y conforme a las exigencias de la misma. El 4D, el 28F y los dos Estatutos de autonomía son nuestro patrimonio constitucional. Irrenunciable. Imprescriptible. Inderogable. No es una afirmación partidaria, sí es una posición política, es la historia, nuestra Historia. Y, por encima de ello, es una palanca de futuro.

Para eso las y los andalucistas nos sumamos con entusiasmo a la tarea de construir Adelante Andalucía como herramienta al servicio de las y los  andaluces que no quieren seguir en silencio. Para construir una alternativa a la supuesta izquierda que ha gobernado Andalucía durante casi 40 años pensando en Madriz y con políticas en muchos casos neoliberales. Y para contener a la hidra de tres cabezas de la derecha.

Nosotras y nosotros no hemos cambiado de posición. Seguimos en esta tarea con el corazón tranquilo de la gente leal.

Apoyar a un gobierno progresista (al que voté), en este momento al borde de un abismo, es necesario siempre que priorice y atienda las necesidades reales de la mayoría social, pero olvidar las razones de Andalucía es convertir en inútil la presencia de representantes andaluces en el centro del poder.

Es el arte de la política: la conjunción de intereses diversos igualmente legítimos. Y ya lo creo que se puede. Adelante Andalucía tiene un voto en las Cortes. Voto que el gobierno necesita para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado en esta coyuntura de abismo. Ese voto será sí si el gobierno cumple el Estatuto de Autonomía de Andalucía, su Disposición Adicional III para ser exactos: inversiones del estado equivalentes al peso de la población andaluza por un período de siete años.

Ese es el reto. Ese es el compromiso.

Con el corazón tranquilo. *W. Shakespeare, Ricardo III.

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