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Llamo “verdad falsa” a la creencia a la que concedemos la cualidad de ser absolutamente verdadera aunque de una forma indemostrada. Tenemos un sinfín de juicios que damos por verdaderos, muchos de los cuales son, además, inconscientes. A estos juicios se les denominan creencias o pre-juicios. Las ideas las tenemos pero en las creencias vivimos y, por lo tanto, no nos las cuestionamos. De manera que estas creencias son verdaderas solo en la medida en que “las vivimos como si fueran verdaderas” pero, en realidad, jamás han sido demostradas. Por ejemplo:

  • Sin pareja no podré ser feliz.
  • Hay que darlo todo por los hijos.
  • Hay que darlo todo por los padres.
  • Un día aparecerá en mi vida un príncipe azul cuya misión será la de hacerme feliz.
  • Todo el mundo va a su interés.
  • Son las hijas las que deben (prioritariamente) cuidar a los padres.
  • Todo el mundo debe tratarme con justicia.
  • El hijo mayor es siempre el más responsable.
  • Hay tareas más propias de mujeres.
  • Los hijos pequeños tenemos que hacernos cargo de los padres.
  • Él es muy celoso y me maltrata pero en el fondo me quiere mucho.
  • A los adolescentes tienen que educarlos en los colegios.
  • La vida es injusta.
  • Si lo quiero con todas mis fuerzas lo conseguiré…

Éstas y todas las consignas que aparecen en Facebook sobre los amigos, las parejas, las mujeres, los hombres, los maridos, el poder de la mente, el poder del cuerpo, la felicidad, la infelicidad, el empleo del tiempo, los viajes, los sueños, el dinero, la pobreza, la riqueza, la vida, la muerte… son “verdades falsas”.

Las “verdades falsas” no son totalmente verdaderas ni totalmente falsas. Pero vivimos como dándolas por verdaderas, muchas veces de manera inconsciente. Y constituyen una parte muy importante de nuestro diálogo interior: son pensamientos sesgados que nos dificultan evaluar e interpretar correctamente la realidad y, por tanto, impiden una comunicación eficaz con los demás y con nosotros mismos. Estos pensamientos son como “gafas” a través de las cuales vemos y valoramos la realidad. Y, en este sentido, debemos ser conscientes de que nos pueden inducir a relacionarnos con nuestro mundo de una manera incorrecta.

Todas las verdades falsas o mentiras verdaderas son, en realidad, meras opiniones; por tanto, a todas se puede responder como dicen que respondía el gallego: "por una parte, depende y, por otra, qué quieres que te diga…". En realidad, el peligro mayor de las verdades falsas deriva de que les prestamos una certeza absoluta. Así que tenemos que tomar distancia de ellas y relativizarlas, cuestionarlas. Y cambiar los términos absolutos por otros relativos para aquilatar las cosas con mayor precisión: algunas veces, en ocasiones, tal vez, varios, en determinadas circunstancias, no siempre, suele ocurrir a veces… No sé si por suerte o por desgracia, la vida de las personas suele estar casi siempre muy lejos de las realidades absolutas y transcurre entre pequeñas relatividades, entre seguridades muy endebles.

Aventar pre-juicios es buen ejercicio para la mente. Y nos hace vivir de una manera más sana.

www.psicoterapiajerez.es

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