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El viento amenazaba con arrancar de cuajo los árboles que años antes, los alumnos del colegio, habíamos plantado alrededor del campo de fútbol. Sus sombras nocturnas eran lo único que todavía luchaban por permanecer agarradas a su lugar en el mundo porque, ya en la primera hora de aquella tormenta de verano, no quedaba rastro de la grava del patio, arena que llevábamos los estudiantes pegada a nuestra ropa a la clase después de cada recreo. Parecíamos niños mineros del Templo Maldito.

Los aullidos del viento y las pesadas gotas de lluvia nos impedían dormir. El mundo conocido se venía abajo tras las persianas cerradas a cal y canto. Todo un planeta reducido a un pequeño salón —que tuvo desde siempre demasiadas esquinas— y a la luz de una bombilla parida por un fatigado corazón de 125 vatios. El transformador de la televisión nos regalaba su zumbido de luz, y eso que estaba apagada porque nadie, en su sano juicio, se quedaba viendo la carta de ajuste a esas horas.

La tormenta chillaba fuera hasta que de pronto escuchamos una explosión. Podía ser cualquier cosa durante lo que pasó a ser, con el paso de los años, mi primer desastre de la naturaleza. Podía ser que el cielo se estuviera abriendo de par en par.

“No salgáis” dijo mi padre mientras abría con esfuerzo el portón. Restos de lo que antes había tenido vida se colaba por la grieta de la puerta de la calle. Mientras se adentraba en la madrugada, vi a varias sombras moverse de un lado para otro. No me hubiera extrañado que fueran fantasmas traídos por el huracán, pero escuché la voz de nuestros vecinos. Alguien dijo “ debemos salvarlo” y luego se hizo el silencio entre los hombres.

Mi madre salió y nosotros detrás de ella. Jamás nos dejó solos en casa. Y cuando mis ojos se hicieron a la poca luz de la noche, a la lluvia y a lo poco que quedaba de verano, pude ver un árbol partido en dos, con medio cuerpo sobre la valla del colegio y la otra mitad sobre el tejado de Ángeles, la vecina de siempre. Las tejas en el suelo parecían pequeños duendes de arcilla por la forma que tenían de moverse con cada golpe de viento. Yo había plantado ese árbol cinco años antes y ya se moría.

“Todavía se puede salvar” dijo el mismo que gritó antes, o tal vez fui yo con voz de hombre. Y trajeron camisas rotas, hicieron jirones de una sábana blanca —amarillenta ya por tanto lavado y tanto tejado— y se consiguió la soga de un pozo que ya sólo servía para pedir deseos.

Seguía lloviendo pero nadie hacía caso a la lluvia. Los hombres consiguieron que el árbol se abrazara otra vez a sí mismo, las mujeres hicieron café y tostadas y los niños, subidos a la valla, pudimos ver cómo se hacía de mañana. Lo hizo lentamente, como si la tormenta hubiera estado arrinconado la llegada del día.

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