Empatía antes que cálculo electoral. Humanidad antes que partidismo. Serenidad y sosiego antes que el grito pelado y la voz más alta. ¿Es una estrategia de marketing político, es una actitud calculada fríamente? Si lo es, se disimula muy bien. Y sobre todo, es edificante en tiempos de la más cruda tragedia y, en general, de derrumbe colectivo de todo lo que creíamos estable.
Mientras unas daban codazos por salir en la foto y otras han querido convertir la catástrofe en una oportunidad de promoción personal para no se sabe qué fines, el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, ha dado esta semana una enorme lección política a sus adversarios, los de otros partidos y los que pudiera haber entre las filas de su propio partido.
El responsable autonómico, pertrechado por su equipo de confianza y asistido al milímetro por su hombre para todo, el vicepresidente Antonio Sanz —consejero de Sanidad, Presidencia y Emergencias—, ha encarado la terrible tragedia de Adamuz, que se ha cobrado la vida de 45 personas y ha dejado cientos de heridos y un gran trauma colectivo, desde el respeto, la sensatez y el sentido de Estado.
Presente sin hacer ruido en el terreno desde la misma madrugada de la catástrofe en el municipio cordobés, Moreno no solo ha respetado el luto oficial, como no podía ser de otra manera, sino que ha estado a disposición y en coordinación con el Gobierno de España hasta para pactar un espacio de consenso con vistas al funeral de Estado por las víctimas que se celebrará el próximo 31 de enero en Huelva.
En un clima insoportable de polarización política, donde se aprovecha lo más mínimo para increpar, reprochar e insultar, se agradece cordura en mitad de la tormenta
En un clima insoportable de polarización política, donde se aprovecha lo más mínimo para increpar, reprochar e insultar de la manera más vil al adversario, donde todo es conmigo, o contra mí, se agradece que al menos en mitad de la tormenta haya cordura entre nuestros responsables políticos.
Cada cosa en su momento y ahora desde luego ni tocaba depurar responsabilidades en una investigación que se presume larga —2.500 folios en el primer atestado entregado por la Guardia Civil al Juzgado— y de máxima complejidad, ni toca otra cosa que no sea estar con las víctimas y sus familiares, brindándoles todo el respeto y apoyo que merecen en unos momentos de insoportable dolor y desconcierto.
El ciudadano no espera ahora de sus representantes más crispación y gresca —lo fácil es dejarse llevar por la visceralidad de un momento tan sumamente doloroso y despellejar vivo al ministro Puente desde el segundo uno—, sino un pacto serio para que este tipo de catástrofes, de confirmarse que la hipótesis que habla de graves defectos en las vías, no vuelvan a suceder jamás en un país como España. Un país que ha sido capaz de exportar alta velocidad y progreso al mundo, pero en el que la infección generalizada de la corrupción sistémica vuelve una y otra vez a lastrarlo.
Sin lugar a dudas, Juanma Moreno lo ha vuelto a hacer: ha convertido lo que debería ser ordinario en política en algo positivamente extraordinario. Y eso puntúa. Y mucho. Como ya ocurrió ante la grave crisis de los cribados de cáncer de mama —resuelta con una petición de perdón, diálogo y escucha activa, asunción de errores y, sobre todo y lo más importante, refuerzo de medios humanos y materiales—, ante un líder político así en estos tiempos que corren es casi imposible, si hablamos ya en clave electoral, que nadie le tosa.
