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Eché en falta un Felipe de Borbón que ofreciese una mesa de diálogo de manera clara y rotunda.

Creo que podría haber expuesto algo más. Muchos miraban de reojo el desatino independentista esperando que el Rey exhibiese la cintura política que ya mostró su augusto y emérito padre cuando la funesta noche del 23-F, y sin embargo, la inmensa mayoría nos hemos quedado fríos. Fríos porque, aun a sabiendas de que la figura del Rey no es más que algo simbólico (decorativo, dicen algunos) y que no tiene capacidad legislativa, ni mucho menos ejecutiva… se ha echado en falta eso que se ha denominado en los últimos tiempos como “talante”. 

Acusar a los independentistas catalanes de subversivos, desleales y anclados en la ilegalidad no es más que una obviedad que nadie, absolutamente nadie niega, ni dentro ni fuera de las fronteras españolas. Pero nos olvidamos de una parte importante de la ecuación secesionista. De acuerdo que los dirigentes, cual forajidos y cuatreros, están al margen de la ley, pero… ¿qué me dicen de los millones de catalanes que se lanzan a la calle, cada vez en mayor número, clamando por una consulta popular? ¿Ellos también están al margen de la ley?

Hubiera estado bien que Felipe de Borbón se desmarcase del discurso oficialista, de todos conocidos y (en buena parte) compartido. Aquí lo de menos es empapelar a los dirigentes de la Generalitat (que pasarán a manos de la justicia o huirán del país como “refugiados políticos”, sin lugar a duda). Lo importante es dar respuesta a esa gran parte de la sociedad catalana que quiere ser escuchada, unos para votar “sí” y otros muchos para votar “no”. ¿Cómo articulamos ese deseo, cada vez mayor, de manifestar sus deseos en las urnas sin pegarnos un tiro en el pie democrático? Y si no se quieren arriesgar a esto, ofrezcan algo atractivo. 

Una cosa está clara: cuando uno se quiere ir es porque no está a gusto. Y de acuerdo que parte de esa incomodidad se pueda deber a delirios de grandeza o de identidad. Pero otra buena parte de culpa la tiene Mamá Estado. Habrá que ver cómo podemos instrumentar una nueva convivencia con los catalanes que nos dure años, como se ha hecho a lo largo de siglos (que este problema no es actual y novedoso… viene de mucho más atrás, no se equivoquen). 

Eché en falta un Felipe de Borbón que ofreciese una mesa de diálogo de manera clara y rotunda. Y a ser posible con interlocutores nuevos, porque los Puigdemont, Rajoy, Junqueras, Romeva, y Sáenz de Santamaría, se han mostrado completamente inútiles para esa tarea. Y no me vale el argumento de “con gente al margen de la ley no se dialoga”, porque ya se hizo en su día con ETA (por ejemplo), y dialogaron todos los partidos políticos en algún momento. ¡Hasta Aznar lo hizo! Si no se dialoga, este problema crecerá. Y el escenario se parece cada vez más al previo de 1936, con la extrema derecha y la extrema izquierda tomando las calles, la voz… y el fusil. Majestad… ha perdido usted una ocasión histórica. Esperemos no lamentarlo.

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