Cuentan que a un conocido terrateniente jerezano —ya fallecido— le gustaba pasearse a caballo por su finca en los días del mes de julio, entre los jornaleros que sudaban la gota gorda afanados en la recogida de la remolacha azucarera, bajo un sol abrasador. Dicen que el tal señorito tenía la costumbre de lanzar de vez en cuando su sombrero de ala ancha para verlo planear sobre el sembrado, y que le bastaba un leve gesto para hacer que cualquiera de los trabajadores dejara por un momento la faena y corriera sumisamente a recogérselo, como perro bien adiestrado.

Al parecer en una ocasión el sombrero no planeó como el señorito y todos esperaban, sino que se le debió escapar y cayó trastabillado prácticamente a los pies del caballo. No sé si hubo risas reprimidas entre los trabajadores, pero lo cierto es que el señorito, herido en su orgullo, ordenó de muy malas maneras que se lo recogieran. Y cuentan que uno de los jornaleros, que debía estar bastante harto de soportar humillaciones, en vez de coger el sombrero agarró una remolacha de más de dos kilos y se la arrojó con toda su rabia a la cara, haciéndole caer del caballo. Como consecuencia del altercado, fractura de mandíbula para el caballero —por aquello de que montaba a caballo… y el despido inmediato del trabajador que de manera tan tajante había reivindicado su dignidad, y que seguramente se vino para Jerez convencido de que más pronto que tarde iría la Guardia Civil a detenerle. Pero no fue así, sino que en contra de cualquier pronóstico, y para sorpresa de todos, a los pocos días fue requerido por el propio señorito, aún convaleciente, para que ocupara el puesto de capataz en una de sus fincas. Se ve que el remolachazo, al hacerle caer del caballo —como a san Pablo— y partirle la jeta, le hizo también reparar en el valor de la única persona que había sido capaz de plantar cara a su chulería y prepotencia. O quizá comprendió que en última instancia el perdón es la manera más sutil y refinada de manifestar y ejercer el poder.

Se habla de la erótica del poder creo que en una doble vertiente. Por un lado, la excitación que provoca en quien lo ostenta y ejerce, lo que le lleva a tratar de acaparar más y más, y a ejercerlo cada vez de manera más evidente y notoria, a la búsqueda de un clímax que al parecer nunca llega; y por otro la atracción, e incluso la fascinación, que ejercen los poderosos sobre el rebaño, hasta el punto de que alguien absolutamente anodino pueda convertirse, merced al poder que ostenta, en declarado objeto de deseo.

Para quién nunca lo ha tenido debe ser insufrible poseer mucho dinero y que los demás no se enteren. De hecho es el afán de ostentación lo que delata al nuevo rico. Y lo mismo que con el dinero sucede con cualquier otra forma de poder. Por ejemplo, con el poder político, particularmente cuando se alcanza de buenas a primeras, sin experiencia previa alguna, o mediante intrigas de partido y no en virtud de la mejor preparación y la mayor capacidad de liderazgo, de manera que la jerarquía política y administrativa no se corresponde con la jerarquía natural. En todos esos casos, que por desgracia son muy frecuentes, la autoridad, que no emana de forma natural, degenera en autoritarismo, el cual se manifiesta en la obsesión por decretar normas y prohibiciones más o menos arbitrarias y de mayor o menor calado, pero que interfieren claramente en los más diversos aspectos de nuestra vida cotidiana, de manera que siempre tenemos al político responsable en la cabeza y en los medios de comunicación. Y es que eso de prohibir y contar con la fuerza represiva necesaria para hacerte obedecer por las multitudes debe tener su erótica. Como pasearte a caballo por tus heredades vacilándole a los trabajadores cuya vida depende del jornal miserable que les pagas. Así hasta que la gente se harte, y por las buenas o a las bravas te hagan un día caer del caballo.

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