La calva y las Pascuas

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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Pocas cosas hay tan personales como la calvicie y la Navidad. ¿Cómo tomárselas? Eso depende de cada cual, pero existen patrones recurrentes. Hay quienes lo abordan con serenidad, sin aspavientos ni dramatismos... pero también están los ceremoniosos. Realmente, ambas —alopecia y Natividad— están ahí en potencia desde siempre aunque llega un momento en el que se hacen presentes, en el que somos conscientes de su existencia, al igual que con las arrugas. Podemos intentar ignorarlas, pero lo más frecuente es que adoptemos una manera de asumirlas en nuestras vidas con más o menos fortuna. En ambos casos, la tele está ahí para recordarnos que han llegado. Los modelos de pelo sedoso y perfecto, las maniquíes de tersa faz y maquillaje impecable y los kilos y kilos de bombillas de colores son patrimonio exhibicionista de El Corte Inglés. Es su particular manera de decirnos cómo debemos ser, qué debe hacernos sentir exultantes y durante cuántos días seguidos estamos obligados a mantener la sonrisa iluminadora. Si no nos sentimos especialmente contentos con nuestro aspecto físico, debemos luchar para que así sea —quizás por eso encontremos ya mostradores de alguna clínica estética dentro de la sección de moda de estos y otros centros comerciales—, como también ocurre con la Navidad, que nos tiene que gustar por narices sin que haya hasta la fecha cirugía estética que lo solucione.

Para Sigmund Freud, los rituales eran actividades que permitían a los individuos que los practicaban liberar sus tensiones. La intensidad proviene del efecto catártico que proporcionan los comportamientos religiosos para las gentes, aunque las Navidades son mucho más. Para quien les escribe, por ejemplo, son el olor a laca que desprendían los cardados de las clientas de la tienda de mis padres, unas señoras de mediana edad e idéntica cabellera que habían visitado a la peluquera de barrio bien temprano para poder pasar el resto del día en la cocina. También son el aroma inconfundible de los petardos, el destello de las bengalitas —que siempre me atemorizó encender—, el crujir del turrón de chocolate en los labios, las mandarinas un poco ácidas, los mantecados de limón y las bolitas de coco. Y es que estas fiestas se recuerdan en clave de menú, se construyen a base de la retentiva sabia del paladar. Estos días saben al cordel de un globo en la mano, a la bufanda sobre la boca, a centro urbano atestado, al humear de las castañas, a visitar belenes y a la recurrente melodía que nos enseñó una y otra vez cómo beben los peces. Saben a las primeras medias, al vestido de terciopelo burdeos y al cuello de encaje, al primer trasnochar, a las desconocidas fiestas nocturnas, a los deseos imposibles, a las cartas mágicas y a los juguetes soñados. Saben a ritual.

Los rituales pueden tener múltiples propósitos: la veneración de una deidad, el rechazo a una fuerza que se considera maligna, o simplemente como recordatorio de momentos agradables, como sucede en las fiestas de cumpleaños. Nuestra forma de enfocar la festividad que hoy se conmemora va mutando con el tiempo. Mientras somos pequeños, el ritual de reunión familiar es motivo de emoción, ya que nos permite hacer aquello que más nos gusta: comer dulces y corretear por debajo de la mesa en torno a la que se debate sobre lo humano y lo divino. Cuando ya escasea el pelo o las arrugas van surcando territorio, estos acercamientos se contemplan de otro modo. Quizás porque añoramos lo que fuimos, porque necesitamos a los que hemos perdido o porque simplemente no nos agrada que nos impongan por decreto una sonrosada felicidad.

En estos días en los que los aeropuertos y estaciones de tren se llenan de migrantes que veneran el turrón familiar, que aprovechamos cualquier excusa para una comilona y un bebercio con matasuegras, y que las películas de mediodía nos enseñan que todo es posible en diciembre, una pregunta nos asalta: ¿Es posible hacer del ritual algo propio? ¿Hasta qué punto es él quien decide por nosotros, quien se sirve de nosotros? Resulta complejo —por no decir agotador— estar a la altura de una fiesta tan pura, mantener intacto y efusivo el espíritu navideño durante tres semanas completas. Personalmente, no creo que el pastorcillo nos posea durante tanto tiempo. Como la calva, que va acaparando terreno y modificando las expectativas, la Navidad va mutando dentro de nosotros. Inevitablemente es rememoración, nostalgia pura, algo hay en ella que nos hace mejores, aunque sea el echar la vista atrás. Como el juguete, como el cuellecito de encaje, como la calva, como la arruga, Navidad somos nosotros y de nosotros depende vivirla como realmente sintamos. ¿Qué tal si huimos de la imposición y nos atrevemos a vivir? A lo mejor —Corte Inglés mediante o aparte— hasta construimos algún ritual que nos represente y todo. Dice la tele que estos días… todo es posible.

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