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Todos las tenemos hasta que, al fin de los tiempos, nos tengamos que enfrentar ante nuestra propia ausencia. 

¿Sabéis lo que es la ausencia? Un aliento terrible. Algo que nos lleva de cabeza dentro, cuando os asomáis por algún pasaje de vuestro pueblo, a la medianoche, no hay más luces que las creadas artificialmente por el alumbrado, y buscamos desesperadamente la luz del mar. El que más o el que menos, siempre la ha visto de costado, como una insignia marinera manchada de soledad. Un mundo en el que apenas estamos con nosotros mismos.

Pero hay unas ausencias particulares. Unas ausencias que militan en el interior. Son pequeñas. Suelen pasar desapercibidas al vulgo. Es decir, casi nadie las conoce a no ser que las cuente quien las sufre o piensa en ellas. Son ausencias de mercadillo ambulante, diría tal vez algún gitano con talento, uno de esos respetables viejos sentado junto a sus hijos que mientras venden su género, él piensa en todos los antepasados venideros y cotidianos.
Son también ausencias de tabanco, porque si allí no existiera el vino de jerez es como si al aire le faltara un buen tamaño de viento. O finalmente, son como las ausencias de una parra colgada durante el largo invierno, porque los zarcillos huyeron de alguna forma hasta el regreso del buen tiempo.

Estas metáforas de la misma ausencia son fácilmente comprensibles. Utilizan un lenguaje cercano a la sonrisa de cualquier jerezana. Nos advierten que la poesía o la buena comunicación existen a pesar de tanto pedante del verso. Os devuelven el significado tan profundo y primigenio que tiene la propia ausencia en el Diccionario de la Lengua Española. Ausencia. Del latín absentia. “Acción y efecto de ausentarse o de estar ausente”. “Tiempo en el que alguien está ausente”. “Falta o privación de algo”. Es decir, ausencia es cuando alguien o algo están ausentes. Un objeto. Una persona. Un alma. De forma apasionada o indiferente, en función de los sentimientos observados.

Las ausencias naturales y más queridas son las que me ocupan. Porque todos las tenemos hasta que, al fin de los tiempos, nos tengamos que enfrentar ante nuestra propia ausencia. Una experiencia en la que ningún extraño ha regresado a tocar la puerta y contarnos en exclusiva a cómo está el kilo de sardinas de puerto por ahí arriba. Ausencias que no salen en ningún telediario, a no ser que me baje los pantalones, enseñe las nalgas y me ponga un puro recién encendido en cierta boca dilatada, porque eso sí es noticioso lamentablemente.

Creo que saben a qué ausencias me refiero. Las de nuestros seres queridos. Sean los que nos parieron, los que estuvieron, los que nos afianzaron o los que nos dieron dolor de cabeza. En cualquier caso, ausencias sentidas y servidas en plato de melancolía. Porque a ver quién es el primero en tirar la piedra si está libre de pecado, como rezan las escrituras del oportuno sueño. Son nuestras ausencias. Las mías y las que ustedes tengan. Ausencia sobre las que hay que no tendríamos que tener reparo a la hora de referirnos, pero son tan personales y profundas que debemos pedir permiso para contárselas a los demás, y que los demás entiendan que escribirlas constituyen un acto de sinceridad y homenaje.

Una de las mías tiene nombre de obra de teatro, de cantaora o de habitante común de Carmona o de Baeza. Se llama Lola. De quien escribo, mientras escucho fehacientemente algunas seguiriyas de Enrique Morente y Rancapino, pues los compases flamencos poseen el extraño duende de liberar los sentimientos.

Lola. Como la que se iba a los puertos. Lola Ferreiro. Una madre ejemplar para quienes fueron sus hijos. Una de esas almas gallegas de interior. Ya ven. No andaluza, sino gallega. Con un apellido adherido a la tierra. A quien tuve la fortuna de conocer en vida, durante muchos años y diferentes estaciones. Primero en tren y después en coche. Primero acompañado de su hijo, buen amigo mío, y después, una vez adherida la lengua gallega en mi tímpano, comencé a frecuentar la comarca, a solas, para quedarme en aquellos parajes a salvo del agotamiento, paseando y escribiendo. Una comarca que, a pesar de formar parte de la provincia de Lugo, linda con Orense. El expreso se detenía en la estación de Monforte de Lemos y allá iban a recogerme. O bien, seguía las indicaciones y cogía cualquiera de las dos vías, la nueva o la vieja, hasta Sober. Un paisaje verde y lacerado de lluvia. Una vieja taberna donde todavía cocían el pan como antaño y lo guardaban las hogazas entre mantas, en un viejo arcón, por lo menos para toda la semana. Y después, el coche descendía vertiginosamente por una de las empinadas laderas que conducen hasta el río Sil. Lo llaman la Ribeira Sacra. Apenas algunas casas disueltas por el paisaje. Bancales de viñas. Alguna huerta. Numerosos regatos. Carballos. Piñeiros. La noche envuelta como una criatura. Hasta llegar a una casa dotada de varias unidades. Una para la cuadra. Otra para la cocina. Otra adosada a las paredes de granito, de dos alturas, la inferior para la bodega y la superior para el salón y las habitaciones. Hasta llegar a Lola. Un alma grande y dichosa. Una llama de candelabro. Al principio en compañía de la abuela Luz, sonoro y alucinado nombre para una gallega de luto que siempre recordaba a su difunto esposo, de oficio barquero en los tiempos de la postguerra.

Los recuerdos que aún mantengo de ella son duros y fuertes como la quilla de una barca. Largas conversaciones de madrugada, acerca de los pormenores de la vida. Muchas citas con el silencio. Un respeto inescrutable por el paisaje y las gentes de Galicia. Un rumor de temporales. La niebla. El goteo del grifo. Los avatares de las moscas en verano. La compañía de los perros. El ciprés al lado de la puerta y junto a la caseta de uno de ellos. Las tomateras. El gallinero. Las sillas de plástico. La ropa colgada. Las cubas. Las ruinas interiores del pajar donde alguna vez hubo un burro. Los conejos al calor de un horno apagado. Una estancia fría y ahumada de donde colgaban las viandas de la última matanza. La bondad de alguien que fuera como una segunda madre. La que siempre me esperaba con un plato de pulpo a la gallega, con independencia de la hora o circunstancia a la que llegase. Hasta una vez que, después de paradas intermitentes en Valencia de Don Juan, Ponferrada y Bembibre, asomé por aquellos delirios a una y media de la madrugada, con un frío de espanto. Aquel entonces, una luz encendida todavía ululaba en el patio, pendiente de que me sentara.

Es evidente que, por respeto a la propia claridad del agua, pocas veces hemos de referirnos en literatura a lo que hemos vivido en primera persona. En estos tiempos que corren, es difícil construirla sin concesiones a la frivolidad. Así escribanos una novela, un relato corto, un reportaje o un artículo de opinión. Pero tengo la firme convicción en lo contrario. Hay situaciones, personas, recuerdos y crepúsculos amarillentos que merecen ser contados, para que no se pierdan en la oscuridad de nuestra propia ignorancia. Ausencias como la de Lola me lo permiten.

Poco más de diez años hace que nos fue. Parece que se apagó progresivamente. En esa lucha que mantenemos contra una enfermedad intratable y caprichosa. Vivimos en un mundo parco y arbitrario, que no distingue entre buenas y malas conciencias. Sería egoísta de mi parte reclamar algo al respecto. Pero sí. Reclamo vida para la gente de bien. Para la gente de bien de cualquiera de nosotros. Sé que este rayo caerá en tierra de nadie, oculto entre la maleza. También para Lola, que se hizo ausente sin apenas advertirlo. La que trinchaba el pulpo en una época en que los selfies aún no existían y la actitud frente a una cámara era mucho más natural, conmovedora y sincera. Ahí la tienen. Una bofetada de belleza y pulcritud. Le pedí permiso contemplando la boca negra que es la ciudad donde vivo en esta noche de hoy. Llueve incesantemente. Me tumbó una gripe. No renuncié a viajar por estos mundos. Les dejo con Lola. Ojalá la piensen tan bien como yo. 

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