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Hoy quiero que la mugre cubra mis dedos y la roña se acumule bajo mis uñas, porque si de algo estoy seguro es de no querer tener Manos Limpias.

Hoy quiero que la mugre cubra mis dedos y la roña se acumule bajo mis uñas, porque si de algo estoy seguro es de no querer tener Manos Limpias.

Hoy prefiero suciedad en el rostro antes que en el alma; hoy prefiero churretes en las mejillas, pero poder alzar la vista con el orgullo de saber que nada turba mis sueños por las noches, ni me pueden señalar por la calle acusándome de robarle el mendrugo de pan al que rebusca en el contenedor de la basura.

Hoy nada simboliza mejor el hastío general, el enfado y la indignación por la desvergüenza, que decir que mis manos se llenan de tierra con el agricultor que ara, de cenizas con el bombero que apaga las llamas, de sangre con el personal sanitario que restaña heridas, de basura con el personal de limpieza cuyo trabajo poca gente o nadie sabe valorar lo suficiente.

Que se llenan de grasa con las manos de los mecánicos, de cemento con las de albañiles y se cuartean con el salitre al igual que las de pescadores y marinos.

Hoy quiero enorgullecerme de tener manos sucias, pero sucias de decencia, de trabajo, de sudor y de esfuerzo… como las de los miles y miles de españoles (que los hay) que no roban, ni timan, ni defraudan, ni especulan, ni estafan… que abren sus ojos cada mañana con el objetivo de sobrevivir a esta jungla de crisis interminable, sin ser conscientes de que no es a sus familias a quienes levantan, sino a una nación entera.

Y por último, sí, me quiero ensuciar las manos. Y me las quiero ensuciar retirando escombros en Japón y Ecuador, donde muchas personas a estas horas lloran, sufren y entierran a sus seres queridos porque la tierra tiembla donde habitan los pobres, tal es la justicia divina de este tipo de sucesos. Eso sí, los corazones del resto de habitantes del planeta solo tiemblan el tiempo que dura la noticia en el telediario.

Ahórrense el agua y el jabón. Hoy me quedo con mis manos sucias. Hoy me quedo con los últimos rastros de dignidad y humanidad que queda en este caprichoso mundo que nos parió, y que algún día pondrá a cada uno en su sitio, y a cada cerdo con su correspondiente San Martín. Manos sucias, pero dignas. Y que duren toda la vida así. 

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