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"Atroz y espantoso es que ocurran cosas como esta, que se mate indiscriminadamente, que se pierda el valor de la vida, de lo ajeno, de lo humano".

Horror, horrōris. Sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso. Atrocidad, monstruosidad. El horror de estos días en Barcelona supera lo paranormal, el miedo de los cuentos de terror de Lovecraft, supera la fría sensación del hacha de Jack Nicholson rompiendo la puerta ante la mirada de Shelley Duvall.

La realidad termina por superar la ficción. Las Torres Gemelas superaron cualquiera de las películas de aviones siniestrados. Nunca podíamos pensar en la insoportable levedad de nuestras vidas, de que estas estén en manos de cuatro chicos descerebrados de veinte años, algunos de ¡diecisiete!, cuatro o cinco jóvenes que vivían junto a nosotros, que escondían dentro la mayor de las armas de destrucción masiva, la falta de esperanza y la falta de futuro.

Algo hicimos como Humanidad, cuando una nación votó en masa a un Hitler y le siguió con los ojos ciegos al terror de los campos de concentración. Algo habremos hecho para no poder vivir en paz por un Estado Islámico que tiene algunos beneplácitos de países que se consideran amigos del “Mundo libre”. Atroz y espantoso es que ocurran cosas como esta, que se mate indiscriminadamente, que se pierda el valor de la vida, de lo ajeno, de lo humano. Algo habrán hecho las religiones para generar este horror, el horror de las guerras santas, de las nuevas cruzadas y de los nuevos jinetes de la Apocalipsis. Horror. Requiem aeternam dona eis.

 

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