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No se trata de usted, o de nosotros, o de los exámenes o del sistema. Es lo que ellos esperan de sí mismos. Howard Colvin. 

En The Wire, la genial serie de David Simon, una de las tramas gira en torno a un invento del comandante Colvin de la Policía, que trata de reunir todo el tráfico de droga de su distrito en espacios marginales, donde la tolerancia policial será mayor y se normalizará el trapicheo entre pequeños delincuentes a cambio de no infectar otras zonas de la ciudad. A esa zona le llaman, los propios policías, Hamsterdam. Las ventajas son un control exhaustivo del volumen global de drogas y una considerable reducción de la criminalidad. El invento parece funcionar, pero sólo cuando el gueto se convierte en un infierno y la sociedad destapa su hipocresía moral, todas las partes entienden que Hamsterdam no tiene ningún sentido.

Pienso en Hamsterdam cuando visito Jerez y veo el botellódromo, ese espacio inhóspito y oscuro donde los jóvenes pueden hacer botellón de manera libre y que tantos disgustos ha dado a la ciudadanía en su historia reciente. Permítanme el paralelismo, pese a que pueda resultar agresivo.

En el asunto del botellódromo, el Ayuntamiento se ha comportado a la manera del comandante Colvin, tratando a los jóvenes como un problema y a su derecho a divertirse con alcohol (incluso su derecho a divertirse sin él) como una patata caliente de la que había que deshacerse lo más rápido posible. Cuanto menos se vieran y menos espacio ocuparan, mejor. Alguien pensó que estrangulando su universo hasta la mínima expresión, juntándolos y arrinconándolos en tierra de nadie, causarían menos problemas. Y ha sucedido lo mismo que en la serie, que el botellódromo se ha convertido en un pequeño averno que revela la tremenda banalidad con la que se ha tratado el tema.

La propia delegada de Juventud lo considera una fórmula fracasada, y dijo que apostaría por fórmulas de ocio alternativas, aunque a día de hoy poco o nada se sabe de esas fórmulas –han pasado dos años desde entonces–. Las buenas intenciones se perdieron por el sumidero con la implantación de la gran excusa oficial, la crisis (estafa).

No es sencilla la solución al tema del botellódromo, ni sé muy bien qué haría en el caso de que tuviera que decidir al respecto, pero sí sé que decidiría después de acercarme a los jóvenes y darles voz y voto. Los mayores se han acostumbrado a decidir por los jóvenes sin los jóvenes y sobre sus asuntos. Y hay muchos mayores que ya no se acuerdan de qué es ser joven. Además, a los jóvenes no les gusta que decidan por ellos, pues se ven con la suficiente madurez como para decidir. Si se comparan con el ejemplo de muchos políticos y banqueros, ¿quién puede negarles esa legitimidad? Al fin y al cabo, la mala gestión de los adultos les ha traído hasta aquí. Los resultados de ignorarlos, claro, distan mucho de ser satisfactorios.

El camino que le pediría que tomara al Ayuntamiento es el de trabajar no para aislar a los jóvenes sino para fomentar la diversificación en sus opciones de ocio, no para crear espacios exclusivos sino para buscar terrenos de convivencia con el resto, no para tomar medidas estadísticas, sino para actuar con el fin de satisfacer aspectos tan abstractos como la autorrealización, la felicidad o la plenitud en la época más formativa de la vida.

Al final, los jóvenes porque se sienten maltratados en un espacio así (¿quién podría sentirse bien?), los padres preocupados por la inseguridad, la policía porque fomenta su ya maltrecha reputación y los políticos porque suficiente tienen con lo que ellos mismos han generado como para ocuparse de asuntos menores, nadie hace nada con el botellódromo. Ojalá acabe convertido en un solar, un monumento a nuestra ineficacia. Me consta que es cada vez menos utilizado y que ya hay jóvenes que crecen sin saber siquiera que existe. Lo celebro con mi copa en alto. Desde mi casa, claro.

Javier López Menacho es escritor y Social Media Marketing

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