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Las brujas, las sabias aún verdes. Las raras, las que guardan un misterio amasado durante años de entrega a la artesanía que les ocupa. Las princesas, de aquel cuento de hadas que no tenían tiempo para tres bailes al día; uno a la semana, quizás, y más horas de esgrima. Las que no querían un príncipe, sino heredar su propia corona. Las que, ya con los años, prefieren a un bandido antes que a un marqués. A esta generación mía la llaman perdida; perdida hacia fuera, pero muy encontrada por dentro. Mucho más que las anteriores. Somos una generación que habla, que siente en voz alta y que quiere escuchar lo que otros piensan. Le hemos perdido el miedo a sentir y a expresar; aunque vemos que no es la tónica general. En la era de la imagen, cuando esta se confirma como la mejor de las máscaras, nosotras nos sustentamos en palabras… Todas nosotras, empezando por Paola.

Esta es Paola, una eminencia de algo más de tres décadas. Sin llegar a cuatro. Su rostro se quedó en los 28. Deberíais verla. Paola es insultantemente hermosa, en todos los sentidos que el lector se pueda imaginar. Buen gusto al vestir, fotogenia impensable, maquillaje perfecto en una cara de muñeca, cabellos dibujados, cuerpo fino y bien formado, piel clara, labios carnosos, sonrisa arrebatadora…, y un mundo interior lleno de pasión, sensibilidad y nostalgia por el que su público paga sin rechistar. Un mundo de técnica perfeccionada, colores seleccionados, trazos controlados y palabras. Palabras que te rompen el corazón. Ella exhala divinidad y parece inalcanzable… Hasta pintando un grafiti y subida en un andamio puede ser más dulce y deseable que una Marilyn cualquiera. Paola es un deleite cuando trabaja, cuando regala su arte al que la observa concentrada, y sólo desnuda entre las sábanas de una cama blanca podría ser más hermosa; bien lo sabe el que la mira.

Paola es real, aunque no se llame Paola. Nunca tuve permiso para hablar de ella usando su nombre de pila. Pero, si la ven, sabrán reconocerla. Una artista, camino de la fama y la fortuna, cuyo nombre alimenta trabajos llenos de color y dolor. Los reflejos de su pesar. ¿Por qué Paola siendo tan especial carga con tanta pena? No lo merece. ¿Por qué lloran sus retratos?

Su maestro, que es más viejo, más grande y más débil que ella, se obsesionó con su rareza hace ahora 15 años. Ella se enamoró cuando, desde su experiencia y reconocimiento, él se interesó por sus fantasías. Irremediable combinación. Por desgracia para el maestro, Paola es tan bella que tiene hombres pretendiéndola como para repartirlos entre los días de la semana, y no sabe él si cede ella sus manos, su boca y su piel a alguno de ellos. O a todos. Por desgracia para Paola, el maestro está casado, desde hace años, con la madre de sus dos hijos. Ella me dice, con una media sonrisa en el rostro, que ver a su maestro con los niños le derrite el corazón. Luego endurece la mirada, y la belleza de Paola se vuelve de hielo… Un año lleva sin verle, después de 15 años amándole a escondidas, recibiendo de él diamantes y migajas, confesiones y silencios, complicidad y lavados de manos. Fue ella la que puso punto y final.

Pero su agonía nunca termina, porque sigue creando y expresando a través de su arte esas frustraciones, como queriendo darles solución… Un imposible. 15 años de golpes a su ego, de daños colaterales, desilusiones, largas esperas por una respuesta, fantasmas que un día te aman y al otro te hacen el vacío. 15 años intentando hablar el mismo idioma de un mismo espectro. 15 años de pinturas y poemas para ese monstruo por el que bebía los vientos, se acercara o se alejara de ella. Una tortura que Paola ni deseaba, ni merecía, ni disfrutaba. Esa ilusión de que en algún momento todo cambiaría, de que todo se resolvería a su favor era la droga que la mantenía con el estómago cerrado y los ojos expectantes. 15 años de una producción artística envidiable, digna de fama mundial, a cambio de una angustia sin nombre.

Paola hace lo que le gusta, y de ello vive. Mucho esfuerzo y un poco de fortuna le otorgaron una corona invisible, aunque torcida… Triste tendencia la de mi generación, que luce coronas descolocadas, como puestas sin ganas. Paola es real, y me cuenta todo esto mientras toma un gintonic en una terraza sureña. Me aterra oírle relatar esta historia que creo haber oído antes. Aquel hombre vio, tan claro como lo veo yo, que Paola no parece de este mundo. Él se obsesionó y ella se enamoró… Son cosas diferentes, bien lo sabe ella después de 15 años. 15 años de uno, dos o quizás tres encuentros cada primavera. De largos silencios, de corazones extirpados, injertados, costuras y pérdida de sangre, compensados -dice ella- por el tacto directo de la vida en su piel, por no renunciar a lo que sentía que tenía que expresar como fuera. Dice haber vivido por este rey sus infiernos y sus paraísos. El resto de sus pretendientes, a los que no deja de invitar a su cama, no tienen la llave ni de uno ni de otro.

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