Cada primavera el olor a azahar personaliza el mediterráneo, destacando los más de 47.000 naranjos de patios y calles de Sevilla, atrayendo la atención de vecinos, visitantes y de su biodiversidad asociada. Las más de 1.100 especies de abejas que conviven en la Península Ibérica son un verdadero tesoro en la viabilidad de muchas plantas agrícolas y silvestres, con sus ciclos vitales.
La población juvenil de países desarrollados tiene unos hábitos alimenticios que, ante la fruta pelada, con huesos apartados, se muestran ávidos y, sin embargo, ante pelarlas, nulo consumo. Los zumos ecológicos son muy demandados en la actualidad, destacando que el consumidor es quien manda, con la formación e información que tiene.
Las mandarinas son aromáticas, gajos fácilmente accesibles por una piel mondable a mano, frente a las naranjas demandantes de cuchillo o navaja. Las nuevas variedades comerciales con elevadas regalías no tienen huesos, no necesitan de abejas al ser autofértiles, si bien estas, al recoger aún el poco polen disponible de flor en flor, pueden hacer que la fructificación no sea la esperada.
Los pastores de abejas melíferas andan estos días buscando donde ubicar las colmenas para la tan preciada miel de naranjos, si bien todas las nuevas plantaciones de cítricos no las quieren ni en sus alrededores, si coinciden floraciones.
La alternativa de ubicación entre naranjos amargos tiene su demanda, pero cada vez están más relegados a parques periurbanos, urbanos y callejero, en donde el uso público prima sobre cualquier otro uso.
La miel cruda de azahar es identitaria de nuestra cultura, bien merece tenerla en consideración y darle su sitio. Esos sabores que se impregnan en la pituitaria desde niños nos traen recuerdos, atrapan a los paladares desconocidos y otorgan felicidad, una verdadera tristeza, no poder vivirlos de nuevo, fomentemos su consumo y producción.



