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Si aceptamos las manifestaciones católicas en el espacio público, como las procesiones, no hay ningún argumento sólido para discriminar a otras religiones y para que éstas no puedan utilizar  la calle de la misma forma.

Se ha creado bastante polémica en Granada por la celebración en esa ciudad del final del Ramadán, con un rezo colectivo de musulmanes en los jardines del Triunfo, junto a la imagen de la  Inmaculada Concepción. Es curioso que para algunos católicos que han protestado y preparan el correspondiente desagravio lo que peor soportaban del acto fue que se celebrase junto a la imagen de una virgen. Me imagino que estos indignados desconocen que los musulmanes creen en la virginidad de la Virgen más que la mayoría de los católicos que consideran esto algo inconcebible y no confían ni en sus propias creencias. Hasta el punto que en el Corán se presenta a María como la mejor de todas las mujeres y exenta de pecados.

Además, a un granadino no le debería de extrañar tanto la aceptación de ese dogma por los musulmanes cuando precisamente fue encontrado en esa ciudad, en el Sacromonte, en 1595, lo que llaman el quinto evangelio o Libros Plúmbeos. Esta falsificación fue un intento a la desesperada por parte de los moriscos, a punto de ser expulsados de España, de conciliar el cristianismo con el islam y conseguir la armonía de entre las dos religiones tan enfrentadas, tras el levantamiento de las Alpujarras. Este evangelio, extraído en una excavación, supuestamente está basado en una revelación de la Virgen.

Para muchos la visibilidad de los musulmanes rezando en un espacio público, junto a sus casas, choca e incluso les produce miedo, por inusual y por la radicalidad de los más integristas que difunden los informativos. Pero porque no se haya visto hasta ahora esto no significa que sus practicantes hayan salido de la nada. Hoy el islamismo está en expansión en España, y sus adeptos se incrementan día a día, bien por la emigración, por las segundas generaciones de los que ya están asentados aquí o por las nuevas conversiones. Si aceptamos las manifestaciones católicas en el espacio público, como las procesiones, no hay ningún argumento sólido para discriminar a otras religiones y para que éstas no puedan utilizar  la calle de la misma forma. La premisa de que son diferentes porque unas ceremonias están basadas en la tradición y las otras no es insostenible, pues toda tradición se puede romper en cualquier momento y algo que es inusual, con la repetición, se puede convertir en una costumbre que arraigue.

Como arraigó el islamismo tras la invasión del 711 cuando muchos cristianos, casi en masa, aceptaron la nueva fe, sobre todo los arrianos que no creían en la Trinidad y rechazaban la naturaleza divina de Jesucristo y preferían la nueva creencia que establecía un sólo un Dios y un profeta humano. Los tiempos cambian y hay que intentar ser tolerante con lo nuevo, aunque no nos guste. Lo que sí convendría es que la administración, sostenida por los impuestos de todos los creyentes de las diversas religiones o por ateos o agnósticos, sea neutral y no favorezca a una creencia en detrimento de otra. Hoy en día resulta extraña la concesión de medallas u honores a las vírgenes o a los santos por parte de organismos o gobiernos públicos, pues eso parece más propio de pueblos estancados en el Medievo.

La disyuntiva sería ser un estado totalmente laico y dejar toda manifestación religiosa en el ámbito estrictamente privado, pero la tentación de los políticos por salir en la foto es muy grande y muchos ellos ceden pensando que no pueden perder una oportunidad para sumar nuevos votos. ¿Veremos al final del próximo Ramadán a los cientos de musulmanes que hay en Cádiz postrados en el suelo rezando en la Plaza de San Juan de Dios? El tiempo o Dios nos lo dirá.

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