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La noche llegaba con un bullicioso tránsito de vecinos de otras casas, que traían pestiños, dulces artesanales, empanadillas, mazapanes, vasos de vinos o anises y artistas ocasionales.

No es difícil imaginar cómo era la calle Sol en 1844, año en que mi familia compró la casa en la que aún quedan parientes míos viviendo. Su fisonomía apenas ha cambiado en estos últimos siglos, larga y recta, cuesta abajo desde la capilla de La Yedra, donde entonces empezaba el campo, al centro de Jerez que desde tiempos atrás era ya una de las más importantes ciudades españolas. En aquellos años esta calle era el hogar de 1.005 almas, en 98 casas, bajas, achaparradas, generalmente de una sola planta, casi todas cubiertas de tejas y del más variado muestrario de jaramagos. Sus paredes blancas de mil capas de cal se abrían a la calle en balcones y ventanas protegidas con rejas pintadas de verde brillante, las anchas puertas de madera eran las mejores pruebas de su pasado campero y pudiente.

Eran casas hechas de bloques de arenisca y restos de incesantes ruinas, seguramente unifamiliares en sus inicios pero infinitamente divididas para abarcar el crecimiento de las familias de sus dueños y la llegada constante de inmigrantes que venían de los pueblos cercanos acuciados por la miseria y las hambrunas que producían la ignorancia, las malas cosechas y una economía y política aún medievales, del antiguo régimen.

Lo verdaderamente trascendente de la calle, de todo el barrio a lo largo de los años, fue la conformación interior, la distribución de muchas de las casas. Una gran casapuerta, vestíbulo, daba a un patio central que vertebraba toda la vivienda. A él daban decenas de pequeñas viviendas empequeñecidas con el tiempo y por la necesidad. Poblado con cientos de macetas, allí hacían vida cotidiana los, a veces, centenares de residentes, ya que en ellos solían encontrarse las cocinas, retretes compartidos y posteriormente el grifo del agua, comunales todos, y era por ello el ágora y el foro por excelencia de las llamadas “casas de vecinos”. Vecinos que venidos principalmente de los pueblos serranos más próximos, traían consigo familias y sagas enteras con un bagaje cultural y vital que se fue imponiendo debido sobre todo a su aplastante mayoría y falta de medios de comunicación.

La noche era el único momento de ocio de la jornada, en invierno compartiendo las copas de cisco y picón o las hogueras, “candelas”, en los corrales postreros y en verano en los patios y calles, únicos sitios soportables en esos cuartos bajos y mal ventilados. Los hombres irían a los tabancos y mesones cercanos y las mujeres, verdaderas transmisoras de las tradiciones y costumbres imperecederas, entre otras vecinas y niños empezarían las rondas de cuentos, experiencias, confidencias personales y cotilleos. Las creencias agrarias, ancestrales, pasadas boca a boca se harían protagonistas. El terror aparecería con aquellos fantasmas que recorrían los caminos con más velocidad que un caballo y predecían las muertes con los cantos de los pájaros más siniestros, las lechuzas. De las historias de niñas rescatadas de profundos pozos por señores de barbas blancas refulgentes y de sierpes nocturnas voladoras o lagartos chupadores de menstruaciones se pasaría al rezo del rosario o al cántico de la Salve y del Credo. Ya caliente la garganta empezarían las seguidillas, coplas y romances traídos de otras tierras por segadores y peones temporeros ambulantes para ayudarse en sus arduos trabajos de sol a sol con cuarenta grados a la sombra.

Pronto se harían populares y se cantarían como se hacía en todas partes del mundo en celebraciones y fiestas, había todo tipo de cánticos y poemas, los que contaban historias, hazañas o amores antiguos, los que se metian con los poderes públicos, la iglesia, los ricos o los nobles, los picantes, eróticos o jocosos, y otros muy populares que interaccionaban entre hombres y mujeres con el eterno y permanente objeto del cortejo.

Permítame el lector mezclar a partir de ahora la leyenda y las experiencias personales, saltando de poco en poco del recuerdo vivido al leido u oido y de tiempos propios a ajenos, imaginados o reales, todo sea por la lírica.

Eran tiempos de penurias económicas, los sueldos daban apenas para subsistir, se tenían pocos lujos como el vino o la carne, así que cualquier celebración era una magnífica excusa para comer de aquellos manjares reservados a mas importantes bocas. En esas casonas donde convivían familias muy numerosas y de muy distinta dedicación y condición se ponía en práctica la solidaridad dia a dia, pero mucho más en los momentos más propicios, las celebraciones, bodas, bautizos y cada año cuando pasaba por delante de la casapuerta el Cristo de la Expiración o en Diciembre en la celebración de una fiesta ancestral del solsticio de invierno recuperada por los católicos como la fecha del nacimiento de Jesucristo, la Nochebuena.

Las calles eran muy bulliciosas y las recorrían carros y bestias que venían distribuyendo los más variados consumibles, agua, leche, verduras y frutas de las cercanas huertas, lateros ofreciendo sus servicios, afiladores, vendedores de golosinas, murtas, majoletos, acerolos, algarrobas higos chumbos o madroños, traperos que recogían botellas, diteros con muestrarios imposibles de ropa interior o espectáculos ambulantes con cabras y monos amaestrados que fumaban. Pero unos personajes serían muy esperados por los niños, en las ferias y en fiestas señaladas iban haciendo aparición, los turroneros, con su vestimenta inconfundible, boina negra y amplios blusones grises, sus enormes tacos de turrón que parecían adoquines, una romana y unos hachones grandes para cortar esos mazacotes de harina, miel y almendras. Todos salían a comprarles y los niños se arremolinaban junto a ellos para recoger las pequeñas lascas que se caían o que regalaban entre corte y corte. Era el anuncio más nítido y esperado de la Nochebuena.

En aquellas fiestas era habitual compartirlo todo: los que trabajaban en bodegas llevaban vinos, anises y brandis; los agricultores, cardillos, tagarninas, berzas, garbanzos y habichuelas; los almaceneros, polvorones, harinas, especias, aceite para dulces y pestiños, chacinas, adobos y alguna golosina; si había alguien de un matadero, gandinga, tocinos, huesos, tripas y otros desechos para hacer guisos y potajes y alguna vez se compraba o se sacaban del corral algún pavo o gallina que eran ofrendados en un verdadero sacrificio saturnal a los dioses del invierno recién comenzado.

El rito lo ejercia una experta suma sacerdotisa, la más popular, que también solía dirigir el proceso del aliño de las aceitunas y el de los roscos con matalauva de Semana Santa, lo hacía en presencia de todo el público infantil. Doblaba sin piedad el pico del ave de corral hasta el pescuezo y con un no muy afilado cuchillo cortaba la base del cráneo del afortunado animal, agraciado, ya que pronto estaría ubicuamente en el limbo de los dioses y en la cacerola con tomates, ajos, pimienta, laurel y cebollas. La cabeza caía o se quedaba colgando de un girón entre chorros de sangre espesa y el bicho corría sin rumbo como si le persiguiera el diablo por la azotea perseguido por una jauría de niños que lo derribaban para dejarlo sin plumas en un abrir y cerrar de ojos. El resto de la sangre se guardaba en una palangana blanca, para freirla con tomate o encebollada.

La noche llegaba con un bullicioso tránsito de vecinos de otras casas, que traían pestiños, dulces artesanales, empanadillas, mazapanes, vasos de vinos o anises y artistas ocasionales, deambulantes que cantaban los éxitos del momento para ganarse unas convidadas y mostrar palmito ante las mozas algo envalentonadas con los dulces licores, las hormonas y la excitación del constante jolgorio.

Se empezaban bailes y cantes comunales, los forasteros, hoy en dia inmigrantes, empezaban esos cantes traídos en las mochilas de sus meninges y que hablaban de princesas atrapadas por moros, segadores que yacían con nobles hasta costarle la vida entre finos paños de Holanda, peregrinos que viajaban a que los casara el Papa o marineros que preferían ahogarse a entregar su alma al diablo.

El vino, la oscuridad y el roce hacían presencia obligada y se pasaba a canciones más subidas de tono y a flirteos y escarceos entre mozos y mozas.

Empezaban la Micaela, el que salga usted, el curita que debía añadir una cuarta a la cuerda y dejaba preñada a la criada o el carro que iba y venía llevando mozos y mozas..

La jornada terminaba con alguna que otra pareja en ciernes, cruces de miradas y algún roce furtivo o algo más pecaminoso, muchas cambaladas y la misa del gallo en la impresionante y deslumbrante Iglesia cercana de San Miguel.

No recuerdo que existiera el ahora tan extendido “Feliz Navidad”, como mucho “Felices Pascuas”.

Hoy solo tengo una posdata: Sed felices, me lo debéis.

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