Euroficción, Festival de la Canción

Sebastián Chilla.

Sebastián Chilla

Graduado en Historia por la Universidad de Sevilla. En la actualidad, curso Antropología Social y Cultural por la UNED y el Máster de Profesorado en la Universidad de Granada. Cuento historias y junto letras en lavozdelsur.es desde 2015. 

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Tenía 13 años cuando unos 'monstruos' finlandeses asaltaron el Festival de Eurovisión.

Tenía 13 años cuando unos 'monstruos' finlandeses asaltaron el Festival de Eurovisión. Recuerdo aquel sábado con nostalgia, por primera vez (y parece que última) sentí que el festival tenía sentido. Desde Finlandia, Lordi había llegado con su Hard Rock Hallelujah a provocar una auténtica 'revolución' en Atenas. En el salón, con mis padres, no dudé a la hora de las votaciones en darles mi apoyo: ¿Les votamos? Les votamos. La única vez que participé con mi voto en Eurovisión: pleno al 15. La apuesta de los finlandeses fue un claro guiño a los inconformistas con un festival de la canción que despreciaba (y desprecia) cualquier género musical que no sea el cóctel 'pop' y 'chunda chunda'. Un símbolo que reivindicaba además la identidad de un país nórdico en el que el rock y el heavy metal conviven y suenan sin ningún tipo de complejos en las principales listas y cadenas de radio. Lordi ganó porque fuimos muchos los europeos que entendimos su música y su mensaje: "On the Day of Rockoning, it's who dares, wins. You will see the jokers soon'll be the new kings". Aunque sabemos -y nos lamentamos de ello- que para los carcas eurovisivos no fue precisamente un buen día. En líneas generales y como ya suele ser costumbre, lo conservador tiende a ser moderno sólo si es 'chic', o dicho de otro modo, si coincide con la moda y los patrones estéticos de una sociedad que se precipita al vacío.

Aquel 2006 Finlandia cantó en inglés, el idioma más común en las citas eurovisivas, aunque en la mayoría de sus citas lo haga en finés. En el caso de nuestro país, la lengua de Cervantes siempre ha sido protagonista. Pero este año 'hemos' mandado a una representante con una canción 'cantada', por primera vez en su totalidad, en inglés. Las críticas que Barei ha recibido por no cantar en la lengua patria son numerosas, especialmente de figuras tan importantes de nuestra carrera eurovisiva como Massiel, o de instituciones como la Real Academia, cuyos académicos han llegado a comentar que se trata de "un complejo de inferioridad" . Se puede ir a más, aunque parece que ni hace falta. Por la boca muere el pez, que se suele decir, y Barei no iba a ser menos: "Pues yo no tengo ningún complejo de inferioridad. Yo hago música, no estudio filología. Y la música es sonido, y el sonido con una dicción o con otra resulta diferente." No voy a ser yo precisamente el más purista de los puristas pero es evidente que más allá del propio lenguaje de la canción, declaraciones tan desafortunadas como esta corroboran el declive -todavía mayor- del festival y de sus representantes. Citas como "no estudio Filología" y la "música es sonido, y el sonido con una dicción o con otra resulta diferente" podrían competir en el ranking de las tonterías con las más célebres frases de Don Mariano Rajoy. Como diría él, Barei hace cosas. Igual que el resto de los eurovisivos hacen cosas, aunque otra cosa es que sean los representantes los que quieren que el público sea el representante. O el jurado, o el televoto. Lo que sea.

La cuestión es, al fin y al cabo, que cantar en inglés sólo es bien visto si la música que tocas es sonido y de “influencia anglosajona”, que no nórdica, por ejemplo, ni española. A este respecto, la representante de Austria cantó una canción francófona; no hubiera sido mal comienzo para dejar de cantar en castellano haberlo hecho en cualquier otro idioma, pero no olvidemos que lo que importa no es eso, sino que sea ‘chunda chunda’. Es lo que se lleva. Y ni que decir tiene que hubiera sido una canción en gallego, euskera o en catalán, algo que precisamente hubiera devuelto la dignidad ‘eurovisiva’  -a Serrat el régimen franquista se lo impidió- a una de nuestras lenguas oficiales. Claro, que se es muy español y patriota –e integrador- según para qué. En mi opinión, Rodolfo Chikilicuatre representó mucho mejor a España en esta cita europea, aunque puestos a representar –y ya que se preocupan tanto de la escenografía y el baile-, me hubiera gustado ver a genios como nuestro paisano Tomasito. Él, sin ápice de teatralidad y farsa, hubiera hecho del plató de Eurovisión una verdadera pista de baile, improvisación y sentimiento. Ya lo decía Lola Flores: "Me gustaría que por hacer la prueba mandaran a una artista española que cantara una canción española, verás como no queda en la cola". Y no la entendían. Tal vez debamos poner en negrita el término ‘artista’, tan banalizado a día de hoy. La Faraona también lo recalcaba: “Si van cuatro o cinco que cantan una cosa que igual la cantan en Italia, Suiza o Alemania... ¿Eso qué representación es?". La representación del ‘chunda chunda’, Lola. Salvo algunas excepciones, la de la mediocridad que ya roza el esperpento con la participación de Australia en el festival de la canción europea. Un esperpento que se tiñe aún más de turbio gris cuando una canción con marcada tendencia política –y de Ucrania, un país inmerso en un conflicto bélico y con gobierno que se hizo con el poder en una maniobra casi de golpe de estado- gana el festival, algo totalmente prohibido en las bases del concurso. En esta línea, no podemos olvidar que siempre hay una excepción para aquellos que cuentan con el visto bueno del poder. Es así, en Eurovisión se hace política, no música. Bueno, de acuerdo, se hacen cosas (pero poca música).

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