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Es tristísimo que en pleno siglo XXI sigamos etiquetándonos por grupos, como hacíamos con las cosas más elementales en las clases de primaria.

Si digo Janusz Korwin-MIkke, serán muy pocos lo que sepan a quién me estoy refiriendo. Hasta yo mismo he tenido que buscar en Internet para informarme. En cambio si les digo que estoy hablando de cierto eurodiputado polaco, puede que la cosa cambie.

Este señor, por llamarlo de algún modo no despectivo en las primeras líneas, ha saltado a la palestra estos días por sus hermosas palabras hacia las mujeres. Supongo que, a día de hoy, ya todos y todas conoceremos sus palabras, pero me permitiré citarlas textualmente una vez más.

"Por supuesto que las mujeres deben ganar menos que los hombres porque son más débiles, más pequeñas, menos inteligentes".

Que un comentario como este se pronuncie en la mesa de un tabanco, durante una partida de dominó, ya me parece, cuanto menos despreciable. Que sea dicho en la Eurocámara, por una persona elegida democráticamente para representar a todo un país, me provoca directamente nauseas.

El caso es que este tipo soltará al día mil perlas como esta, de las que por fortuna nunca tendremos constancia. Pues sospecho que de no ser por su encontronazo con una política española sus palabras ni siquiera habrían llegado a nuestro país.

No, yo tampoco sabía quién era Korwin-Mikke. En cambio si sé quiénes fueron Cleopatra, Hipatia de Alejandría, Marie Curie, Dolores Ibárruri, Frida Kahlo, Indira Gandhi, Violeta Parra, Gloria Fuertes, Rigoberta Menchú o la Madre Teresa. Así como también sé que existe una lista inabarcable de gigantes que han sido directamente eliminadas de los libros de historia o simplemente han naufragado en los mares de la vida cotidiana.

Las mujeres no deberían ganar lo mismo que los hombres. Deberían ganar más. Pues sepa, señor eurodiputado, que fue una mujer quien lo trajo al mundo y muy probablemente quien lo crió y lo vistió, entregando su vida para que usted llegase a ser quien es ahora. Aunque dudo que esté muy orgullosa de la persona en que se ha convertido.

Por otro lado, es sorprendente la capacidad que tiene un comentario para trasladarnos directamente a la Edad Media, o como unas palabras, tan mal intencionadas, pueden dar lugar a un sinfín de pensamientos positivos.

Pienso en todos los sectores que se marginan a diario, por los motivos más dispares, ya sea por motivos de raza, credo, condición o inclinación sexual. Es tristísimo que en pleno siglo XXI sigamos etiquetándonos por grupos, como hacíamos con las cosas más elementales en las clases de primaria.

Personalmente, no me importa en absoluto que los niños tengan pene y las niñas tengan vulva, o si hay niñas con pene y niños con vulva. Somos tan simples que solemos quedarnos en la etiqueta. Lo que de verdad me importa es que todos somos personas y tenemos derecho a ser respetados a pesar de cualquier diferencia. Por eso, los hombres y las mujeres debieran ser tratados como iguales. Y por esa regla de tres, un insulto proferido hacia un colectivo concreto debiera ser tratado como un insulto al ser humano.

Esa al menos es la opinión de este humilde servidor. El cual tiene a bien etiquetarse dentro del colectivo de los sensibles, humildes y humanos. O traducido a su modo de pensar el de los débiles, pequeños y poco inteligentes. 

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