Carla y Fidel reciben el alta en el Hospital Reina Sofía de Córdoba
Carla y Fidel reciben el alta en el Hospital Reina Sofía de Córdoba

La política convertida en puesta en escena

El trabajo de publicidad y propaganda que rodea cada aparición de Juanma Moreno Bonilla resulta cada vez más evidente. Ante episodios sensibles como las lluvias recientes, el accidente de Adamuz o sus visitas para agradecer la labor de los sanitarios de emergencias y del hospital Reina Sofía, la puesta en escena es impecable: mensajes medidos, presencia institucional muy visible y una narrativa cuidadosamente construida para proyectar cercanía. Todo parece orientado a reforzar una imagen casi aséptica, donde el gesto simbólico y la foto adecuada pesan tanto —o más— que el fondo de las políticas públicas que hay detrás.

Cuando el problema no encaja en el relato

Sin embargo, esa misma maquinaria comunicativa desaparece cuando el asunto no encaja bien en el relato. Ocurre con los cribados de cáncer de mama, un problema de enorme impacto social y sanitario que, pese a afectar a miles de mujeres andaluzas, no ha merecido visitas, declaraciones solemnes ni un despliegue de empatía institucional comparable. Esa ausencia revela que la estrategia no es tanto estar donde más se necesita, sino donde mejor se comunica. Y es precisamente en esos silencios donde se hace más visible la distancia entre la imagen cuidadosamente construida y la gestión real de los problemas que afectan de manera directa a la ciudadanía.

Adamuz: la empatía visible

Las imágenes dieron la vuelta a Andalucía. Juanma Moreno, presidente de la Junta, visiblemente emocionado, la voz quebrada y los ojos húmedos, despedía a las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz con una frase ampliamente reproducida por los medios: «Es momento de llorar, el dolor es nuestro mayor homenaje». Un gesto humano, comprensible, incluso necesario ante una tragedia de esa magnitud.

El dolor que no tuvo micrófonos

Pero esa misma empatía pública, ese reconocimiento explícito del dolor ajeno, no se vio —ni de lejos, diría que todo lo contrario— cuando miles de mujeres denunciaron los fallos en el programa de cribado del cáncer de mama. Mujeres que no hablaban de una tragedia abstracta, sino de diagnósticos tardíos, de pruebas que no llegaron, de silencios administrativos que pudieron costar vidas o agravar enfermedades. Mientras en Adamuz hubo palabras de consuelo y homenajes institucionales, las afectadas por el cribado se encontraron con un presidente distante, más centrado en minimizar el problema y defender la gestión que en escuchar el sufrimiento.

Sin lágrimas, sin acompañamiento

No hubo lágrimas. No hubo gestos de cercanía. No hubo un “el dolor es nuestro”. Hubo, en cambio, explicaciones técnicas, reproches velados y una sensación persistente de abandono, como ha denunciado en numerosas ocasiones la presidenta de AMAMA Sevilla, Ángela Claverol. La comparación no pretende restar ni un ápice de gravedad al accidente ferroviario ni al dolor de sus víctimas; pretende, simplemente, poner el foco en una desigualdad evidente en el trato institucional al dolor. Porque el sufrimiento no es jerarquizable y porque el cáncer —cuando se gestiona mal su detección— también mata, aunque lo haga en silencio y sin titulares urgentes.

Empatía no es un privilegio

Las asociaciones de mujeres no pidieron privilegios. Pidieron algo mucho más básico: reconocimiento, empatía y responsabilidad política. Y, sin embargo, lo que recibieron fue confrontación y desgaste, como si señalar un fallo estructural en la sanidad pública fuera un ataque partidista y no una exigencia legítima de justicia. Un dirigente no se mide solo por su capacidad de emocionarse ante una tragedia visible, sino también por cómo responde al dolor incómodo, al que interpela directamente a su gestión.

Las lágrimas que faltaron

Las lágrimas, cuando aparecen, humanizan. Pero cuando solo se reservan para determinados escenarios, también dejan preguntas sin contestar y personas sin acompañar. Porque si “el dolor es nuestro mayor homenaje”, cabe preguntarse: ¿de quién fue —y es— el dolor de las mujeres del cribado de cáncer de mama? ¿Y por qué ese dolor no mereció ni lágrimas, ni silencio respetuoso, ni una escucha sincera? Tal vez no todas las tragedias permitan una rueda de prensa solemne. Pero todas, sin excepción, merecen humanidad. Y alguna lágrima de corazón

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